Capítulo 25 · Gipuzkoa — Gorka ordena la mesa
Gipuzkoa — Gorka ordena la mesa
Gorka llevaba una chaqueta impecable, sabía elegir vino y tenía la costumbre de colocar los objetos en ángulo recto con el borde de la mesa.
Azucena lo conoció en una lavandería de San Sebastián, mientras él intentaba explicarle a un estudiante extranjero que no debía introducir unas zapatillas cubiertas de barro junto a las sábanas blancas.
Lo hacía en un inglés elegante y resignado.
El estudiante retiró las zapatillas. Gorka vio a Azucena, vio las dos bolsas de ropa y señaló la única lavadora libre.
—Esa centrifuga mejor.
—¿Es una recomendación o una orden?
—Una observación contrastada.
Azucena eligió la de al lado.
Él sonrió.
—También centrifuga.
Gorka era cocinero y tenía cuarenta y nueve años.
Había dirigido durante mucho tiempo una cocina donde, según dijo, un centímetro podía ser la diferencia entre trabajar bien y estorbar a seis personas.
Ahora daba clases y aceptaba encargos pequeños.
Mientras giraba la ropa, hablaron de carreteras, animales y del orden alfabético.
—No tiene ninguna lógica —dijo él.
—Gracias. Empiezo a pensar que ese es su principal atractivo.
Zuri, atado junto a la silla, apoyó la barbilla en el zapato de Gorka. Nala esperaba en La Jubilosa, estacionada en un área tranquila y con la temperatura controlada. Azucena vigilaba el sensor desde el móvil con una frecuencia que Gorka consideró excesiva y tuvo el buen juicio de no comentar.
La invitó a cenar en casa. Cocinaría algo sencillo. Azucena aceptó porque la palabra sencillo, pronunciada por un cocinero, prometía al menos cuatro recipientes cuya finalidad ella no entendería.
Tras pasear y alimentar a Zuri, Azucena dejó a los dos animales en La Jubilosa con la cámara y el sensor de temperatura activos. Gorka llegó a recogerla a las ocho menos diez.
—Habíamos quedado a las ocho —dijo Azucena.
—Mejor tener margen.
—¿Para qué?
—Para no llegar tarde.
La casa de Gorka era luminosa, serena y tan ordenada que Azucena tuvo el impulso de mover un cojín para comprobar si sonaba una alarma. Él cogió su abrigo, colgó el bolso en un perchero y le indicó una silla.
—Aquí estarás más cómoda.
Azucena había pensado sentarse enfrente de la ventana, pero obedeció. Gorka retiró de la mesa sus gafas de sol y las colocó en una repisa.
—Se pueden manchar.
Después llenó su copa sin preguntar, cambió el plato de posición porque la luz le daba «mal» y decidió que no necesitaba pan hasta el segundo plato.
Nada de aquello era grave. Gorka no era brusco ni arrogante. Era atento de una forma minuciosa. La comida estaba deliciosa. Había preparado merluza con una salsa verde tan limpia que Azucena sospechó que hasta el perejil había pasado una entrevista de trabajo.
—Prueba primero sin limón —dijo cuando ella alargó la mano.
Azucena la retiró.
En un instante se vio en la mesa de su matrimonio, muchos años atrás.
Julián le explicaba cómo debía cortar un queso que ella había comprado, dónde convenía guardar sus propios documentos y qué camino era mejor para llegar a casa de Marisa.
Él nunca levantaba la voz. Tampoco necesitaba hacerlo.
Había un modo de colonizar la vida de otra persona a base de pequeñas eficiencias.
Azucena cogió el limón y exprimió una cantidad escandalosa sobre el pescado.
Gorka la miró.
—Mata un poco el sabor.
—Es posible.
—Entonces, ¿por qué…?
—Porque me gusta decidir qué me llevo a la boca.
El silencio que siguió no fue hostil. Gorka dejó los cubiertos.
—Estoy siendo pesado.
Azucena se echó hacia atrás. Una pulsera chocó contra la copa. Él la sostuvo antes de que volcara.
—Estás decidiendo muchas cosas pequeñas por mí.
—Quería que estuvieras cómoda.
—Ya. Ese es el problema de algunas jaulas. Tienen cojines estupendos.
Gorka frunció el ceño y miró la mesa como si acabara de descubrir un ingrediente desagradable en su propia salsa.
—En una cocina, si nadie decide…
—No estamos en una cocina.
—Técnicamente sí.
Azucena soltó una carcajada. Él tardó un segundo y se rió también.
—De acuerdo —dijo Gorka—. ¿Dónde quieres sentarte?
—Junto a la ventana.
Cambió de silla. Recuperó las gafas de sol y las dejó a su lado, aunque ya era de noche. Pidió pan antes del segundo plato. Gorka se lo llevó sin protestar.
La cena mejoró en cuanto dejó de ser perfecta.
Él le contó que llevaba dos años divorciado y que su exmujer aún le enviaba fotografías de cajones abiertos para irritarlo.
Azucena le habló de su propio matrimonio, no como una catástrofe, sino como una larga sucesión de renuncias tan pequeñas que durante mucho tiempo no parecieron renuncias.
—Ella decía que yo hacía difícil equivocarse —admitió Gorka.
—¿Y eso te parecía bueno?
—Hasta que se fue, sí.
Azucena mojó pan en la salsa.
—Equivocarse es muy entretenido si nadie te hace un informe después.
Gorka le ofreció postre. Esta vez enumeró tres opciones y esperó.
—Las tres —dijo ella.
—Eso no es una opción razonable.
—Estoy jubilada de lo razonable.
Compartieron queso, compota y una tarta pequeña. Cuando él la acompañó a La Jubilosa, el aire era húmedo y frío. Se detuvieron junto a la puerta. Gorka rozó con el pulgar el broche de azucena que llevaba en la solapa.
—¿Puedo besarte o ya he decidido demasiadas cosas por hoy?
—La pregunta ha mejorado mucho el servicio.
La pregunta le gustó más que el beso que vino después, aunque el beso tampoco estuvo mal.
Gorka sabía esperar. La sostuvo apenas por la cintura y dejó que fuera ella quien acortara la distancia.
Quizá, pensó Azucena, algunas personas podían aprender muy deprisa cuando dejaban de creer que ya lo sabían todo.
—Podríamos desayunar a las nueve —propuso él.
Azucena alzó una ceja.
—¿A qué hora quieres desayunar? —rectificó.
—A las nueve y cuarto.
—Eso no cambia nada.
—Lo cambia todo.
Azucena se acostó sonriendo. Antes de apagar la luz, colocó las gafas de sol atravesadas sobre la mesa. No porque Gorka pudiera verlas, sino porque ella sí.