Azucena por orden alfabético Capítulo 24 · Cuenca — Julián y la casa inclinada
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Capítulo 24 · Cuenca — Julián y la casa inclinada

Cuenca — Julián y la casa inclinada

Cuenca la recibió con una tormenta que parecía guardar rencor personal contra las furgonetas verde agua.

El limpiaparabrisas izquierdo empezó a moverse con desgana justo cuando la lluvia borró la carretera. El derecho, más comprometido con el proyecto, trabajaba por los dos. Azucena redujo la velocidad, apretó el volante y le pidió a La Jubilosa que no desarrollase personalidad en mitad de una curva.

—En el taller puedes expresarte todo lo que quieras —dijo—. Ahora mismo, obediencia.

Nala protestó desde el transportín sujeto al asiento. Zuri, con el arnés anclado, dormía como si la conducción bajo un diluvio formara parte de un masaje de lujo.

Azucena consiguió estacionar cerca del taller que le indicó la asistencia. No podían mirar el mecanismo hasta la mañana siguiente. Para entonces, la tormenta había convertido la calle en un espejo inclinado y el paraguas color mandarina de Azucena en un objeto conceptual.

—Si lo abre así, va a terminar en Teruel antes que la furgoneta —le dijo un hombre desde una puerta.

Ella luchaba con una varilla doblada.

—Teruel no toca todavía.

—Disculpe. No sabía que el viento respetaba itinerarios.

El hombre sujetó el paraguas, lo cerró de un golpe experto y la invitó a resguardarse en su estudio. Se llamaba Julián.

Azucena lo miró con una suspicacia que no tenía nada que ver con él.

—Mal empezamos.

—Es el nombre que me pusieron. Puedo enseñarle el documento de identidad, pero no creo que mejore.

Tenía cincuenta y dos años, una barba corta salpicada de blanco y pintura azul en el dorso de una mano. El estudio olía a aceite de linaza y café. En las paredes había lienzos con formas que parecían edificios después de discutir con la gravedad.

Azucena llamó al área donde pensaba pasar la noche.

No quería dejar a Nala y Zuri solos demasiado tiempo con el estruendo.

Julián la acompañó a recogerlos en su coche.

Nala viajó en el transportín; Zuri, en el asiento trasero, con un arnés homologado anclado al cinturón.

Aquello le gustó a Azucena: él no puso cara de considerar excesivas las medidas ni sugirió que «por una vez no pasaba nada».

Julián guardó pinturas, disolventes y herramientas en un armario cerrado. Después cerraron bien puertas y ventanas antes de abrir el transportín. Nala salió despacio, inspeccionó tres caballetes ya limpios y se instaló debajo de una mesa. Zuri se sacudió sobre un cuadro seco que esperaba marco.

—Acaba de mejorarlo —dijo Julián.

—No se lo digas. Cobra en comida.

La tormenta cortó la luz. Julián encendió dos lámparas recargables y puso agua a calentar en un hornillo. No había nada romántico en secar a un perro con una toalla manchada de ocre mientras una gata desconfiada acechaba un pincel, y quizá por eso Azucena se sintió cómoda.

—Mi exmarido se llama como tú —dijo cuando él le entregó una taza.

—¿Debo pedir perdón o cambiarme de nombre durante la cena?

—Todavía no he decidido si es una advertencia.

—¿Era pintor?

—Era incapaz de encontrar la mantequilla aunque estuviera delante de él.

—Yo la encuentro. Tengo posibilidades.

—Encontrar lo que una busca siempre suma puntos.

Comieron pan, queso, tomates y unas aceitunas de un tarro que Julián juró que estaba abierto desde «anteayer, aproximadamente». Azucena fingió no calcular el riesgo sanitario. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales. Dentro, las sombras de los lienzos se superponían en las paredes.

Julián pintaba casas torcidas desde que había vendido la suya. Vivía en un piso pequeño encima del estudio y parecía satisfecho con la reducción.

—Tenía habitaciones a las que solo entraba para comprobar que seguían vacías —explicó—. Al final una casa muy grande puede pasarse el día pidiéndote explicaciones.

Azucena pensó en su piso de Madrid. Después de las primeras semanas de jubilación, cada habitación le había parecido un recipiente para el tiempo sobrante.

En La Jubilosa, en cambio, no podía dar dos pasos sin encontrar una necesidad concreta: cerrar un cajón, llenar agua, retirar pelo de gato de un jersey negro, impedir que Zuri declarase comestible una bayeta.

—Yo ahora vivo en ocho metros cuadrados y medio —dijo.

—¿Y dónde guardas todos esos collares?

Azucena se tocó el cuello, ofendida.

—La arquitectura tiene soluciones.

—¿Y para dormir?

—También. Cuando el espacio es bueno, una aprende a aprovecharlo.

Él le enseñó un cuadro aún húmedo. No se parecía a ninguna casa reconocible, pero había una franja amarilla en el centro que daba calor al resto.

—Esa es la cocina —dijo Julián.

—No hay cocina.

—Por eso pinto abstracto. Reduce las reclamaciones.

La luz volvió cerca de medianoche. La lluvia había aflojado, pero el taller no abriría hasta la mañana.

Julián bajó un colchón plegable para ella.

No hubo insinuación ni ceremonia. Azucena preparó el arenero portátil de Nala, puso agua a Zuri y se quitó los pendientes.

Le extrañó lo desnuda que se veía en el reflejo oscuro de una ventana sin los aros dorados.

—Puedes dormir arriba —ofreció Julián—. Yo me quedo aquí.

—Puedo dormir aquí. Llevo meses durmiendo junto a un depósito de aguas grises.

—Una mujer de mundo.

Se tumbó con Zuri a los pies y Nala finalmente instalada sobre una chaqueta enrollada. Julián apagó una lámpara tras otra. Antes de subir, preguntó:

—¿Estás bien?

Azucena observó los cuadros, el cuenco con pinceles, la taza que él había dejado en remojo, sus animales respirando cerca.

—Sí. Qué raro.

No quiso explicar el raro. No era que el estudio se pareciera a su hogar. Era que durante unas horas no había necesitado decidir dónde estaba el suyo.

A la mañana siguiente, el mecánico cambió una pieza pequeña del limpiaparabrisas y se negó a cobrarle más que el recambio.

—Ha sido poca cosa —dijo.

Azucena llevaba suficiente carretera para saber que «poca cosa» era una categoría preciosa.

Julián dibujó una casa inclinada en la primera página libre del cuaderno amarillo. Dentro colocó dos puntos: uno blanco y otro negro.

—Zuri es blanco, pero Nala no es negra —protestó ella.

—Es abstracto.

—Otra vez evitando reclamaciones.

Se abrazaron bajo un cielo recién lavado. No hubo beso, aunque durante un segundo habría sido posible. A Azucena le gustó que la posibilidad pudiera existir sin obligación de aprovecharla.

Antes de arrancar, sujetó mejor el paraguas roto en el maletero. No sabía por qué lo conservaba.

Tal vez porque, a veces, una cosa dejaba de servir para proteger de la lluvia y empezaba a recordar el lugar donde una había estado a salvo.