Azucena por orden alfabético Capítulo 23 · Córdoba — Manuel a la hora del jazmín
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Capítulo 23 · Córdoba — Manuel a la hora del jazmín

Córdoba — Manuel a la hora del jazmín

La primera vez que Manuel vio a Azucena, ella estaba de rodillas ante una maceta y decía con mucha serenidad:

—Como te comas eso, te vendo por piezas.

La amenaza iba dirigida a Zuri, que había descubierto una hoja caída al otro lado de una verja y consideraba que cualquier cosa prohibida mejoraba mucho con un poco de saliva.

Manuel dejó la regadera en el suelo, abrió la cancela y apartó la maceta antes de que el perro pudiera emitir una segunda opinión.

—No es venenosa —dijo—, pero tampoco tiene ninguna necesidad de comérsela.

—La necesidad nunca ha sido uno de sus criterios.

Zuri levantó la cabeza, blanco, sonriente y sin remordimientos.

Azucena se puso en pie con menos agilidad de la que habría preferido.

Llevaba la chaqueta verde esmeralda de solapas fucsias que Anselmo le había ajustado en Ciudad Real, tres collares sobre una camiseta clara y unas gafas de ver con la montura roja.

Al levantarse, una pulsera se le enganchó en el cierre de la verja.

Manuel se inclinó para liberarla. Tenía cincuenta y cinco años, según supo después, el pelo gris, espeso y bien cortado y los antebrazos firmes de cargar tiestos, sacos y cubos desde mucho antes de que la gente empezara a llamar ejercicio funcional a levantar cosas pesadas.

La tocó apenas, dos dedos bajo su muñeca, pero Azucena notó aquel contacto con una precisión irritante.

—Ya está —dijo él.

—Gracias. Tengo facilidad para engancharme a lo inconveniente.

—Esta vez solo era una verja.

—Por eso me he dejado ayudar.

—No se preocupe. Aquí se engancha todo el mundo. Para eso están las buganvillas y las familias.

El patio pertenecía a una casa antigua que Manuel cuidaba para tres hermanas incapaces de ponerse de acuerdo ni en el color de los cubos.

Azucena había entrado porque la cancela estaba abierta y porque un pequeño cartel escrito a mano invitaba a pasar.

El lugar olía a tierra mojada, cal templada y un jazmín que se empeñaba en florecer fuera de temporada en un rincón protegido.

—Este va por libre —explicó Manuel cuando ella preguntó por el aroma—. Le da igual el calendario.

—Me cae bien.

Él sonrió sin apresurarse a convertir la sonrisa en otra cosa.

Le enseñó una grieta que había conseguido ocultar con macetas, una fuente que perdía agua solo cuando la miraban y el banco en el que las propietarias discutían por teléfono.

No recitaba fechas. Hablaba de plantas como si fueran vecinas con costumbres conocidas.

Azucena terminó ayudándolo a mover dos geranios. Luego tres. A la media hora, sostenía una manguera y se preguntaba cómo había pasado de visitante a empleada sin sueldo.

—Esto me recuerda peligrosamente a Montalbán Publicidad —dijo.

—¿También regaba usted allí?

—Era secretaria en una agencia enorme. Apagaba incendios provocados por gente que después preguntaba por qué olía a humo.

Manuel soltó una carcajada breve y franca.

A ella le gustó el movimiento que le hacía en las mejillas.

Le gustó también que no preguntase enseguida a qué se dedicaba, si estaba casada o cuánto tiempo pensaba quedarse.

Fue Zuri quien encontró el cuaderno amarillo asomando de su bolso y lo empujó al suelo con el hocico.

Manuel leyó el título antes de devolvérselo.

—«Hombres que no necesito y cosas que sí». Parece bien organizado.

—Lo organizó una amiga. Yo solo aporto el caos.

—Se nota que las cosas que sí van ganando —dijo Manuel.

—Y todavía no hemos llegado al postre.

Aquella tarde se separaron sin intercambiar teléfonos. Azucena volvió a La Jubilosa, alimentó a Nala, revisó el arnés de Zuri y puso a cargar el móvil. Encontró tres mensajes de Marisa y una notificación del perfil.

¿Córdoba ya? Enséñanos los pendientes , había escrito una seguidora.

Azucena fotografió los pendientes de resina amarilla sobre la mesa plegable. Evitó fotografiarse; la cámara no necesitaba documentar la cara que le había quedado después de aquella tarde.

Regresó al patio al día siguiente con la excusa de devolver un pañuelo que no era suyo. Manuel miró el pañuelo, de un azul desvaído, y tuvo la delicadeza de no señalar que jamás lo había visto.

—Menos mal —dijo—. Llevaba toda la mañana desolado.

La invitó a comer salmorejo en una mesa pequeña, bajo un toldo. Después pasearon con Zuri por calles donde la tarde se había quedado suspendida en las persianas. Manuel había estado casado treinta años. Su exmujer vivía en Málaga con otra mujer y él hablaba de ambas sin amargura.

—Nos costó mucho dejar de hacer daño intentando no hacérnoslo —dijo.

Azucena pensó en Julián, en las listas de la compra pegadas a la nevera, en los veranos planificados por ella y disfrutados por él. No contó la historia entera. Ya no sentía que debiera entregar su expediente sentimental a cada persona que le gustaba.

Al anochecer volvieron al patio. El jazmín olía más. Manuel le quitó una hoja del pelo y dejó la mano cerca de su nuca el tiempo suficiente para que ella pudiera apartarse.

No se apartó.

El beso fue pausado al principio y menos razonable después. Manuel le sostuvo la nuca sin sujetarla y Azucena apoyó una mano en su pecho, notando el calor a través de la camisa. Las pulseras sonaron entre los dos, excesivas y alegres. Cuando se separaron, Manuel seguía con los ojos cerrados.

—Tengo una habitación libre —dijo, sin solemnidad—. Y mañana las hermanas no vienen.

—¿Libre de muebles o de intenciones?

—De muebles, casi. Las intenciones prefiero declararlas.

Azucena sintió el tirón exacto de la posibilidad.

No era miedo. Tampoco era pudor. Deseaba a Manuel y no necesitaba rebajar ese deseo para poder marcharse.

Había reservado dos noches en Córdoba; podía convertirlas en cuatro.

Podía despertarse allí, beber café bajo el jazmín y averiguar qué hacía aquel hombre cuando no sostenía una regadera.

—Esta noche vuelvo con mis animales —dijo—. Nala está todavía adaptándose a que yo tenga vida social.

—Me parece una patrona exigente.

—No sabes cuánto.

Manuel no insistió. Le pidió el teléfono y le propuso desayunar. Azucena aceptó las dos cosas.

A la mañana siguiente, mientras él tostaba pan, ella abrió el mapa de la ruta en el móvil. Cuenca parecía un castigo impuesto por el alfabeto a cualquier persona con sentido de la orientación. Manuel dejó a su lado una taza y vio la pantalla.

—Puedes salir pasado mañana —dijo—. Las letras no se van a mover.

Era una invitación, no una trampa. Precisamente por eso estuvo a punto de aceptar.

Se quedó callada mirando el café. Pensó en la mujer que, durante años, había aplazado lo que quería porque siempre había alguien con un calendario más urgente. Ahora lo que quería era doble: quedarse y continuar. Ninguna de las dos opciones era más valiente.

—Si me quedo, será porque me apetece —advirtió.

—Espero que todo lo que hagas sea por eso.

Se quedó hasta después de comer. A media tarde recogió La Jubilosa. Manuel llegó al área para despedirla con una maceta diminuta de jazmín, pero al ver el interior de la camper cambió de idea.

—No sobrevivirá a tu orden alfabético.

—Yo sí pienso hacerlo.

—Entonces mándame una foto cuando llegues a la zeta.

Se besaron junto a la puerta lateral. Zuri intentó incorporarse al abrazo y Nala los observó desde su escondite con la censura habitual.

Azucena arrancó todavía con ganas de quedarse. Aquello era nuevo. Hasta Córdoba, marcharse había sido una afirmación sencilla. Esta vez fue una elección que pesaba un poco en el pecho y, aun así, le pertenecía.

En la primera área de descanso, estacionó, apagó el motor y abrió el cuaderno amarillo: Cosas que sí necesito: que una decisión pueda doler y seguir siendo mía.

Zuri apoyó el hocico en su brazo, impaciente por bajar.

Azucena añadió: Y gente con paciencia.