Capítulo 22 · Ciudad Real — Anselmo cambia el vestuario
Ciudad Real — Anselmo cambia el vestuario
La chaqueta de Azucena perdió un botón en Ciudad Real y ganó una opinión que no había pedido.
Era una prenda verde esmeralda con solapas fucsias, comprada años atrás para una gala publicitaria en la que Gonzalo había dicho que resultaba «muy personal».
Azucena la llevaba por eso. El botón salió despedido al engancharse la correa de Zuri y rodó hasta los pies de un hombre que descargaba fundas de ropa frente a un pequeño teatro.
—Esto es una llamada de auxilio —declaró él, recogiendo el botón.
—Es un hilo flojo.
—Todos empezamos negándolo.
Anselmo tenía cuarenta y siete años, barba recortada, pendientes diminutos y una bufanda color cobre colocada con tanta perfección que no podía ser casual.
Era sastre y modista teatral. Trabajaba en una compañía que ensayaba allí durante dos semanas y llevaba un taller portátil capaz, según afirmó, de salvar una dinastía o un dobladillo.
—Te lo coso en cinco minutos.
—Sé coser botones.
—Pero yo ya tengo el botón y tú tienes un perro que quiere entrar al teatro.
Zuri tiró del arnés como para apoyar la tesis.
Anselmo la hizo pasar por la entrada de carga, donde permitieron que el perro esperara a su lado. El taller improvisado estaba lleno de telas, cajas y prendas colgadas. Azucena se quitó la chaqueta. Debajo llevaba una blusa naranja y tres collares, uno de ellos el reparado por Tomás.
—Maravillosa —dijo Anselmo.
—La chaqueta o yo.
—El desacato conjunto.
—Aviso: cuando empiezo a quitarme capas, el desacato suele aumentar.
—Por eso el teatro tiene telón —dijo Anselmo, solemne.
No se limitó a coser el botón. Reforzó los demás, ajustó una costura del hombro y marcó con alfileres un ligero entalle en la espalda.
—No quiero que me haga más delgada —advirtió Azucena.
—Quiero que la chaqueta deje de comportarse como una caja. Tú ya tienes forma. No hace falta inventártela.
Azucena se miró en un espejo alto. Sin la chaqueta, sus brazos quedaban al descubierto. Llevaba las uñas pintadas de lila, el reloj dorado, pulseras de madera, cristal y tela, y el broche de golondrina en la blusa. Anselmo la observó a través del reflejo.
—¿Te vistes siempre así?
—¿Así cómo?
—Como si fueras a defender una frontera.
Azucena se volvió.
—Me gustan los accesorios.
—Eso es evidente. A mí también. La pregunta es si todos están de servicio.
Ella miró sus muñecas. Había mañanas en las que elegir pendientes y collares era placer.
Otras, especialmente antes de reunirse con Gonzalo o entrar sola en un lugar, cada pieza ocupaba espacio por ella.
Las gafas grandes evitaban miradas directas.
El carmín dibujaba una boca segura incluso cuando no sabía qué decir.
—No veo nada malo en vestirse para sentirse fuerte.
—Yo tampoco. Me gano la vida con eso. Solo digo que la armadura puede ser preciosa y seguir pesando.
Anselmo volvió a la chaqueta. No añadió una moraleja ni le preguntó por su infancia, lo cual Azucena agradeció.
—¿Y tú vas siempre vestido como un telón de otoño? —replicó.
—Naturalmente. Mi armadura transpira y combina con mis ojos.
Mientras trabajaba, Azucena le contó el viaje. Anselmo quiso ver el perfil. Se rio con Fali, aprobó el dibujo de Miquel y se declaró enamorado de Nala.
—¿Y los hombres? —preguntó—. ¿Los coleccionas o te persiguen?
—Ni una cosa ni otra. En cada sitio aparece alguien especial.
—Qué agotamiento. A mí en cada sitio me aparece un proveedor.
—Algunos no han sido románticos.
—Menos mal. España no tiene infraestructura para tanto deseo itinerante.
Anselmo tenía pareja, un escenógrafo llamado Luis que se encontraba de gira.
Habló de él con afecto y una irritación doméstica relacionada con vasos abandonados junto al fregadero.
Azucena pensó en lo poco que un hombre «especial» tenía que ajustarse al papel que Marisa había escrito en la portada del cuaderno.
La chaqueta quedó lista al final de la tarde. El entalle no la estrechaba; seguía su espalda y dejaba que las solapas cayeran mejor. Anselmo sustituyó el hilo corriente de los botones por uno resistente del mismo color.
—Ahora sí —dijo.
Azucena se colocó delante del espejo. El verde encendía el tono cálido de su piel y el pelo caoba.
Las solapas fucsias conversaban a gritos con el carmín frambuesa.
Se quitó dos collares. Luego un tercero.
Dejó solo el broche de azucena que Marisa le había regalado y que sacó del bolso para colocarlo en la solapa.
—¿Mejor? —preguntó.
Anselmo ladeó la cabeza.
—Distinto.
—Respuesta diplomática.
—Respuesta de sastre. La ropa tiene que servirte a ti, no aprobarme a mí.
Salieron a cenar con parte de la compañía.
Azucena se sentó entre una actriz de veintisiete años que le pidió probarse sus gafas y un tramoyista de setenta y dos que hacía figuras de papel con las servilletas.
Se rio tanto que le dolieron las mejillas.
Nadie le preguntó si se sentía mayor entre gente joven ni valiente por viajar sola.
Le preguntaron por averías, por Nala y por qué demonios iría desde Ciudad Real a Córdoba para luego subir hasta Cuenca.
—Porque la geografía es una opinión y el alfabeto una tiranía —respondió.
Anselmo levantó su copa.
—Por las tiranías que una elige.
Más tarde, en La Jubilosa, Azucena colgó la chaqueta frente a la cama. La planta de Castellón seguía firme junto a la ventana. El dibujo de Miquel vibraba ligeramente con el viento. Nala dormía en el altillo y Zuri roncaba boca arriba, libre de cualquier preocupación estética.
Azucena se quitó las pulseras una a una. Las dejó sobre la mesa, no alineadas, sino formando un pequeño montón de colores. Después se quitó el carmín con un algodón y se miró de cerca.
Su rostro sin pintura seguía siendo expresivo, redondo, reconocible. Los ojos atentos conservaban la ironía. El pelo corto se levantaba en la coronilla. No parecía indefensa. Tampoco necesitaba parecer nada.
Abrió el cuaderno amarillo.
Anselmo no era un hombre que pudiera necesitar ni dejar de necesitar. Era un espejo con bufanda.
Tachó la frase por demasiado ingeniosa y escribió debajo:
Hoy he llevado una sola flor. Nadie ha invadido el territorio.
Antes de apagar la luz consultó la lista. Había completado dieciséis provincias. Córdoba esperaba debajo de Ciudad Real. Luego Cuenca, Gipuzkoa, Girona, Granada.
El viaje ya no era una ocurrencia. Tenía facturas, ropa sucia, una gotera reparada, una planta viva y personas a las que quizá no volvería a ver. También tenía días en los que deseaba conversar y otros en los que cerraba la puerta y comía sopa mirando una serie descargada.
Azucena prendió el broche de Marisa en la cortina para encontrarlo por la mañana.
La Jubilosa se movió suavemente cuando el viento golpeó el lateral. La puerta hizo su conocido clonc , menos protesta que saludo.
—Buenas noches —dijo Azucena.
Nala no respondió. Zuri dejó escapar un suspiro.
Por primera vez desde Madrid, Azucena no necesitó que el día siguiente tuviera un nombre. Le bastaba con que llegara.