Capítulo 21 · Castellón — Vicent y las cosas que arraigan
Castellón — Vicent y las cosas que arraigan
En Castellón de la Plana, el esqueje apareció antes que Vicent.
Era una ramita verde asomando por una caja en el mercado donde Azucena compraba naranjas. Se inclinó para verla y golpeó con sus gafas de sol el toldo bajo. El dueño de la caja levantó la cabeza.
—Esa no está en venta.
—No pensaba comérmela.
—Con esas gafas no puedo saberlo.
Vicent tenía cincuenta años, brazos tostados y tierra bajo las uñas. Cultivaba cítricos en un vivero familiar y vendía algunos productos en la capital. No era un campesino silencioso de anuncio: hablaba deprisa, se quejaba del precio de los abonos y consultaba dos teléfonos mientras pesaba fruta.
Zuri olfateó una caja. Azucena lo apartó antes de que inaugurara un delito nuevo.
—¿Te gustan las plantas? —preguntó Vicent.
—Me gustan las que sobreviven sin interpretar mi riego como una amenaza.
Él le enseñó el esqueje. Era de una planta aromática resistente que transportaba para una clienta.
—Con luz y poco exceso aguanta bastante.
—La descripción sirve para mí.
Vicent sonrió. Al terminar la mañana la invitó a comer en un bar cercano. Azucena aceptó porque le agradaba y porque la lluvia de Cantabria había dejado un cansancio que pedía mesa firme y conversación ordinaria.
Hablaron de raíces, aunque no de la manera elevada que ella temía. Vicent explicó que una planta podía tardar en acusar un cambio de lugar; parecía sana, seguía creciendo unos días y solo después mostraba el estrés.
—¿Y qué haces? —preguntó Azucena.
—Miro. No la ahogo por ayudar.
Ella pensó en sus primeras semanas jubilada: armarios, paseos interminables, actividades elegidas con desesperación. Había intentado regarse hasta pudrirse.
Vicent estaba casado. Lo mencionó pronto y con naturalidad, al hablar de que su mujer llevaba las cuentas del vivero y odiaba los mercados. Azucena sintió alivio. La conversación no tenía una segunda capa que descifrar. Podía gustarle aquel hombre sin convertirlo en posibilidad.
Su esposa, Amparo, apareció por el mercado antes de que terminaran de comer. Era una mujer baja, con cabello gris rizado y una carpeta debajo del brazo. Vicent hizo las presentaciones y explicó el viaje de Azucena en una versión tan confusa que parecía que las provincias la perseguían a ella.
—Por orden alfabético —corrigió Azucena.
Amparo abrió mucho los ojos.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Por fin alguien que no intenta buscarle una dimensión espiritual.
Amparo se sentó y pidió café. En diez minutos había calculado aproximadamente el combustible, criticado la falta de una reserva mayor para reparaciones y recomendado una aplicación para localizar lavanderías. Azucena la adoró.
—Vicent da plantas a todo el mundo —advirtió Amparo—. Luego pregunta durante meses si siguen vivas.
—Eso es acoso botánico —dijo Azucena.
—Seguimiento posventa —corrigió él.
—Con ese nombre todo parece menos íntimo —dijo Azucena—. Aunque llamar dos veces por semana sigue siendo insistencia.
La presencia de Amparo transformó a Vicent.
Seguía siendo atento y enérgico, pero dejaba huecos.
Ella terminaba algunos datos, se burlaba de sus exageraciones y le quitó una hoja del hombro sin interrumpirse.
Azucena vio una pareja que llevaba décadas compartiendo trabajo y no sintió nostalgia de su matrimonio.
Lo que ellos tenían no demostraba que ella hubiera renunciado demasiado pronto ni que debiera buscar algo igual. Solo existía.
Amparo admiró la golondrina de Cáceres y el broche de azucena. Luego señaló todas las pulseras.
—Yo no podría trabajar con eso.
—Yo he trabajado cuarenta y cuatro años con esto.
—Entonces son herramientas.
Azucena miró el tintineo de colores. La palabra herramientas le pareció exacta y amable.
—¿Tu esposa no se pone celosa de que comas con desconocidas de gafas amenazantes?
—Mi esposa se pondría celosa si encontraras un proveedor de sustrato más barato y no se lo dijera.
Después la llevó al vivero. Azucena dejó a Nala segura dentro de La Jubilosa con vigilancia y paseó a Zuri por las zonas autorizadas. Había hileras de árboles jóvenes, olor a tierra húmeda y un trabajo preciso que no se veía desde la fruta limpia del mercado.
Vicent le preparó una maceta mínima con un esqueje ya enraizado.
—No puedo viajar con un vivero.
—Es uno.
—Uno empieza así. Luego le compras compañía y termina exigiendo un sistema de riego.
—Si no lo quieres, no lo cojas.
Azucena sostuvo la maceta. Tenía espacio junto a la ventana, con un cierre para que no cayera durante la marcha. Podía cuidarla. También podía fracasar.
—Lo cogeré.
Pagó por ella pese a las protestas de Vicent. La instaló en un recipiente estable junto al dibujo de Miquel. Nala se acercó; Azucena comprobó antes que la especie no fuera tóxica y protegió la maceta de zarpas curiosas.
En el cuaderno anotó instrucciones concretas: luz, agua, temperatura. No escribió nada sobre echar raíces. Le parecía demasiado fácil.
Marisa sí lo hizo al ver la foto.
Al final vas a arraigar en la furgoneta.
Azucena respondió: No. He comprado una planta. No llames al notario.
A la mañana siguiente encontró una hoja nueva, minúscula, desplegada hacia la ventana.