Capítulo 20 · Cantabria — Bruno bajo la lluvia
Cantabria — Bruno bajo la lluvia
La lluvia de Santander no caía: tomaba posesión.
Azucena había dividido el largo trayecto desde Cádiz en dos jornadas y llegó a Santander agotada.
La lluvia empezó durante aquella primera noche y encontró un punto débil junto a la claraboya.
A las seis, una gota aterrizó sobre la frente de Azucena.
A las seis y dos, colocó un cuenco. A las seis y diez, había tres paños extendidos, Nala contemplaba el techo con hostilidad y Zuri intentaba beber del recipiente.
—Nadie bebe agua estructural —ordenó Azucena.
La previsión anunciaba lluvia todo el día. Llamó a dos talleres; uno no atendía campers y el otro podía verla por la tarde. A las nueve, la humedad había formado una línea fina junto al marco.
Azucena subió a un escalón exterior con una lona pequeña. No iba a reparar el sellado bajo la lluvia, solo proteger la zona hasta el taller. El viento convirtió la operación en una pelea con una bandera.
—Si tiras de ahí, se te va a venir encima —dijo un hombre bajo un paraguas.
—Esa es la idea general de la mañana.
Él dejó el paraguas, sujetó la lona desde el otro lado y esperó instrucciones. Azucena agradeció que no le quitara la tarea de las manos. Entre ambos fijaron una protección provisional.
—Bruno —dijo al bajar—. Estoy dos plazas más allá.
Tenía cincuenta y cinco años, gafas finas y una barba corta gris. Era oceanógrafo y colaboraba en proyectos puntuales. Viajaba en una autocaravana pequeña que parecía ordenada hasta en medio del temporal.
—Azucena. Estoy justo debajo de la gotera.
Prepararon café en La Jubilosa. Bruno entró después de que Azucena asegurara a Nala en el altillo, con libertad para retirarse. La gata lo examinó largamente y eligió esconderse. Zuri apoyó el hocico en su rodilla.
—Opiniones divididas —dijo Azucena.
Bruno miró el cuenco bajo la gota.
—No parece grave si se atiende pronto.
—Eso dicen los médicos antes de mandar pruebas.
Pasaron la mañana esperando. La conversación empezó en selladores y acabó en soledad. Bruno se había separado hacía doce años y había tenido después una relación con una mujer que vivía en Francia. Se veían durante temporadas, sin proyecto de convivencia. Hacía seis meses habían decidido terminar.
Entre una conversación y otra, Bruno fregó las tazas sin preguntar dónde se guardaban. Azucena estuvo a punto de indicarle que el paño correcto era el azul, no el amarillo, y se contuvo. Él abrió un armario equivocado, luego otro.
—A la izquierda —acabó diciendo ella.
—Gracias. Ya pensaba desmontar la cocina.
—En esta cocina no dejo que cualquiera me abra los cajones —dijo Azucena—. Pero has pedido indicaciones con educación.
Nala bajó del altillo cuando la lluvia amainó unos minutos. Avanzó con cautela, olfateó la bota de Bruno y se retiró sin permitir contacto. Él siguió fregando.
—Te ha concedido una audiencia —explicó Azucena.
—He recibido evaluaciones peores.
Bruno contó que en los barcos de investigación la intimidad se reducía a una litera y unos auriculares. Había aprendido a preguntar antes de usar hasta una taza ajena.
—Entonces comprenderás que esta cocina es territorio soberano.
—He firmado el tratado con el paño equivocado.
Cuando la lluvia volvió a golpear, Azucena comprobó la lona desde la ventana.
Seguía firme. Podía haber intentado instalarla sola y quizá lo habría conseguido, pero ahora tenía las manos secas y café.
No era una deuda. Bruno no había adquirido derechos sobre la mesa ni sobre el siguiente tramo del viaje.
—No se me da bien necesitar —dijo, casi sin querer.
—A nadie. Lo hacemos porque la alternativa suele ser bastante incómoda.
—Tú pareces experto.
—Tengo una autocaravana llena de herramientas que no sé usar. Parecer es barato.
Azucena le enseñó el cajón donde guardaba las suyas. Compararon objetos absurdos que ambos transportaban «por si acaso». Ella ganó con un pequeño sacacorchos en forma de flamenco que no abría bien ninguna botella.
—¿Funcionaba? —preguntó Bruno.
—Hasta que dejó de funcionar.
—Esa respuesta sirve para todo.
—Por eso es buena.
La lluvia golpeaba el techo con una intimidad extraña. Azucena le contó que unos días antes había sentido orgullo al decir «jubilada» y que aquella mañana se sentía una idiota con un vehículo que no sabía reparar.
—No saber sellar una claraboya no invalida el viaje —dijo Bruno.
—No es solo eso. Todo depende de mí. El agua, los animales, conducir, el dinero. Si me equivoco, no hay otro adulto.
Bruno señaló a Zuri.
—Él tiene aspecto de declarar impuestos.
Azucena rio. La tensión se aflojó.
—Podrías haber llamado a asistencia antes de subir —añadió él.
—Lo sé.
—Aceptar ayuda no convierte la camper en copropiedad.
Aquello rozó demasiado cerca lo ocurrido con Unai. Azucena se puso de pie para secar una gota.
—No tengo problema en aceptar ayuda.
Bruno miró la lona que habían instalado juntos.
—Por supuesto.
El taller confirmó que el sellado se había deteriorado.
La reparación requería que la zona secara y llevaría unas horas.
Bruno se ofreció a cuidar de Zuri mientras Azucena permanecía con Nala en una sala donde permitían esperar con el transportín.
Ella estuvo a punto de rechazarlo. Después le entregó la correa, explicó horarios y le pidió que no le diera comida.
—Parece fácil.
—Te engañará. Lleva años entrenando.
Cuando regresó, Bruno y Zuri dormían en la autocaravana. El perro tenía junto al hocico una miga sospechosa.
—Ha caído —dijo Bruno.
—Claro.
La gotera quedó reparada. Azucena guardó la factura, revisó el trabajo y respiró aliviada. Bruno no intentó alargar el encuentro. Al día siguiente debían tomar rutas distintas.
Antes de despedirse, se besaron una vez, bajo una lluvia mucho más fina. Fue un beso sereno, sin la electricidad de Samuel, pero con una gratitud que no parecía deuda.
Bruno le sostuvo la cintura por encima del impermeable.
Azucena acortó la distancia hasta notar contra el pecho la humedad y el calor de él; abrió los labios apenas, lo suficiente para que el beso dejara de parecer solo agradecimiento.
Al separarse, Bruno seguía con una mano donde ella había permitido que estuviera.
—La reparación del techo incluía extras —dijo Azucena.
—Solo los autorizados por la propietaria.
—Gracias por la lona —dijo ella.
—Gracias por el café estructural.
Azucena arrancó con el techo seco y la sensación nueva de que pedir una mano no equivalía a entregar el volante.