Azucena por orden alfabético Capítulo 19 · Cádiz — Fali compone una retirada
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Capítulo 19 · Cádiz — Fali compone una retirada

Cádiz — Fali compone una retirada

Fali conoció a Azucena por internet antes que en persona y eso le dio una ventaja que utilizó mal.

—¡La mujer alfabética! —gritó desde una mesa cuando ella entró con Zuri en una terraza.

Azucena se detuvo.

—Depende de quién pregunte.

—Fali Benítez. Me manda tu perfil mi cuñada desde Hannover. Dice que de mayor quiere ser como tú.

—¿Cuántos años tiene?

—Cincuenta y ocho.

—Dile que ya es mayor. Que empiece sin esperar.

Fali tenía cincuenta y cuatro años, una gorra imposible, voz de escenario y la capacidad de conversar con cuatro mesas a la vez.

Había escrito para agrupaciones de carnaval, trabajado de electricista y criado a tres hijos que le pedían, según él, que no improvisara canciones durante las comidas familiares.

Zuri se tumbó bajo su silla. Azucena llevaba pantalones blancos, una blusa rosa intenso, gafas de sol rojas y la golondrina de Cáceres en el hombro. Fali la examinó con aprobación.

—Tú vienes ya afinada.

—Vengo vestida.

—No es lo mismo y lo sabes.

—Yo afino cuando la partitura merece la pena —dijo Azucena—. Lo difícil es encontrar quien sepa entrar a tiempo.

Al enterarse de que acababa de cerrar definitivamente la puerta laboral, Fali anunció que aquello merecía una «retirada oficial». Sacó una libreta y empezó a tomar notas.

—No quiero una canción sobre mi jubilación.

—Perfecto. Será sobre una señora que escapa de una oficina gris en un cacharro verde.

—Eso es exactamente mi jubilación.

—Las coincidencias artísticas son inevitables.

Pasaron la tarde riendo. Fali le presentó a media calle, pero nunca como una mujer admirable «para su edad».

La presentaba como Azucena, la que había organizado España de la manera más cara posible.

Le enseñó el local donde ensayaba con amigos y le permitió golpear una caja, actividad para la que ella demostró más entusiasmo que ritmo.

En el local había seis sillas distintas, cables sujetos con cinta y una nevera que contenía refrescos, aceitunas y un tornillo. Dos amigos de Fali ensayaban una presentación. Cuando Azucena entró, uno de ellos se levantó para ofrecerle la silla menos peligrosa.

—No necesito trato de invitada —dijo ella.

—No es trato de invitada. Esa silla muerde.

Fali repartió copias de una estrofa. Azucena se colocó las gafas de ver sobre las de sol y solo se dio cuenta cuando todos guardaron silencio.

—Ni una palabra.

—Tienes visión de largo, de cerca y de futuro —dijo Fali.

Ella se quitó las de sol y lanzó una mirada que provocó más risas.

Durante el ensayo, discutieron una rima durante quince minutos.

Nadie cobró, nadie tenía que cumplir objetivos y, sin embargo, todos se tomaban en serio que una palabra cayera en el lugar correcto.

Azucena sintió la familiar satisfacción de resolver algo en grupo, pero sin el sabor metálico de la urgencia.

Propuso cambiar un verso. Fali lo probó y negó con la cabeza.

—Tiene demasiadas sílabas.

—En mi agencia nadie rechazaba una idea por tener demasiadas sílabas.

—Por eso os iba como os iba.

Al final aceptaron una variante más corta. Azucena experimentó un orgullo absurdo y limpio. No necesitaba dirigir el ensayo ni quedarse a documentar el procedimiento. Había estado allí, había aportado una frase y luego podía marcharse.

Uno de los hombres le pidió firmar la parte posterior de la hoja «por si el perfil se hacía famoso». Azucena escribió: Azucena Robles, jubilada , y añadió la fecha. Esta vez no bajó la voz.

La composición fue breve y deliberadamente mala.

No la cantaron entera ni la grabaron para publicar.

Incluía un jefe heredero perseguido por interlineados y un perro procesado por robo de empanada.

Azucena protestó hasta que llegó un verso sobre una gata que gobernaba la furgoneta; entonces pidió repetición.

—Tienes buen material —dijo Fali durante la cena—. Lo raro es que hayas tardado tanto en salir.

—Trabajaba.

—Todos trabajábamos.

—Yo era imprescindible.

Fali levantó una ceja.

—¿Han cerrado?

Azucena tomó un sorbo.

—No.

—Entonces eras muy buena, que ya es bastante.

La frase le dolió menos de lo que habría dolido un mes antes. Tal vez porque Gonzalo ya no podía llamarla. Tal vez porque ser buena en su trabajo seguía siendo cierto aunque la agencia continuara sin ella.

—¿A ti te gusta haber dejado los avisos diarios de electricidad? —preguntó.

—Me gusta no pasarme el día corriendo de avería en avería. Todavía acepto algún encargo. Lo demás lo hago igual: compongo, discuto, llevo a mis nietos y arreglo enchufes gratis, que es peor negocio.

—A veces la palabra suena a estar apartado.

—Pues no te apartes.

Fali lo dijo mientras intentaba abrir un paquete de azúcar con los dientes. No parecía consciente de haber pronunciado nada memorable, y Azucena agradeció que no añadiera una explicación.

Cuando volvieron a La Jubilosa, él inspeccionó la pegatina musical de Badajoz.

—Eso necesita competencia.

Sacó una pegatina pequeña de una máscara sonriente y la colocó junto a la nota, por dentro de la puerta.

—No más de una por provincia musical —advirtió Azucena.

—¿Cuántas provincias musicales hay?

—Lo decidiré cuando vea el tamaño de las pegatinas.

Fali se despidió con un abrazo que olía a colonia y fritura. No hubo tensión romántica. Hubo cariño inmediato, la clase de afecto que no necesita preguntarse qué habría ocurrido en otra vida.

Esa noche Azucena grabó un mensaje para el perfil. No cantó. Contó que estaba jubilada y que la palabra ya no le parecía una persiana bajada.

Antes de publicarlo lo vio dos veces. En la pantalla aparecía su rostro redondo, el carmín un poco gastado y el pelo alborotado por la humedad. No se corrigió.

—Jubilada —dijo otra vez, probando la palabra.

Sonaba a alguien que acababa de empezar una cosa y todavía no sabía cuánto iba a costarle.