Capítulo 18 · Cáceres — Andrés y el teléfono apagado
Cáceres — Andrés y el teléfono apagado
El broche de Cáceres era una golondrina de esmalte azul, con una pequeña fisura en el ala.
Azucena la descubrió en el escaparate de una tienda de antigüedades. Entró por curiosidad y porque Zuri estaba descansando en La Jubilosa, junto a Nala, después de un paseo largo. El interior olía a madera, cera y armarios ajenos.
—No está rota —dijo el hombre del mostrador al verla examinar la golondrina—. Está reparada.
—La fisura se ve.
—Por eso sabemos que está reparada.
Andrés tenía cincuenta y dos años, pelo entrecano ondulado y un chaleco lleno de bolsillos. Era anticuario desde hacía casi treinta años y hablaba de cada objeto sin atribuirle leyendas improbables. La golondrina era de los años cincuenta, había perdido el alfiler y él le había colocado uno nuevo.
—¿Cuánto cuesta?
Andrés dijo una cifra razonable. Azucena se la prendió en un pañuelo amarillo, junto al hombro. Llevaba también el broche de azucena guardado en el bolso, como casi siempre desde que salió de Madrid.
—Demasiadas cosas juntas —dijo Andrés, observando sus collares y pulseras.
—No he solicitado una auditoría estética.
—No era una crítica. Mi tienda entera consiste en demasiadas cosas juntas.
—Y eso que todavía no me ha visto sin el pañuelo —dijo Azucena.
Andrés arqueó una ceja. Ella dejó que el silencio trabajara antes de señalar la golondrina.
—El broche. No se entusiasme, anticuario.
Azucena aceptó tomar café cuando cerró al mediodía. Andrés había enviudado joven, criado a una hija y vivido después relaciones que no necesitaba clasificar. Le preguntó por el cuaderno. Ella dejó que leyera el título.
—¿Y las cosas que sí?
—Agua potable, un taller honrado, datos móviles, un buen cierre de collar.
—Poco romántico.
—Muy estable.
El teléfono vibró. Gonzalo.
Azucena lo dejó boca abajo.
Volvió a vibrar. Después apareció un mensaje: Llámame en cuanto puedas. Es urgente.
El cuerpo de Azucena reaccionó antes que ella. Hombros tensos, respiración corta, la mano buscando ya las gafas de ver para leer mejor una crisis de cliente que no conocía. Se levantó.
—Perdona. Tengo que…
Se detuvo.
—¿Tienes que qué? —preguntó Andrés.
No había ironía. Solo una pregunta.
—No lo sé.
Salió a la calle y llamó. Gonzalo contestó al primer tono.
—Menos mal. Tenemos un problema con un cliente histórico. Lucía ha aplicado el contrato nuevo de producción y falta la cláusula de cesión de derechos de imagen que antes incluíamos.
—¿Qué cliente?
Gonzalo se lo dijo. Azucena vio la campaña en su memoria: carpeta, fechas, la nota del abogado, la excepción pactada con el cliente. Empezó a explicar. Gonzalo la interrumpió dos veces para pedir precisión.
—Envíame un correo —dijo—. Así lo tenemos documentado.
Azucena miró la golondrina prendida en su pañuelo. Al fondo, una pareja consultaba un mapa. Una mujer abría una ventana. El sol calentaba las piedras. Ella estaba en Cáceres y Gonzalo acababa de devolverla a una mesa de Madrid sin pagar el billete.
—No.
—¿Cómo?
—No voy a enviarte un correo. Dejé documentada la transición, preparé las campañas y expliqué el caso. Si hay una cuestión legal, consultad al abogado. Ya no trabajo para Montalbán Publicidad.
—Azucena, no te estoy pidiendo que trabajes. Solo que nos ayudes con algo que tú conoces.
—Eso es trabajo, Gonzalo.
—Me sorprende tu actitud, después de tantos años.
La culpa llegó puntual. Azucena la reconoció: era una empleada antigua que todavía conservaba llave.
—Y a mí me sorprende que después de tantos años sigas creyendo que estoy disponible. No vuelvas a llamarme por asuntos de la oficina.
Hubo un silencio largo.
—Entendido.
Gonzalo colgó.
Azucena se quedó con el móvil en la mano. No se sintió poderosa. Se sintió temblorosa y un poco cruel. Regresó a la cafetería.
—He sido horrible —dijo.
Andrés movió la taza para dejarle sitio.
—No he oído la conversación.
—Entonces no puedes tranquilizarme.
—Tampoco pensaba hacerlo.
Aquello fue tan poco heroico que Azucena se echó a reír. Le contó lo esencial. Andrés escuchó.
—Tengo objetos que llegan con restauraciones malas —dijo al final—. Si las deshago demasiado deprisa, daño la pieza. Poner un límite no siempre se siente limpio.
—Te he prohibido convertirte en metáfora.
—No estaba en la tienda de Almería cuando lo dijiste.
Azucena apagó el teléfono. No lo puso en silencio: lo apagó. El gesto le produjo vértigo. Durante el resto de la tarde paseó con Andrés, volvió a por Zuri y cenaron migas en un lugar sin cobertura suficiente para que el mundo exigiera nada.
Al despedirse, Andrés le devolvió el dinero del broche.
—No puedo aceptarlo.
—Entonces no lo aceptes como regalo. Considéralo pago por una tarde en la que he cerrado la tienda y no me he arrepentido.
—Eso sigue siendo un regalo.
—Los anticuarios ponemos nombres mejores a las cosas usadas.
Azucena dejó el dinero bajo una caja cuando él no miraba. Andrés lo encontró y, al día siguiente, se lo donó a una protectora siguiendo el perfil. Ninguno ganó la discusión.
En el cuaderno amarillo, Azucena pegó la factura y escribió: Una fisura visible no impide volar, pero conviene cambiar el alfiler.
Se arrepintió de la solemnidad, añadió debajo: Gonzalo puede buscarse su propio alfiler. O pedírselo a su padre , y cerró el cuaderno.