Azucena por orden alfabético Capítulo 17 · Burgos — Eusebio se da la vuelta
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Capítulo 17 · Burgos — Eusebio se da la vuelta

Burgos — Eusebio se da la vuelta

Eusebio llegó a Burgos caminando en sentido contrario a las flechas.

Azucena lo vio desde una terraza. Llevaba mochila, bastones y una vieira colgada, pero avanzaba hacia el lugar del que parecían venir los demás peregrinos. Zuri lo siguió con la mirada, confundido por aquella infracción del orden general.

—Se ha equivocado —dijo Azucena al camarero.

—No creo. Lleva así desde esta mañana.

Eusebio se detuvo junto a la terraza para ajustar una bota. Tenía cincuenta y un años, barba entrecana y una rodilla vendada.

—Perdone —dijo Azucena—. ¿Sabe que va al revés?

Él levantó la vista.

—Sí. Da mucha conversación.

—Mientras sepa usted hacia dónde va en los momentos importantes, podemos perdonarle la dirección.

Había abandonado el Camino después de cinco días. Una molestia en la rodilla, lluvia y la certeza creciente de que no quería continuar. Volvía hacia el alojamiento donde había dejado el coche.

—Podrías tomar un autobús —dijo Azucena.

—Podría. Pero esto es lo único que me apetece caminar.

Lo invitó a sentarse. Eusebio pidió agua y se quitó la mochila con un gemido. Era maestro y había anunciado el Camino a todo el mundo. Sus alumnos actuales y antiguos le enviaban mensajes, sus hermanos seguían la ruta y un amigo le había hecho una camiseta con la fecha prevista de llegada.

—Ahora tendré que explicar que me vuelvo.

—Puedes mentir y decir que una revelación te ordenó regresar.

—La revelación ha sido una ampolla en un lugar que no pienso describir.

Azucena rio. Le contó su itinerario alfabético. Eusebio sacó el teléfono, buscó el perfil y la reconoció en el dibujo de Miquel.

—Tú también has anunciado una cosa absurda en público.

—La mía lleva ruedas.

—Ventaja decisiva.

Caminaron juntos un tramo corto, despacio por la rodilla.

Zuri olfateaba las mochilas de otros peregrinos con la esperanza de repetir el episodio de la empanada.

Eusebio confesó que se sentía aliviado desde que había decidido parar, pero le avergonzaba la fotografía mental de sí mismo: el hombre que no terminaba.

—Yo he terminado muchas cosas que no tendría que haber empezado —dijo Azucena—. Un curso de contabilidad avanzada, por ejemplo. Y un matrimonio, aunque no sé en qué columna va eso.

—¿Fue un error?

—No entero. Duró más de veinte años. Sería mucha eficacia para un único error.

Eusebio sonrió.

—Entonces quizá cinco días no sean un fracaso entero.

Al llegar junto a La Jubilosa, Azucena le ofreció llevarlo hasta su alojamiento. Preparó el asiento, aseguró a los animales y guardó la mochila. Durante el trayecto Eusebio miró el cuaderno amarillo sobre el salpicadero.

La mochila dejó un olor a ropa mojada dentro de la camper. Eusebio se disculpó tres veces. Azucena abrió ligeramente la ventilación y le prohibió una cuarta.

—En el Camino todos dicen que la mochila revela lo que necesitas —comentó él—. La mía revela que llevo dos pantalones de más y ningún criterio.

—Yo viajo con veintidós pares de pendientes.

—Eso pesa menos.

—No emocionalmente.

Eusebio sacó de un bolsillo una piedra pequeña que había cargado para dejar en un punto posterior de la ruta. La sostuvo en la palma.

—Me parecía importante cuando salí. Ahora no sé qué hacer con ella.

—Puedes dejarla donde quieras.

—No sería el lugar previsto.

—La piedra no ha leído el folleto.

Pararon en un área segura para que Azucena comprobara a Zuri y Nala. Eusebio dejó la piedra junto a un árbol, sin ceremonia. Después hizo una fotografía y se rio de sí mismo.

—Para alguien que abandona, documento mucho.

—No tienes que fingir que no te importa. Solo has cambiado de plan.

Azucena oyó su propia frase y se preguntó si sabría aplicársela.

Llevaba el orden alfabético como una norma escrita por otra persona, aunque la otra persona fuese ella misma sentada ante un atlas.

Si un día quería saltarse una provincia, detenerse un mes o volver a Madrid, no habría tribunal.

Solo seguidores decepcionados durante unos minutos y una página que podría reescribir.

—¿Y si en mitad de la lista te cansas?

—No me cansaré.

La respuesta salió demasiado rápido.

—Eso dije yo al tercer día.

Azucena aparcó. No quería pensar en la posibilidad. El perfil crecía, Marisa hablaba de «la siguiente letra» y cada página del cuaderno parecía exigir otra. Pero aún le quedaban decenas de provincias, islas, ferris, averías y meses.

—Si me canso —dijo—, dormiré.

—Buen principio.

Eusebio se despidió con un abrazo. Más tarde le envió una foto desde un autobús: había decidido no caminar tampoco el regreso. He perfeccionado el abandono , escribió.

Azucena pasó dos días en Burgos. No porque fuera imprescindible, sino porque estaba agotada. Durmió, lavó ropa, cocinó lentejas y no conoció a nadie nuevo. Cuando el perfil preguntó por la siguiente parada, Marisa contestó por ella: La protagonista está haciendo mantenimiento narrativo.

Azucena cerró las cortinas y sonrió.