Capítulo 16 · Bizkaia — Unai quiere conducir
Bizkaia — Unai quiere conducir
Unai tenía una solución para cada problema, incluso para los que Azucena no había planteado.
Lo conoció en Bilbao al intentar interpretar las señales para vehículos grandes junto a un área de estacionamiento. Él golpeó suavemente la ventanilla y le indicó con gestos cómo completar la maniobra. Azucena, que ya había decidido exactamente lo mismo, terminó aparcando con precisión.
—Buen vehículo —dijo Unai cuando ella bajó.
—Buena conductora.
—También.
Era arquitecto, tenía cincuenta y cinco años, el cabello plateado y una chaqueta técnica impecable.
Acababa de vender su estudio y se había tomado un año sin proyectos.
Examinó La Jubilosa con admiración profesional.
Preguntó por la distribución, la placa solar y el aislamiento.
Azucena contestó hasta que comprendió que le gustaba hablar del vehículo.
Era la primera casa que había elegido sin negociar con nadie.
Unai la invitó a tomar un café. Después caminaron con Zuri junto a la ría. Llovía a intervalos breves, de modo que Azucena se pasaba el tiempo abriendo y cerrando un paraguas violeta mientras sus gafas se empañaban.
—Hay tratamientos hidrófugos para las lentes —dijo Unai.
—También hay ciudades con menos agua.
Él había enviudado tres años antes y viajaba en grupos organizados. Le enseñó fotografías de Noruega, Egipto y una ruta por Escocia donde todos llevaban el mismo impermeable amarillo.
—Viajar solo no me interesa —dijo—. Lo que ves necesita contraste.
—Yo contrasto con Zuri. Él se entusiasma y yo pago.
Unai rio. Le gustaban sus gafas, su manera de contestar y La Jubilosa. Sobre todo La Jubilosa.
Después de comer, le pidió conducirla.
—Solo una vuelta —dijo—. He llevado vehículos más grandes.
Azucena apretó la correa de Zuri.
—No.
—No entrego las llaves en la primera cita —añadió—. Y menos a un hombre que ya quiere cambiarme los muebles.
—No voy a romperla.
—Ya lo supongo.
—¿Entonces?
—Conduce tu coche.
Unai pareció sorprendido, no ofendido. Intentó convertir la petición en una cuestión práctica.
Hasta entonces la tarde había sido agradable. Unai la había llevado a una mesa donde compartieron varios platos y había escuchado con interés real el relato de las adaptaciones para Nala. Incluso dibujó en una servilleta una pieza sencilla para impedir que un cajón se abriera en marcha.
—No me cobres el proyecto —dijo Azucena.
—La primera consulta es gratis. Después te arruino.
Él le contó que había pasado más de treinta años diseñando espacios para otros y que, al cerrar su estudio, reformó su propia cocina tres veces.
—No sabía terminar —admitió—. Si dejaba algo decidido, ya no tenía proyecto.
Azucena entendió aquella necesidad mejor de lo que quería. Su lista alfabética era también una obra con fechas, presupuestos y cincuenta casillas. La diferencia era que podía moverla.
Cuando volvieron al área, Unai pidió ver cómo había resuelto el almacenamiento. Elogió el arenero ventilado, cuestionó la altura de una balda y sugirió cambiar la mesa por otra abatible. Azucena notó que sus respuestas empezaban a acortarse.
—Funciona como está —dijo.
—Puede funcionar mejor.
—Todo puede. No todo necesita.
Unai se quedó en silencio. Quizá por eso, cuando pidió conducir, la propuesta no llegó sola: traía detrás una tarde entera de pequeñas mejoras. Azucena no rechazaba solo unas manos en el volante. Rechazaba la posibilidad de que su casa recién estrenada se convirtiera en el proyecto de otra persona.
—Podría acompañarte hasta Burgos. Compartimos kilómetros. Tú descansas y yo pruebo la camper. Nos conviene a los dos.
La imagen apareció con demasiada nitidez: Unai ajustando el asiento, sugiriendo dónde guardar los vasos, corrigiendo la presión de los neumáticos, diciendo «nuestra ruta» antes de llegar a la autopista.
—No necesito conductor.
—Todo el mundo necesita descansar.
—Y descansaré. Sin entregarte las llaves.
Unai levantó las manos.
—De acuerdo. Era una propuesta.
Azucena se sintió ligeramente injusta. Él no había exigido nada. Había ofrecido una ayuda que a otra persona le habría resultado agradable. Pero el volante significaba más de lo que era capaz de explicar sin sonar ridícula.
—La compré hace poco —dijo al fin—. Me costó decidirme. Todavía necesito sentir que es mía.
Unai miró el vehículo y luego a ella.
—Eso sí lo entiendo.
Por la tarde le enseñó a comprobar mejor el nivel del vehículo antes de dormir y le recomendó unos calzos más ligeros. No volvió a pedir las llaves. Nala, presentada a través de una ventana cerrada, lo observó dos segundos y se retiró. Azucena consideró que aquello era una aprobación moderada.
Al despedirse, Unai le dio su número por si necesitaba consejo técnico.
—Consejo —recalcó—. No conducción.
Azucena le besó la mejilla.
—Aprendes deprisa.
Esa noche limpió el volante con una toallita, aunque no estaba sucio. Las pulseras sonaron al girarlo unos centímetros. La carretera, el gasto, los errores y las rotondas equivocadas eran suyos.
También lo era la posibilidad de pedir relevo algún día.
Pero no aquel.