Capítulo 15 · Barcelona — Miquel dibuja deprisa
Barcelona — Miquel dibuja deprisa
Barcelona le cobró a Azucena por aparcar, por circular y, según tuvo la sensación, por respirar cerca del centro.
Dejó La Jubilosa en un área bien comunicada y tomó el transporte público con Zuri en las condiciones permitidas.
Nala se quedó segura y vigilada en la camper.
Azucena había elegido pantalón rojo, una chaqueta de estampado geométrico y gafas verdes.
Al salir, se miró en el espejo y se quitó un collar.
Después volvió a ponérselo.
—Si voy a pagar por respirar, al menos que se me vea —dijo.
Miquel hacía bocetos rápidos y anónimos de los clientes de una cafetería: atrapaba una postura, una mano, el ángulo de una espalda.
Cuando alguien podía reconocerse, mostraba la hoja enseguida y preguntaba si podía conservarla.
Azucena lo descubrió cuando Zuri se instaló bajo su mesa convencido de que ya eran familia.
—Perdona —dijo ella, tirando con suavidad del arnés.
Miquel levantó la hoja. Había dibujado al perro como una nube con patas.
—Ha elegido bien el sitio.
Era ilustrador de prensa, tenía treinta y dos años y un rostro estrecho con barba de dos días.
Sus dedos estaban manchados de tinta azul.
Azucena pidió café en la mesa contigua. Miquel siguió dibujando.
La categoría de «treinta y pocos» que había mencionado a Marisa acababa de abandonar la teoría y llevaba tinta azul en los dedos.
—¿Me estás haciendo a mí? —preguntó ella al cabo de un momento.
—A tus pulseras. Tú vienes incluida.
—Yo siempre vengo incluida —dijo Azucena—. Lo que no siempre estoy es disponible.
—Quiero derecho de inspección.
Miquel giró el cuaderno. Azucena aparecía como una mujer compuesta de curvas rápidas, montura verde y brazaletes en movimiento. No había arrugas detalladas ni intento de favorecerla. Sin embargo, era inequívocamente ella.
—Me has puesto mucha nariz.
—Traías la tuya.
—Y tú poca educación.
—La dejé en otro cuaderno.
Acabaron riendo. Azucena le contó el viaje. Miquel hojeó el perfil sin seguirlo y se detuvo en la foto de Antón.
—Aquí no posas.
—Ya me lo han reprochado.
—No era un reproche.
Pasaron la tarde caminando. Miquel dibujaba deprisa: una bicicleta, una mujer tendiendo ropa, Zuri esperando ante una panadería.
No explicó edificios ni recomendó lugares obligatorios.
Le mostró una plaza donde le gustaba sentarse y una tienda de papeles antiguos.
Azucena compró una cinta estampada para marcar páginas en el cuaderno amarillo.
En la tienda, Miquel eligió una hoja de un azul casi negro y sostuvo encima uno de los pendientes de Azucena.
—Mira —dijo.
El círculo amarillo parecía más vivo contra el papel. Azucena acercó la mano, con sus uñas azul pastel.
—Te pasas el día colocando cosas para que se vean mejor.
—Es el trabajo.
—¿Y no cansa mirar tanto?
Miquel dejó el papel.
—Cansa que te digan qué tienes que ver. Mirar por gusto, menos.
Él llevaba años dibujando noticias difíciles, explicó, y había empezado a llenar cuadernos privados con escenas que no necesitaban titular: gente esperando, perros durmiendo, una chaqueta roja sobre una silla.
Azucena entendió por qué no había convertido su viaje en un símbolo al conocerla.
Le interesaba la forma de sus pulseras al caer, no lo que debían representar.
Se sentaron en un banco para que Zuri bebiera. Miquel dibujó las manos de Azucena alrededor de la botella.
—No me hagas las manchas —pidió ella.
—Son sombra.
—Sé distinguir una sombra de una mancha de edad.
Miquel le enseñó el boceto. Las marcas no aparecían como defectos, solo como parte de una piel que se plegaba al agarrar.
—Dibujar no es limpiar —dijo.
Azucena recuperó la botella. No quería que una frase tan sencilla le hiciera daño, así que señaló a un hombre con pantalones demasiado cortos.
—Dibuja eso. A ver cómo resuelves la verdad sin crueldad.
Miquel aceptó el desafío.
En una terraza le enseñó una fotografía de Nala.
—Falta ella —dijo Miquel.
—No la saco a recorrer ciudades. Es gata, no diputada.
—La añadiré de memoria.
Tomó una hoja grande. Dibujó La Jubilosa como una criatura ligeramente torcida, a Zuri asomando el hocico y a Nala en el techo con corona. Azucena estaba al volante, con las gafas enormes y el brazo fuera de la ventanilla. Sobre la furgoneta escribió una A que se transformaba en carretera.
—Me has hecho protagonista —dijo ella.
Miquel dejó el lápiz.
—¿De quién es el viaje?
Azucena no contestó. Toda su vida había aparecido en imágenes de grupo: al lado de Julián, detrás de compañeras, en una esquina de celebraciones que ella misma organizaba.
Incluso las fotografías del perfil las tomaba Marisa o mostraban paisajes, animales, pies. En aquel dibujo no acompañaba a nadie.
—Te lo compro.
—Te lo regalo si me dejas hacer una viñeta con lo del orden alfabético.
—¿Para el periódico?
—Para ti. El periódico paga peor.
Cenaron algo sencillo. Miquel mencionó una relación intermitente con una escultora de Girona y Azucena sintió una decepción menor, casi divertida. No todos los hombres especiales tenían que estar disponibles. Ni todos tenían que quererla.
Al despedirse, él le dio un abrazo y prometió enviarle el archivo escaneado. No preguntó cuándo regresaría.
Azucena enmarcó el original con dos láminas transparentes y lo fijó dentro de La Jubilosa, donde Nala lo olfateó.
—Te ha puesto corona —le explicó—. No le des más importancia de la necesaria.
La gata se sentó debajo de su propio retrato.