Capítulo 14 · Badajoz — Joaquín y un baile prestado
Badajoz — Joaquín y un baile prestado
Joaquín tocaba el acordeón en una plaza sin sombrero en el suelo ni público establecido. Lo hacía porque esperaba a su hermana, que salía del dentista, y porque, según explicó, «un acordeón cerrado ocupa lo mismo y sirve de menos».
Tenía cincuenta y cuatro años, cejas negras muy expresivas y una camisa azul con pequeños caballos blancos. Azucena se detuvo con Zuri. El perro ladeó la cabeza ante las primeras notas y luego se sentó, posiblemente convencido de que aquello terminaría en comida.
—Tiene buen oído —dijo Joaquín.
—Tiene esperanza.
Azucena llevaba un vestido color mandarina sobre pantalones y un collar de piezas turquesas. Había salido de La Jubilosa sin plan y sin cámara. Después de Ávila y de la calefacción revisada —un filtro sucio, nada dramático—, necesitaba un día que no significara nada.
Joaquín cambió de melodía. Una pareja joven bailó unos segundos y siguió caminando. Una niña dio vueltas. Azucena marcó el ritmo con el pie.
—¿Bailas? —preguntó él.
—Tú estás tocando.
Joaquín cerró el acordeón a mitad de frase y lo dejó con cuidado sobre un banco.
—Problema resuelto.
Le tendió la mano.
Azucena miró alrededor. La plaza no estaba vacía. Había terrazas, niños, una señora hablando por teléfono y un repartidor que descargaba cajas. Pensó en rechazarlo. Luego pensó que nadie la conocía, y que ese era uno de los privilegios del viaje.
—Solo una vuelta.
—Las buenas decisiones suelen empezar con límites falsos.
Bailaron sin música durante unos segundos hasta que un muchacho sentado en un escalón puso una canción en su teléfono.
No era apropiada para el acordeón ni para la edad que otros habrían asignado a aquella escena.
Joaquín improvisó pasos. Azucena rio, tropezó y acabó girando con las pulseras subiéndole por el brazo.
Joaquín no bailaba especialmente bien. Esa fue una de las razones por las que Azucena continuó. No había pasos correctos que seguir ni una pareja a la que evitar pisar. Él daba una vuelta, ella inventaba otra, y cuando ambos terminaron frente a frente fingieron que estaba previsto.
—Tienes buena cintura —dijo Joaquín.
—Tengo cintura. Lo de buena es una categoría moral que no le corresponde.
—Entonces tienes una cintura divertida.
Aquello le gustó más. Julián había bailado con ella en bodas, siempre pendiente de la mirada de los demás y de que sus movimientos no fueran ridículos. Joaquín parecía considerar el ridículo un instrumento de percusión.
Cuando el muchacho cambió de canción, una señora dejó el teléfono y se unió.
Después un hombre con uniforme de reparto.
Durante cinco minutos no hubo parejas, edades ni habilidad; solo personas ocupando la plaza de manera poco rentable.
Azucena guardó las gafas de sol en el escote para que no salieran volando.
Al terminar, estaba sin aliento. Joaquín le ofreció agua y no comentó que debía sentarse ni descansar. Ella lo hizo de todos modos.
—Mañana tendré agujetas —dijo.
—Mañana serás una mujer con historia clínica.
—Eso ya lo soy. La novedad serán las agujetas.
La gente aplaudió. Ella hizo una reverencia exagerada.
—Esto no va a internet —advirtió.
—Ya hay tres teléfonos grabando —dijo Joaquín.
—Entonces necesito repetirlo con mejor perfil.
La hermana salió del dentista con la mitad de la cara dormida y encontró a Joaquín tocando de nuevo mientras Azucena bailaba con Zuri, que perseguía sus propios pies sujeto por la correa.
Comieron los tres. La hermana, Matilde, hablaba con dificultad y aun así consiguió interrogar a Azucena sobre el itinerario, la camper y sus pendientes.
Joaquín era viudo, tenía dos nietos pequeños y una agenda más llena que la de Gonzalo.
Ensayaba con un grupo, cuidaba un huerto, visitaba a un amigo enfermo y acudía a clases de portugués porque quería entender las canciones que tocaba.
—¿Y para qué quieres conocer a un hombre en cada provincia? —preguntó Matilde, que había encontrado aquella versión del viaje en el perfil.
—Yo no quiero. Los hombres aparecen. Como las rotondas.
—Algunos dan más vueltas —dijo Joaquín.
No hubo coqueteo evidente, aunque él le besó la mano al despedirse. Fue un gesto tan deliberadamente antiguo que Azucena lo aceptó como parte del espectáculo.
—Has elegido una zona prudente —dijo ella—. Las demás requieren reserva.
Joaquín se llevó una mano al pecho con fingida solemnidad.
—Me conformo con saber que existe el programa completo.
Esa tarde recibió varios vídeos del baile enviados por desconocidos al perfil. En todos se veía rotunda, colorida y despreocupada. Su pelo caoba saltaba con cada giro. El vestido se pegaba donde tenía que pegarse y se movía donde tenía que moverse. Por primera vez no buscó el ángulo menos ancho.
Publicó diez segundos, sin música por respeto a quien la hubiera creado, y escribió: Badajoz me ha prestado un baile. Lo devuelvo un poco usado.
La Jubilosa sumó su primera pegatina discreta: una nota musical que Matilde había comprado en un quiosco. Azucena la colocó en la parte interior de la puerta.
—Nada de convertirte en una nevera turística —le dijo al vehículo.
La puerta respondió con un clonc moderado.