Azucena por orden alfabético Capítulo 13 · Ávila — Rodrigo al otro lado de la muralla
21%

Capítulo 13 · Ávila — Rodrigo al otro lado de la muralla

Ávila — Rodrigo al otro lado de la muralla

En Ávila, el frío encontró cada hueco de La Jubilosa antes que Azucena.

Durmió con calcetines, dos mantas y Nala apoyada contra las piernas en una tregua motivada por la temperatura. Al amanecer, la calefacción hizo un ruido irregular que la obligó a levantarse. Funcionaba, pero con esa tos metálica que precedía a una factura.

Anotó el problema y decidió no convertirlo todavía en catástrofe.

Rodrigo apareció mientras Azucena fotografiaba a Zuri con la muralla al fondo. En realidad, intentaba fotografiarlo. El perro se daba la vuelta cada vez que ella bajaba el teléfono.

—Necesita usted un ayudante —dijo un hombre alto con abrigo de paño.

—Necesito un perro con ambición artística.

Rodrigo se colocó detrás de Azucena y levantó una galleta que llevaba en una bolsita. Zuri posó con una dignidad mercenaria.

—Guía —se presentó él—. La bolsa forma parte del equipo profesional.

Tenía cuarenta y nueve años, el pelo castaño peinado hacia atrás y una forma teatral de pronunciar incluso su nombre.

A Azucena le divirtió antes de que empezara a cansarla.

Rodrigo conocía historias, fechas y rincones, pero sobre todo conocía el efecto que producía contarlos.

Cuando ella explicó la ruta, él declaró que era «una peregrinación laica hacia sí misma».

—Es una lista —corrigió Azucena.

—Toda lista es un relato en potencia.

—La de la compra rara vez.

Rodrigo rio como si acabara de concederle un punto.

Pasearon. Él le mostró detalles que Azucena habría pasado por alto y ella le obligó a detenerse para que Zuri oliera todos los portales. La ciudad parecía contenida dentro de la piedra, protegida y dividida por ella.

Rodrigo le propuso subir a un tramo desde el que observar el trazado. Azucena dudó por Zuri, pero organizaron el paseo respetando las zonas accesibles y las necesidades del perro. En lo alto, el viento se coló bajo el abrigo y levantó el pañuelo de Azucena. Rodrigo lo atrapó antes de que escapara.

—Tus accesorios intentan independizarse —dijo.

—Han visto el perfil y quieren carrera propia.

Rodrigo quedó a un paso, con el pañuelo entre los dedos y olor a jabón limpio en el cuello del abrigo. Sus ojos bajaron un instante hacia la boca frambuesa de Azucena. Ella sostuvo la mirada, divertida.

—No dejo que cualquiera me anude cosas al cuello —advirtió—. Conviene empezar por un café y buenas referencias.

Él anudó el pañuelo a la correa del bolso, no a su cuello. Azucena observó sus manos. Rodrigo tenía la elegancia un poco practicada de quien había vivido sobre escenarios. Le gustaba y, a la vez, la mantenía alerta. Todo gesto parecía ensayado, incluso cuando probablemente no lo estaba.

Una pareja los confundió con marido y mujer al pedirles una fotografía. Rodrigo abrió la boca para corregirlos, pero Azucena dijo:

—Somos una excursión temporal.

La mujer no entendió y tomó la foto de todos modos. En ella, Rodrigo aparecía mirando a cámara; Azucena miraba a Zuri, que se había sentado sobre la punta de su pañuelo.

—Podríamos representar una pareja convincente —comentó Rodrigo al revisar la imagen.

—Yo ya he tenido un papel largo. Ahora prefiero las apariciones especiales.

Rodrigo aceptó la respuesta sin intentar seducirla más. La facilidad con que lo hizo desconcertó a Azucena: había levantado una defensa ante una batalla que quizá no existía.

—Las murallas no solo impiden entrar —dijo Rodrigo—. También permiten vivir dentro.

Azucena tocó el broche de azucena que llevaba prendido en un abrigo verde.

Pensó en Pelayo, en su frase tajante y en la satisfacción que le había producido.

Pensó en Julián, que nunca la había encerrado de forma deliberada.

Ella había ido levantando la organización del matrimonio piedra a piedra hasta no saber salir sin derribar algo.

No dijo nada. Rodrigo parecía capaz de convertir cualquier confidencia en una visita dramatizada.

Comieron juntos. Él tenía una hija adolescente de una relación tardía y organizaba su vida para estar disponible dos tardes por semana. Había dejado el teatro para cuidar a su madre y se había quedado en la ciudad por elección, no por derrota.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó, señalando el cuaderno amarillo.

Azucena se lo mostró sin dejar que lo abriera.

—Hombres que no necesito y cosas que sí.

—¿En qué columna estoy?

—Todavía en gastos de manutención.

Rodrigo aceptó el veredicto con una reverencia.

Al volver a la camper, Azucena encontró un mensaje de Gonzalo.

Espero que todo vaya fenomenal. Una cosita: Lucía no localiza el modelo de briefing para lanzamientos con prescriptores.

La respuesta apareció en sus dedos antes de que pudiera pensar. Escribió la ruta completa, luego la borró. Lucía tenía el manual. Ella lo había creado precisamente para que aquel conocimiento dejara de vivir dentro de su cabeza.

Está documentado en el protocolo de continuidad, apartado cuatro , respondió.

Gonzalo tardó un minuto: Sí, pero sería más rápido si nos dices dónde.

Azucena guardó el móvil.

Se ocupó de la calefacción. Llamó a un servicio, describió el ruido y concertó una revisión para la siguiente parada compatible. Después preparó una sopa y dejó que Nala explorara el interior con la puerta cerrada.

Por la ventana veía la muralla iluminada. Era hermosa, sólida y útil. También terminaba en puertas.

Azucena se quitó el broche y lo dejó sobre la mesa, no como rendición, sino porque el abrigo ya estaba colgado.