Capítulo 12 · Asturias — Pelayo y el futuro inmediato
Asturias — Pelayo y el futuro inmediato
Pelayo le regaló un carbayón a los tres minutos de conocerla y un plan de vida antes de que terminara el segundo.
La pastelería estaba cerca del centro de Oviedo, junto al lugar donde Azucena se había refugiado de la lluvia.
Entró con Zuri solo hasta la zona permitida junto a la puerta, dispuesta a comprar algo y seguir.
El dueño, un hombre robusto de cincuenta y cinco años, bigote impecable y delantal blanco, vio la furgoneta verde agua por el escaparate.
—¿Es tuya?
—Y de mis ahorros, que todavía me lo recuerdan.
—Mi hermana tuvo una parecida. Nos fuimos a Bretaña. Bueno, ella se fue; yo la seguí con el coche porque me mareaba dentro.
Pelayo hablaba con una alegría contagiosa. Le dio un dulce «para evaluar la competencia» y salió a acariciar a Zuri. El perro lo adoró al instante, confirmando que su lealtad podía comprarse con hojaldre.
Azucena regresó por la tarde sin el perro y con hambre suficiente para evaluar más productos. Pelayo le sirvió café. A los veinte minutos conocía su ruta, su estado civil y el número de seguidores del perfil porque Marisa había publicado la llegada.
—Yo podría enseñarte la zona el fin de semana —dijo.
—El sábado salgo hacia Ávila.
—Quédate hasta el lunes. Cerramos el domingo por la tarde. Podríamos ir a la costa.
Pelayo era atractivo de una forma cálida: buenas manos, ojos claros, risa fácil. Azucena sintió simpatía y cierta curiosidad. Aceptó cenar.
Antes de la cena, él insistió en enseñarle el obrador cuando estuviera vacío.
Azucena se puso una redecilla sobre el pelo y contempló bandejas, mangas, moldes y máquinas que convertían el romanticismo pastelero en una industria de precisión.
Pelayo pesaba ingredientes con más rigor que Clara al calcular la pensión.
—Pensaba que improvisabais con amor —dijo ella.
—El amor no sube una masa si te equivocas con la temperatura.
Pelayo le dejó rellenar una pieza. Azucena apretó demasiado la manga y produjo una criatura de crema sin arquitectura reconocible.
—Es abstracta —declaró.
—Es abundante.
Se la comieron de pie. Pelayo le limpió con el pulgar una mancha del labio, gesto que habría resultado calculado si no llevara harina en una ceja. Azucena sintió deseo, un calor súbito y agradable. Por eso aceptó la cena con una expectativa que no confesó al cuaderno.
—La crema ya había entrado —dijo ella, sin apartar la cara—. Pero puedes repetir el gesto si necesitas practicar.
Pelayo sostuvo su mirada un instante. No repitió, y la contención le gustó casi tanto como le habría gustado lo contrario.
Después llamó a Marisa para pedirle opinión sobre dos collares. Su amiga eligió el de cuentas rojas y preguntó si debía esperar noticias indecentes.
—Como sigas así, no tendrás ninguna noticia.
—Perfecto. Me voy a acostar temprano con el teléfono a máximo volumen.
—Yo no prometo postre —dijo Azucena—, pero tampoco he cerrado la cocina.
Azucena se miró en el espejo. El vestido azul seguía su cuerpo sin pedir disculpas.
Se puso el collar rojo, el carmín y una pulsera sola para no anunciarse como una banda de percusión.
Estaba lista para pasar una noche estupenda.
Lo que no sabía era que Pelayo ya estaba preparando las siguientes veinte.
La cena fue estupenda hasta el postre. Pelayo eligió un restaurante, recomendó platos sin imponerse y le contó que era viudo desde hacía ocho años. Azucena habló de Samuel y del beso solo dentro de su cabeza.
—Con la camper podríamos hacer viajes cortos —dijo Pelayo mientras compartían arroz con leche—. Yo no conduzco vehículos grandes, pero tú sí. En octubre tengo una semana. Portugal está precioso.
Azucena dejó la cuchara.
—¿Podríamos?
—Si nos llevamos bien, claro. Y podrías volver por Navidad. Mi hija vive fuera y detesto cenar solo. Bueno, con tiempo ya veremos. No quiero asustarte.
Lo había conseguido a velocidad notable.
—Pelayo, mañana me voy a Ávila.
—El sábado, dijiste.
—Mañana es sábado.
—Por eso. El lunes sería mejor.
Azucena sintió que una parte de ella buscaba una salida amable. Otra recordó a Gonzalo y los límites envueltos en algodón.
—No quiero comprometerme.
La frase sonó demasiado solemne entre el arroz con leche y una familia que celebraba un cumpleaños en la mesa de al lado.
Pelayo parpadeó.
—Solo he hablado de un viaje.
—Has hablado de tres y de Navidad.
Él se pasó una mano por el bigote. No se enfadó. Pareció avergonzado.
—Me acelero.
—Un poco.
—Es que cuando encuentro a alguien con quien estoy bien, enseguida imagino cómo repetirlo.
Azucena comprendió el impulso. El suyo era el contrario: cuando algo le gustaba, comprobaba dónde estaba la puerta.
—He salido de Madrid para no saber qué haré la semana próxima —dijo—. No quiero que nadie me reserve diciembre.
Pelayo asintió despacio.
—Está bien. Aunque el carbayón no se devuelve.
Azucena sonrió.
—Ya no existe.
Terminaron la cena sin castigo. Pelayo le dio una caja de dulces para Marisa, pese a que ambos sabían que llegaría vacía a Madrid. Al despedirse le besó la mejilla.
—Si alguna vez quieres repetir sin planificar, sabes dónde estoy.
—Eso está mucho mejor.
En La Jubilosa, Azucena se quitó los pendientes y dejó el collar sobre la mesa.
La frase seguía resonando. Había sido verdad, pero también una alarma.
No quería comprometerse con Pelayo. No quería comprometerse con nadie.
Llevaba años asociando el amor a encargarse del dentista, las camisas, los cumpleaños de la familia política y el mantenimiento emocional de un hombre correcto.
Abrió el cuaderno.
Pelayo hace pasteles extraordinarios y calendarios demasiado deprisa.
Después añadió:
He dicho que no. El cielo no se ha caído y él no se ha convertido en un monstruo.
Por la mañana, Pelayo había dejado una bolsa colgada del retrovisor. Dentro había dos bollos y una nota: Para el trayecto. Sin fecha de devolución.