Azucena por orden alfabético Capítulo 11 · Almería — Samuel y la noche inmensa
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Capítulo 11 · Almería — Samuel y la noche inmensa

Almería — Samuel y la noche inmensa

La ciudad de Almería recibió a Azucena con viento lateral y una luz tan limpia que hasta las manchas de La Jubilosa parecían deliberadas.

Se instaló en un área tranquila y pasó la primera tarde ocupándose de lo práctico.

Llenó agua, vació depósitos, limpió el arenero, revisó ruedas y puso una lavadora en una lavandería donde el tiempo se medía en giros de sábanas ajenas.

El viaje, comprobó, contenía una cantidad sorprendente de tareas domésticas con mejores vistas.

Conoció a Samuel porque se le cayó un broche.

Era una pieza grande, dorada, con un círculo verde, y rodó bajo una mesa de la terraza donde Azucena cenaba. Samuel, que estaba solo en la mesa contigua, se agachó para recogerlo. Cuando se incorporó llevaba en la otra mano un libro sobre estrellas.

—Ha perdido usted un planeta —dijo.

—Solo el broche. El planeta lo perdí al decidir la ruta.

Samuel tenía treinta y cinco años, el pelo oscuro atravesado por una mecha gris prematura y la voz baja de quien no necesita competir con el ruido.

Trabajaba como técnico en un observatorio y dedicaba sus noches libres a mostrar el cielo con una asociación de aficionados.

Era casi treinta años menor que Azucena.

Ella hizo la resta sin escandalizarse: siempre le habían gustado más jóvenes y el universo acababa de tomarse la preferencia con entusiasmo astronómico.

—Mañana hacemos una observación —dijo—. No es una invitación misteriosa. Habrá doce personas, dos telescopios y chocolate caliente bastante malo.

—Agradezco la precisión.

—Evita decepciones.

Azucena se apuntó. Dejó a los animales seguros en La Jubilosa, con temperatura controlada y una ausencia limitada a unas horas.

Pasó demasiado tiempo eligiendo ropa para un lugar oscuro.

Al final se puso pantalón cómodo, jersey violeta, el broche planetario con el cierre reforzado y el carmín frambuesa que nadie apreciaría bajo una luz roja.

Durante el día, Samuel se acercó a la camper para comprobar el punto de encuentro.

Azucena estaba limpiando el depósito de agua y llevaba el pelo sujeto con dos horquillas incompatibles, gafas de ver naranjas y una camiseta vieja.

La diferencia entre aquella versión y la mujer del broche planetario le produjo un instante de incomodidad.

Samuel no pareció registrarla.

—Han cambiado la previsión de nubes —dijo, mostrando el teléfono—. Empezaremos media hora más tarde.

Nala apareció detrás de la mosquitera. Samuel se quedó quieto.

—Esa es la verdadera dueña del observatorio móvil, supongo.

—No la mires directamente. Interpreta la confianza como debilidad.

Él se sentó fuera mientras Azucena terminaba la tarea.

Hablaron del cielo visible y del invisible, pero también del precio del combustible y de una lavadora que Samuel tenía pendiente reparar.

Esa mezcla tranquilizó a Azucena. Un hombre capaz de señalar Saturno podía seguir posponiendo un electrodoméstico.

—¿Siempre llevas tantos colores? —preguntó él.

Azucena miró las horquillas, una verde y otra rosa.

—Hoy llevo pocos.

—Hoy pareces una caja de lápices después de una mudanza.

Ella se rio. Para la noche escogió el jersey violeta no para ocultar aquella versión, sino para continuarla.

Samuel sí lo apreció.

—El planeta sigue en órbita —dijo cuando la vio.

—He reforzado el cierre. No pienso perder dos mundos en la misma provincia.

La observación ocurrió lejos de la ciudad. Samuel explicó cómo acostumbrar los ojos a la oscuridad y por qué no debían usar luces blancas. Azucena miró por un telescopio, vio Saturno y se apartó de golpe.

—Parece falso.

—Es una crítica frecuente al universo.

Más tarde se alejaron unos pasos del grupo. El cielo no era negro, sino una profundidad llena de polvo luminoso. Azucena sintió el impulso de decir algo importante y no encontró nada que no sonara prestado.

—En Madrid nunca se ve esto.

—Está aunque no se vea.

—No empieces a convertirte en metáfora, Samuel.

—Trabajo con astrónomos. Tenemos prohibidas las metáforas después de medianoche.

Hablaron de trabajos largos y de vidas que se medían mal desde fuera. Samuel nunca se había casado. Había amado a dos mujeres y a un hombre en épocas distintas, explicó con naturalidad, y vivía ahora sin pareja.

—¿Y no buscas a nadie? —preguntó Azucena.

—No busco llaves cuando no las he perdido.

Ella sonrió. Le gustaba la serenidad de Samuel, pero también la forma en que la miraba. No como quien calcula una edad o una posibilidad, sino como si acabara de aparecer dentro de su campo de visión y mereciera ser observada.

Al volver junto a los coches, el resto se dispersó. Samuel se quedó con ella mientras esperaba el transporte que la devolvería al área.

—¿Puedo besarte? —preguntó.

Azucena pensó en decir una broma. Pensó en preguntar por qué. Pensó incluso en su aliento después del chocolate malo.

—Sí.

Samuel acercó una mano a su mejilla. El beso fue lento, adulto y más dulce de lo que ella había previsto. Azucena apoyó los dedos en su chaqueta y las pulseras tintinearon contra la cremallera.

Cuando se separaron, él no transformó el momento en una negociación.

—Gracias —dijo.

—Parece que te haya devuelto un bolígrafo.

—Era un buen beso. Intentaba no estropearlo comentándolo.

Se besaron otra vez.

Esta vez Azucena fue hacia él. Samuel apoyó una mano abierta en su cintura y ella sintió el calor de su cuerpo atravesar las dos chaquetas. El beso perdió dulzura y ganó hambre, sin prisa y sin torpeza. Cuando sus labios se soltaron, ella mantuvo los dedos prendidos de la cremallera.

—La segunda observación ha tenido mejor enfoque —murmuró.

Samuel sonrió contra su boca.

—Rigor científico.

Azucena regresó a La Jubilosa pasada la una. Nala la olfateó con suspicacia desde el altillo. Zuri movió la cola sin levantarse.

—No ha pasado nada escandaloso —les dijo—. Y aunque hubiera pasado, pagáis muy poco alquiler para opinar.

Por la mañana recibió un mensaje de Samuel: Que tengas buen cielo.

Ella contestó: Y tú buen chocolate, si eso existe.

Condujo hacia Asturias contenta. No culpable, no enamorada, no rejuvenecida. Tenía sesenta y cuatro años, los labios un poco secos y el recuerdo de unas manos en su cara.

El viaje acababa de hacerse más grande.