Capítulo 10 · Alicante — Vicente y el mar de las ocho
Alicante — Vicente y el mar de las ocho
Azucena había llevado cuatro bañadores y ninguna intención real de utilizarlos.
Los había comprado en distintos momentos de optimismo, convencida de que una prenda con frunces, tirantes cruzados o paneles estratégicos podía resolver una relación difícil con el verano. En Alicante los extendió sobre la cama de La Jubilosa. Nala eligió dormir encima del negro.
—Ese era el discreto.
La gata hundió las uñas.
Azucena se puso el azul turquesa. Frente al espejo estrecho vio sus pechos pesados, el vientre blando, las marcas de los tirantes y las piernas fuertes que llevaban décadas sosteniéndola sin recibir elogios.
Se cubrió con un caftán estampado, añadió gafas de sol grandes y un collar ligero de cuentas blancas.
Parecía dispuesta a asistir a una fiesta en una playa sin acercarse al agua.
A las ocho de la mañana el paseo estaba casi vacío. Sacó a Zuri y caminó cerca de la orilla. El perro se acercó al agua, retrocedió ante una ola pequeña y fingió que solo había ido a comprobar la temperatura.
—Mucho entusiasmo hasta que algo te moja —dijo una voz.
El hombre que hablaba salía del mar con un gorro naranja y unas gafas de natación en la frente. Tendría poco más de cincuenta años, hombros anchos, barriga suave y esa soltura de quien no piensa en su cuerpo porque está ocupado usándolo.
—Es prudente —respondió Azucena—. En Madrid las olas son menos traicioneras.
El hombre se llamaba Vicente, tenía cincuenta y tres años y daba clases de natación a adultos. Zuri aceptó sus caricias después de comprobar que no llevaba comida.
—¿Tú nadas? —preguntó Vicente.
—Floto con dignidad.
—Eso es la mitad del trabajo.
Azucena estuvo a punto de decir que no. Notó el caftán pegado a la piel por la brisa, el bañador debajo como una promesa demasiado pública.
—No llevo gorro.
—El Mediterráneo no te va a expulsar.
—No conoce mis normas.
Vicente entró de nuevo y caminó hasta que el agua le cubrió la cintura.
No la animó con gestos ni miró hacia atrás cada dos segundos.
Una mujer del grupo de natación, presentada por Vicente y sentada junto a la orilla, se ofreció a sostener la correa de Zuri.
Azucena comprobó que tuviera agua y sombra, pidió permiso al perro como si él presidiera una comisión y dejó el caftán sin alejarse más de lo necesario.
El aire tocó lugares que ella acostumbraba a ocultar incluso cuando nadie estaba mirando.
Avanzó.
El primer contacto le cortó la respiración. La segunda ola le mojó el vientre. Al llegar junto a Vicente, él solo dijo:
—Respira hacia fuera.
Azucena se impulsó. Nadó de forma torpe, con la cabeza demasiado alta. Vicente ajustó una indicación sin tocarla. A los pocos minutos, el peso de su cuerpo desapareció. No estaba siendo grande, mayor ni visible. Estaba siendo sostenida por agua.
Se rio y tragó un poco.
—No te rías al inspirar —dijo Vicente.
—No suelo necesitar instrucciones para eso.
Salió veinte minutos después con las piernas temblando y una felicidad infantil. Zuri la recibió como si hubiera regresado de una expedición polar. Vicente se sentó a distancia prudente mientras ella se envolvía en el caftán.
El resto del día su cuerpo le recordó el baño.
Tenía sal en el pelo, arena en lugares administrativamente improbables y una tensión agradable en los hombros.
Después de ducharse en La Jubilosa —una operación que exigía plegarse como una sombrilla—, dejó el bañador secando y se puso un vestido amplio amarillo.
Marisa llamó por vídeo.
—Te noto rara.
—He nadado.
—¿Voluntariamente?
—Con un hombre.
Marisa acercó tanto la cara a la cámara que solo quedaron visibles sus ojos.
—Empieza por ahí.
Azucena le contó lo ocurrido, omitiendo la manera en que Vicente había mirado el color del bañador. Marisa no necesitó el dato.
—Te gusta.
—Me ha caído bien.
—Has elegido pendientes para contarme que has nadado.
Azucena tocó los aros amarillos.
—Ya los llevaba.
Era mentira. Se los había puesto antes de contestar. Desde el divorcio, pocos hombres la habían visto en bañador y ninguno había conseguido que se sintiera observada sin sentirse evaluada. La diferencia era pequeña en palabras y enorme en el pecho.
A la mañana siguiente paseó con Zuri junto al agua.
Vio a mujeres de muchas edades entrando y saliendo del mar, cada una ocupada en su propia temperatura.
Nadie dirigía un comité sobre su vientre.
Azucena comprendió con cierta irritación que había pasado años imaginando un jurado que faltaba sistemáticamente a las sesiones.
—¿Siempre enseñas gratis a desconocidas? —preguntó.
—Solo a las que llevan collar para bañarse.
—Era parte del sistema de flotación.
Después del baño, desayunaron. Vicente se había separado hacía mucho y tenía dos hijas adultas. Daba clases por la mañana, cuidaba a su padre algunas tardes y cantaba en un coro que no quiso describir porque, según él, «la dignidad tiene límites».
Azucena se sintió atraída por su risa y por las gotas que le quedaban en los antebrazos. También sintió una incomodidad antigua cuando él la miró sin apartarse de las zonas que ella habría preferido editar.
—Te queda bien ese color —dijo Vicente, señalando el bañador bajo el caftán.
—Cubre lo necesario.
—No hablaba de lo que cubre.
Su mirada descendió sin prisa y volvió a los ojos de Azucena.
No había inventario ni disculpa: había deseo.
Ella dejó que el caftán se abriera un poco con la brisa.
El bañador mojado seguía pegado a sus pechos y al vientre, y por primera vez en mucho tiempo no sintió la urgencia de corregir la imagen.
Azucena bajó la vista al café. Luego levantó la barbilla.
—Gracias.
—Si sigues mirándome así, la próxima clase tendrá recargo —añadió.
—¿Por dificultad?
—Por distracción del profesor.
Se despidieron sin intercambiar promesas. Vicente tenía clase. Azucena necesitaba lavar toallas, comprar comida y sacar a Nala con arnés dentro del recinto seguro para que oliera el aire.
Al día siguiente volvió al mar a las ocho.
Había contratado por recomendación del área a una cuidadora canina que paseaba a Zuri por el sendero de la playa mientras ella nadaba; aun así, Azucena esperó a verlos cómodos, con agua y el teléfono de la mujer guardado en favoritos.
Aseguró sus cosas, se quitó el caftán sin mirar alrededor y caminó hacia el agua.
En el cuaderno escribió después: El bañador no tenía que arreglarme. Solo tenía que aguantar el cloro, aunque hoy haya sido sal.
Publicó una fotografía de sus pies mojados y las uñas celestes. Marisa comentó: ¿Quién te ha metido en el mar?
Azucena respondió: Yo.