Capítulo 9 · Albacete — Tomás y el filo bueno
Albacete — Tomás y el filo bueno
El desplazamiento de Álava a Albacete confirmó que el alfabeto no había sido diseñado por una persona que pagara combustible.
Azucena lo dijo en un vídeo corto mientras repostaba.
—Voy hacia el sur para volver al este y después subir a Asturias. Si alguien intenta venderos el orden alfabético como sistema de navegación, desconfiad.
Marisa respondió con una serie de aplausos. El perfil había superado los trescientos seguidores, muchos de ellos interesados en calcular rutas alternativas que Azucena no pensaba aceptar.
En Albacete, el cierre de uno de sus collares se partió mientras sacaba a Zuri. Las cuentas de madera cayeron al suelo y rodaron bajo La Jubilosa.
—Quieto —ordenó al perro.
Zuri entendió «come todo lo que puedas antes de que te detengan».
Azucena rescató las piezas, menos una que desapareció bajo una rueda. El collar no era valioso, pero lo había comprado con Marisa el verano del divorcio, cuando ambas decidieron que la tristeza mejoraba frente a un puesto de artesanía.
Una mujer del área le indicó un pequeño taller donde quizá podrían ayudarla. El rótulo decía TOMÁS LARA — CUCHILLERÍA Y AFILADO . Dentro, un hombre de cincuenta y un años examinaba unas tijeras con lupa.
—No vengo por un cuchillo —anunció Azucena.
—Entonces ha leído usted el cartel y ha decidido desafiarlo.
Tomás tenía el pelo gris muy corto, manos anchas y un humor tan seco que tardaba un segundo en detectarse. Azucena le mostró el cierre.
—Esto es bisutería —dijo él.
—Yo también, si nos ponemos exigentes, y funciono perfectamente.
—Habrá que comprobar el cierre.
—Con permiso y sin tirones, puede comprobar lo que quiera del collar.
Tomás levantó la vista. Sus ojos se arrugaron antes de que sonriera.
—Déjemelo.
Mientras él buscaba una anilla y ajustaba la pieza con unos alicates pequeños, hablaron. Tomás había heredado el oficio, aunque ahora reparaba casi tantas herramientas como fabricaba. Le gustaba devolver filo a objetos que otros daban por terminados.
Azucena recorrió el taller sin tocar. Había cuchillos de cocina, tijeras de podar y navajas sin adorno, hechas para durar. En una pared colgaban fotografías antiguas de hombres serios junto a bancos de trabajo.
—¿Todos familia? —preguntó.
—Mi abuelo, mi padre y dos oficiales. La seriedad venía incluida con el delantal.
—Tú te has rebelado.
—Sonrío una vez por trimestre.
Tomás le permitió observar cómo comprobaba el filo de una herramienta contra una tira de papel. No hubo aspaviento: la hoja atravesó el material con un sonido limpio.
—La gente cree que el peligro está en que corte mucho —explicó—. Una herramienta roma obliga a hacer fuerza y se escapa. El filo bueno trabaja sin pelea.
Azucena pensó en los últimos meses con Gonzalo, en la energía gastada para expresar cosas que cabían en un no. Antes de que la idea adquiriera forma de enseñanza, Tomás se pinchó un dedo con la anilla del collar y soltó una palabra poco filosófica.
—El filo bueno, ¿eh?
—Esto es bisutería rebelde.
Ella sacó una tirita del bolso. Tomás la miró mientras se la colocaba.
—Llevas de todo ahí.
—He sido secretaria de dirección en una agencia. Podría organizar una evacuación, un rodaje y el almuerzo del cliente con el contenido de este bolso.
—¿También un destornillador?
Azucena sacó uno pequeño, parte de su nuevo equipo para La Jubilosa. Tomás, derrotado, sonrió antes de que terminara el trimestre.
—Esa frase debe de funcionar muy bien con las clientas —dijo Azucena.
—Solo con las que traen un collar a una cuchillería.
Le devolvió la pieza reparada. Había sustituido el cierre por uno más firme y añadido una anilla discreta.
—¿Puedo? —preguntó Tomás, alzando el collar.
Azucena se volvió y apartó el pelo de la nuca. Los dedos de él cerraron la pieza con cuidado; un nudillo le rozó la piel y el contacto le bajó por la espalda como una cremallera lenta. Tomás tardó lo justo, sin aprovechar el gesto. Al girarse, quedaron más cerca de lo que exigía una reparación.
—Buen cierre —dijo ella—. Firme, pero sin apretar. Así sí me comprometo.
—¿Cuánto es?
—Un café.
—Eso no es una tarifa profesional.
—Depende del café.
Azucena aceptó. Se sentaron en una terraza donde Zuri recibió un cuenco de agua y, por parte del camarero, una advertencia preventiva sobre las tapas. Tomás preguntó por La Jubilosa. Cuando supo el itinerario, sacó del bolsillo un lápiz minúsculo y calculó distancias sobre una servilleta.
—No necesito una intervención —dijo Azucena.
—Yo tampoco necesito que la ruta tenga sentido. Solo quería medir el tamaño del disparate.
Ella se quitó las gafas de sol, unas de pasta blanca, y lo miró mejor.
Tomás no era guapo de una forma inmediata.
Tenía la nariz ligeramente torcida y una cicatriz en la barbilla.
Sin embargo, había algo atractivo en la precisión con que escuchaba, como si cada frase fuese una hoja que comprobaba antes de guardarla.
—¿Está casado? —preguntó Azucena.
—No.
—¿Divorciado?
—Dos veces. Tengo talento para detectar tarde los errores de diseño.
—Yo solo una. Debí de ser más eficiente.
Tomás rio. Después se quedaron mirándose medio segundo más de lo necesario.
No ocurrió nada. Y ocurrió algo: Azucena recordó que podía gustarle a un hombre sin que aquello tuviera que convertirse en un proyecto.
Antes de despedirse, Tomás rozó el collar ya reparado con un dedo.
—No tire de aquí. El cierre es bueno, pero el hilo tiene años.
—Como yo.
—Usted no parece de las que se dejan colgar todo el peso del mismo hilo.
Azucena notó calor en las mejillas. Se puso las gafas de sol aunque estaban bajo un toldo.
—El café no daba derecho a una observación personal.
—Se la regalo.
Volvió a La Jubilosa con el collar puesto. Esa tarde anotó el gasto como cero euros y, en observaciones, escribió: El filo bueno no corta por presumir. Tomás tampoco.
Marisa la llamó.
—¿Quién es el hombre del fondo de tu foto?
—Un cuchillero.
—Azucena, no puedes responder eso y esperar que no haga preguntas.
—Me ha arreglado el collar.
—¿Y te lo ha quitado primero con los dientes?
Azucena colgó, riendo. Nala, desde el altillo, la miró con una desaprobación tan perfecta que recordó a Gonzalo, aunque la gata tenía más motivos para creerse superior.