Azucena por orden alfabético Capítulo 8 · Álava — Iker y el anillo verde
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Capítulo 8 · Álava — Iker y el anillo verde

Álava — Iker y el anillo verde

La puerta lateral empezó a protestar en las proximidades de Vitoria-Gasteiz.

No era el clonc conocido. Era un traqueteo fino, insistente, como una cucharilla olvidada dentro de una taza. Azucena paró en un lugar seguro, comprobó el cierre y llamó a Raúl.

—Es el carácter —dijo él.

—Voy a llevar el carácter a un taller y enviarte la factura espiritual.

La cita disponible era al día siguiente. Azucena pasó la mañana caminando con Zuri por uno de los parques que rodeaban la ciudad. Nala se había quedado en La Jubilosa, cerrada y ventilada, con el monitor de temperatura enviando datos al móvil. Azucena consultaba la aplicación cada seis minutos.

—Si sigues mirando la pantalla, te vas a caer —dijo un hombre que podaba un seto bajo.

Llevaba guantes verdes, una sudadera con el nombre de una asociación vecinal y una barba corta salpicada de gris. Azucena miró alrededor para comprobar que le hablaba a ella.

—Vigilo a mi gata.

—Ah. Entonces te caerás por una buena causa.

Zuri se acercó al hombre y olfateó los guantes. Él se los quitó antes de acariciarlo.

—Iker —se presentó—. Jardinero municipal y voluntario sin remedio.

—Azucena. Jubilada sin diagnóstico definitivo.

Iker tenía cincuenta y dos años y conocía cada árbol del parque con la intimidad de quien conocía también sus enfermedades. Caminó con ella un tramo. No enumeró especies: se detenía a tocar una corteza, a recoger un trozo de plástico, a saludar por su nombre a una mujer que corría.

—¿No te aburres? —preguntó Azucena cuando él le contó que vivía solo desde que había enviudado.

Iker tardó en contestar.

—Sí. Algunos días. El aburrimiento no es una fuga de gas; no hace falta evacuar la casa en cuanto aparece.

Azucena se rio.

—Yo limpié detrás del frigorífico.

—Eso ya indica intoxicación grave.

Tomaron un café en un quiosco. Iker habló de su mujer sin bajar la voz ni convertirla en una estatua. Había muerto cinco años antes. Él seguía echándola de menos y también disfrutaba de cosas que no habían compartido. Ambas realidades parecían caberle dentro sin empujarse.

El paseo continuó bajo árboles que filtraban una llovizna mínima. Iker recogió una rama caída del sendero y la apartó. No tenía prisa por alcanzar ningún punto. Azucena, acostumbrada a medir los paseos por pasos, kilómetros o deposiciones caninas, consultó el reloj.

—¿Tienes que irte? —preguntó él.

—No.

—Entonces el reloj solo quería atención.

Azucena bajó la manga para cubrirlo. Zuri se quedó olfateando la base de un árbol durante tanto tiempo que ella empezó a impacientarse. Iker esperó. Luego descubrieron en el tronco unas marcas y, más arriba, un pájaro que Azucena no supo nombrar.

—No hace falta saber cómo se llama para mirarlo —dijo Iker.

—Eso lo dices porque tú sí lo sabes.

—No tengo ni idea.

Se rieron. Al mediodía, Azucena regresó a comprobar a Nala, comer algo y responder mensajes. Marisa quería saber si Álava «tenía hombre». Azucena envió una fotografía de un banco vacío.

Tiene sitio , escribió.

La respuesta de Marisa llegó enseguida: Eso es preocupantemente poético. Come hidratos.

Azucena preparó pasta en la cocina mínima.

El vapor empañó sus gafas y Nala aprovechó para intentar inspeccionar el plato.

La rutina de atender a los dos animales, fregar y ventilar el espacio le devolvió el viaje a su tamaño real.

La serenidad de Iker no iba a instalarse por arte de magia.

Era solo una forma posible de estar en una mañana.

Azucena jugueteó con una pulsera de cristal. Había elegido una chaqueta morada y pendientes color mostaza; junto a la ropa terrosa de Iker parecía una flor abierta por error en noviembre.

—Me fui porque no soportaba no tener nada que hacer —admitió.

—Y ahora tienes que llegar a cincuenta sitios.

—Cuarenta y nueve. Madrid está tachada.

—Mucho mejor. El aburrimiento no tendrá ninguna oportunidad.

No lo dijo con burla, pero Azucena sintió que había visto el mecanismo. Cambió de tema y le contó lo del taller.

Iker la acompañó por la tarde. El problema era una guía floja, fácil de ajustar. Azucena observó cada paso y pidió que le enseñaran cómo comprobarla. Pagó y anotó el gasto.

Mientras esperaban, Iker examinó el interior todavía sin pegatinas y una fotografía de la primera parada que Marisa había obligado a Azucena a imprimir. Ella le mostró también el cuaderno amarillo.

—No puedes leerlo.

—No lo había pedido.

—La gente lo pide con la mirada.

Iker leyó solo el título de la portada.

—Parece bien equilibrado.

—Todavía ganan las cosas que sí. Sobre todo por el combustible.

Azucena añadió el importe del taller, la fecha y una nota para revisar la guía cada cierto tiempo. Iker sacó una bolsita de semillas de caléndula y la dejó sobre el cuaderno.

—Si las semillas pasan demasiado tiempo ahí, quizá no sirvan.

—No he prometido plantarlas.

—Ni ellas crecer. Eso facilita la relación.

—Las relaciones sin exigencias siempre empiezan pareciendo muy cómodas —dijo Azucena—. Luego una descubre quién sabe regar y quién solo presume de maceta.

Iker soltó una carcajada y levantó las manos, como si acabaran de acusarlo de un delito botánico.

Azucena guardó el bolígrafo. Aquella falta de exigencia le resultaba agradable y, al mismo tiempo, peligrosa.

Podía imaginarse regresando a caminar con Iker otra mañana, sin ruido y sin horarios.

Decidió no convertir la imaginación en una reserva.

Aún tenía cuarenta y ocho nombres por delante y una puerta que acababan de reparar.

—Podías haber llamado a asistencia —dijo Iker.

—Podía. Pero esto lo puedo mirar yo la próxima vez.

—Eso también es asistencia. Solo que para la Azucena futura.

Cenaron temprano. No hubo chispa, si por chispa se entendía el deseo de tocarlo. Hubo algo más silencioso: la sensación de que Iker no necesitaba que ella estuviera triste para cuidarla ni alegre para entretenerlo.

Al despedirse, él señaló la bolsita de semillas de caléndula.

—No tengo jardín —dijo Azucena.

—Yo tampoco te he dicho que las plantes. A veces las semillas pueden viajar.

Guardó la bolsa en el cuaderno, donde dejó una pequeña mancha de tierra.

A la mañana siguiente, La Jubilosa arrancó sin traqueteos. Antes de salir, Azucena caminó con Zuri bajo unos árboles altos. La calma no se parecía al vacío que había sentido en casa. Tenía sonidos, frío en las mejillas y tiempo suficiente para mirar.

Llevaba diez minutos sin mirar el monitor de Nala. Volvió deprisa: la gata dormía donde debía.