Azucena por orden alfabético Capítulo 7 · A Coruña — Antón y la primera letra
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Capítulo 7 · A Coruña — Antón y la primera letra

A Coruña — Antón y la primera letra

Cuando Azucena llegó a A Coruña, había aprendido tres cosas: que La Jubilosa consumía más de lo prometido, que Zuri podía dormir durante cuatrocientos kilómetros y exigir atención inmediata al detenerse, y que Nala prefería viajar si sonaba una emisora de música clásica.

También había descubierto que conducir sola muchas horas dejaba la cabeza demasiado libre. Recordó conversaciones de hacía veinte años, inventó respuestas mejores para todas y terminó discutiendo en voz alta con Julián sobre un lavavajillas que ya no poseían.

—Esto no es saludable —dijo.

Nala abrió un ojo desde el transportín.

Se instaló en un área autorizada, hizo las comprobaciones y sacó primero a Zuri.

El viento traía olor a sal y la amenaza de convertir su pelo caoba en una escultura.

Azucena se ajustó un pañuelo amarillo al cuello y eligió unas gafas de sol negras, aunque el cielo parecía incapaz de producir una sombra.

El incidente de la empanada ocurrió antes de que viera el mar.

Un hombre de pelo oscuro salpicado de canas estaba fotografiando unas barcas cuando Zuri detectó una bolsa de papel sobre un banco.

Tiró del arnés con una fuerza que no había demostrado durante ninguno de sus paseos madrileños.

Azucena alcanzó a sujetarlo, pero el hocico entró en la bolsa y salió con un triángulo de empanada.

—¡Zuri!

El perro tragó con la velocidad de quien destruye pruebas.

—Espero que le guste el bonito —dijo el hombre.

—Le gusta la comida ajena. Es una preferencia ética, no gastronómica.

—Y meter el hocico donde no lo llaman.

—En eso somos distintos —dijo Azucena—. Yo primero compruebo si merece la pena.

Azucena abrió el bolso para pagar la porción. El hombre levantó una mano.

—Déjelo. Ha sido la crítica más sincera que he visto hoy.

Se llamaba Antón, tenía cincuenta y cuatro años y trabajaba en una imprenta; fotografiaba la costa siempre que podía. No parecía un fotógrafo marino de calendario: llevaba una chaqueta remendada, las botas manchadas y una cámara envuelta en una funda de plástico casera.

—¿Primera vez en Coruña? —preguntó.

—Primera letra.

Azucena le explicó la ruta. Antón escuchó sin buscar el fallo hasta que ella llegó a Álava.

—Vas a gastar una fortuna en combustible.

—Eso lo dicen también mis ciento doce supervisores de internet.

—¿Tienes ciento doce seguidores?

—Ciento diecinueve esta mañana. No sé qué quieren de mí.

—Probablemente que llegues a la B.

Antón le mostró un lugar donde podía pasear con Zuri sin acercarse al tráfico y le recomendó levantarse temprano si quería ver la Torre de Hércules con otra luz. No insistió en acompañarla. Eso hizo que Azucena aceptara cuando él lo propuso al despedirse.

Antes del paseo del amanecer, Antón pasó por La Jubilosa para llevarle una porción de empanada «legal».

Azucena le presentó a Nala sin sacarla. Abrió la mosquitera interior mientras la gata permanecía libre de retirarse.

Antón se agachó a distancia y no hizo ruidos con la lengua, no extendió una mano y no declaró que todos los gatos lo adoraban.

Nala lo observó desde el banco durante casi un minuto.

—Eso es muchísimo —dijo Azucena.

—¿El qué?

—Seguir en la habitación contigo.

Antón levantó la cámara, pero pidió permiso antes de fotografiarla. La gata giró la cabeza en el instante preciso, regalándole un perfil imperial.

—Tiene práctica —dijo él.

—Vive conmigo. Sabe que una siempre debe localizar el objetivo y negarle lo que quiere.

Compartieron la empanada en el banco, con Zuri al otro lado de una barrera y bajo vigilancia absoluta. Antón habló de su imprenta, de los colores que nunca salían igual en papel y en pantalla. Azucena le enseñó el broche de Marisa.

—Una azucena para Azucena —dijo él.

—Mi amiga no es sutil.

—A veces la sutileza es una manera de no decir las cosas.

Aquello habría sonado pretencioso en otra boca. Antón lo dijo limpiando una miga del pantalón, sin reclamar que Azucena guardara la frase.

A las siete de la mañana siguiente, el faro se recortaba contra un cielo azul grisáceo.

Zuri avanzaba con el arnés, entusiasmado por olores históricos que no compartía.

Antón fotografió el agua. Azucena, que se había puesto carmín frambuesa pese a la hora y unos pendientes dorados ligeros, apoyó una mano en la barandilla.

—Marisa dice que tengo que hacer fotos —comentó—. Si no, el viaje no existe.

—Existe mejor antes de hacerlas.

Antón bajó la cámara. Le señaló cómo la luz tocaba las piedras, luego una mancha blanca que se hundía en el agua. Hablaron poco. La ausencia de conversación no era incómoda; era como sentarse junto a alguien que sabía dejar una silla vacía entre los dos.

Más tarde desayunaron café y tortilla. Antón estaba divorciado desde hacía siete años y tenía un hijo en Vigo con quien discutía por la frecuencia de las llamadas. Azucena le contó lo justo: Julián, el trabajo, la jubilación. Omitió el aburrimiento. Todavía le parecía un fallo de carácter.

—¿Y qué buscas? —preguntó él.

—La siguiente provincia.

Antón rio sin pedir una respuesta más profunda.

Antes de marcharse le hizo una fotografía. Azucena no posó. Estaba agachada colocando el cuenco de agua de Zuri, con el pañuelo torcido, el pelo revuelto por el viento y las pulseras resbalándole hacia el codo.

—Esa no —protestó al verla.

—Esa sí.

En la imagen parecía ocupada, sólida, presente. No escondía la curva de la espalda ni levantaba la barbilla para disimular el cuello. Azucena amplió la foto y sintió una emoción extraña, pequeña y molesta.

Antón se la envió y se despidió con dos besos.

El segundo quedó un instante más cerca de la comisura de los labios. La barba le rozó la piel y Azucena no retrocedió; tampoco convirtió aquel cosquilleo en una promesa. Se limitó a mirarlo por encima de las gafas.

—Buena puntería para alguien que vive detrás de una cámara.

—Buen viaje, primera letra.

No pidió su número. No sugirió que se quedara. Caminó hacia el paseo marítimo con su cámara a la espalda.

Esa noche Azucena abrió el cuaderno amarillo. Hasta entonces solo contenía gastos, kilómetros y una lista de adaptadores que debía comprar. En una página nueva escribió:

Antón. No trató de impresionarme. Me enseñó una luz que ya estaba allí.

Debajo dibujó una empanada y un perro con expresión criminal.

Marisa publicó la foto. El perfil ganó cuarenta seguidores y un comentario: Ojalá llegar a esa edad con esas ganas. Azucena respondió: He llegado así a esta mañana. Lo de mañana está por ver.