Capítulo 6 · La Jubilosa
La Jubilosa
La Jubilosa tenía nueve años, ciento cuarenta mil kilómetros y un ruido en la puerta lateral que el vendedor describió como «carácter».
—Eso es una holgura —dijo Azucena.
—Una holgura con carácter.
El vendedor, un profesor de educación física llamado Raúl, había viajado con ella por Europa y parecía afectado por la separación.
Azucena llevó a un mecánico independiente, hizo revisar instalación eléctrica, gas, humedades, frenos y bajos, y negoció con la serenidad de quien había pasado décadas detectando importes mal aplicados.
—No puedo bajar tanto —dijo Raúl.
Azucena señaló la puerta.
La puerta hizo clonc .
—Puedo bajar un poco —admitió él.
Vendió su coche y completó el resto con ahorros. El día de la transferencia tuvo que sentarse. Era la compra más importante que hacía sola desde el divorcio y no había nadie a quien preguntar si le parecía bien.
Eso resultó aterrador durante diez segundos. Después resultó delicioso.
Pasó un mes adaptándola. Instaló una barrera interior, mosquiteras resistentes y cierres de seguridad.
El arenero ventilado quedó bajo el banco.
Nala tendría un transportín rígido anclado durante la marcha, varios refugios y un arnés que consideraba una ofensa personal.
Zuri viajaría con arnés homologado. Azucena pegó una lista junto al volante: ventanas, gas, armarios, agua, animales.
No iba a improvisar con la seguridad de quienes dependían de ella. Para todo lo demás había comprado un mapa.
La adaptación empezó mucho antes de dormir fuera.
Durante una semana, Azucena estacionó La Jubilosa frente a casa y subió con los animales sin arrancar.
Zuri aceptó el lugar después de localizar la caja de premios.
Nala necesitó cuatro visitas para bajar del transportín y otras tres para recorrer el pasillo con el cuerpo pegado al suelo.
Azucena no tiró del arnés ni intentó animarla con esa voz aguda que hasta ella encontraba irritante. Se sentó a leer y esperó.
El primer día que encendió el motor, Nala emitió un maullido grave que parecía proceder de una maldición familiar.
Azucena avanzó solo dos calles, aparcó y regresó a casa.
Repitió la operación aumentando el recorrido, con música clásica y una manta impregnada de olores conocidos.
La doctora Salcedo revisó el sistema una última vez.
—¿Y tú? —preguntó la veterinaria—. ¿Te estás adaptando?
—Yo no maúllo, pero tengo momentos.
También ensayó sola. Aprendió a nivelar la furgoneta, cambiar una bombona, desplegar el toldo sin convertirlo en vela y vaciar depósitos sin salpicar unas zapatillas que nunca recuperaron la dignidad.
Marisa acudió una tarde y la encontró tumbada bajo el fregadero, con unas gafas de lectura rosas y una linterna entre los dientes.
—¿Necesitas ayuda?
Azucena sacó la linterna.
—Necesito que no hagas fotografías.
Marisa hizo una fotografía.
La primera noche de prueba la pasó en un área a treinta kilómetros de Madrid. Marisa fue detrás en su coche «por si la libertad necesitaba una batería auxiliar».
Nala permaneció cuarenta y siete minutos dentro del transportín abierto antes de decidir que el altillo era aceptable.
Zuri olfateó cada centímetro y luego intentó cenar del cuenco de la gata.
Azucena se golpeó la cabeza con un armario, derramó medio depósito de agua al conectar mal una manguera y descubrió que la ducha mínima permitía lavarse el pelo o conservar intactos los codos, pero no ambas cosas.
—Puedes volver a casa —dijo Marisa desde el banco, comiendo tortilla.
—Ni hablar.
—Lo decía para comprobar.
Aquella noche el colchón era más duro de lo previsto y la calefacción se encendió con un bufido que provocó que Nala aterrizara sobre su estómago.
A las tres, Zuri pidió salir. Azucena se puso unas gafas equivocadas, una chaqueta encima del pijama y caminó bajo un cielo sin edificios.
El perro hizo lo necesario y después se quedó quieto, oliendo la oscuridad.
Azucena también se detuvo.
No había tráfico. No había ascensor. No había una mesa llena de documentos esperando al día siguiente. Solo aire frío, un vehículo verde agua y el lomo blanco de Zuri recortado por la luna.
Por la mañana hizo café en la cocina diminuta. Le supo ligeramente a gas, sueño y victoria.
—¿Conclusión? —preguntó Marisa.
—Necesito una almohada mejor.
La salida definitiva fue el tres de septiembre.
Azucena había elegido una túnica azul cobalto, pantalón cómodo, zapatillas y pendientes amarillos.
En la muñeca llevaba demasiadas pulseras para conducir; se quitó cuatro y dejó otras seis.
Entre ellas conservó una tira roja deshilachada que nunca combinaba con nada y, por eso mismo, combinaba con todo.
El broche de azucena prendía en una bolsa al alcance de la mano, para no perforar el cinturón.
El cuaderno amarillo esperaba en la guantera.
Marisa grabó el momento desde la acera.
—Di algo a tus seguidores.
—¿Cuántos son?
—Ciento doce.
—¿Por qué?
—La gente quiere saber si llegarás a Álava después de A Coruña sin entrar por error en Portugal.
Azucena se puso unas gafas de sol enormes de montura roja.
—Diles que no garantizo nada.
Comprobó los anclajes. Nala estaba segura en su transportín, ofendida pero tranquila. Zuri se acomodó detrás con el arnés puesto. Agua, gas, claraboyas, armarios. Todo cerrado.
—Llámame al llegar —dijo Marisa, y esta vez no sonó bromista.
Azucena asomó la mano por la ventanilla.
—Y tú llámame si Gonzalo pregunta por una carpeta. Quiero disfrutar de no contestarle.
Arrancó. La Jubilosa hizo el clonc de la puerta, un carraspeo del motor y se incorporó a la calle con dignidad suficiente.
En la primera rotonda Azucena tomó la salida equivocada.
Marisa, que aún la seguía con la cámara, se echó a reír.
Azucena dio una vuelta completa y volvió a pasar frente a ella. Bajó la ventanilla.
—¡Es por orden alfabético, no por orientación espacial!
La segunda vez acertó.