Capítulo 5 · Una idea poco geográfica
Una idea poco geográfica
El atlas pasó dos días en la mesa antes de que Azucena lo abriera.
No fue miedo, se dijo. Fue prudencia. Los mapas antiguos tenían algo de caja de bombones: una empezaba mirando y terminaba en un puerto lejano preguntándose por qué no había llevado una chaqueta.
El jueves por la mañana extendió el libro junto al café. Zuri apoyó el hocico en una esquina. Nala se instaló justo sobre Castilla-La Mancha, invalidando varias rutas posibles.
Azucena empezó a escribir nombres en el reverso de una factura. A Coruña. Álava. Albacete. Alicante. Almería. Había algo tranquilizador en el orden alfabético. No preguntaba qué lugar era más bonito, más próximo o más sensato. Solo decía cuál iba después.
Cuando llegó a Barcelona, ya había olvidado el café. Cuando alcanzó Madrid, se detuvo.
Madrid era el sofá, la farmacia, la mancha del techo del baño que debía pintar. No podía ser una parada. Era el lugar desde el que se marchaba y, si todo salía bien, el lugar al que volvería.
Tachó Madrid con una línea.
La lista terminó en Zaragoza. Cincuenta provincias contando la que acababa de excluir temporalmente.
Cincuenta capitales. Un itinerario tan inútil que para ir de A Coruña a Álava debía cruzar media cornisa, bajar luego hasta Albacete, regresar al Mediterráneo y después subir otra vez al norte. A Azucena le pareció perfecto.
Llamó a Marisa.
—Voy a recorrer España.
—¿Hoy? Tengo podóloga a las doce.
—No hoy. Todas las provincias. Por orden alfabético.
Hubo un silencio.
—¿Has bebido?
—Son las nueve y media.
—No era una respuesta.
Marisa llegó una hora después con churros y una carpeta. A la mitad de la explicación ya había asumido que la idea era real; a los diez minutos estaba buscando opciones de vehículos; a los veinte, discutía si Ceuta y Melilla debían incorporarse.
—No son provincias —dijo Azucena.
—Pero tienen derecho a tus pendientes.
—En otra ruta.
—¿Y vas a ir sola?
Azucena miró a Nala y Zuri.
—Mal acompañada, como ves.
La logística rebajó el entusiasmo a una temperatura útil.
No podía saltar de hotel en hotel con una gata y un perro.
Necesitaba un vehículo adaptado, ferris con camarotes aptos para animales cuando llegaran las islas, paradas razonables y dinero.
Mucho menos del que costaba comprar otra casa, pero más del que costaba seguir limpiando detrás de los electrodomésticos.
—Vende el coche —propuso Marisa—. Y usa una parte de los ahorros. Los ahorros no son figuritas decorativas.
—También sirven para que no me dé un infarto cuando se rompe la caldera.
—Reserva una parte para la caldera y deja que el resto vea mundo.
Azucena abrió una libreta corriente. Marisa la cerró.
—No. Un viaje absurdo merece papelería específica.
Dos días después regresó con un cuaderno de tapas amarillas. En la portada había pegado letras negras que decían: HOMbrES QUE NO NECESITO Y COSAS QUE SÍ .
—Lo importante está después de la «y» —aclaró Marisa.
—Lo importante habría sido no poner la primera parte.
—Sin la primera parte parece una lista de ferretería.
Azucena abrió el cuaderno. Marisa había añadido en la contraportada un bolsillo de papel para billetes, hojas o recibos.
—Esto sí es útil.
—Ves. Ya ha empezado la sección de cosas que sí.
—¿Qué hombres? —preguntó Azucena.
—Ninguno, de momento. Es una categoría abierta.
—Abierta, pero no indiscriminada. A mí me gustan más jóvenes.
—Define «más jóvenes».
—Entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco. Y si aparece alguno de treinta y pocos con buenas manos, no voy a cometer la grosería de pedirle el certificado de antigüedad.
—Es un viaje cultural muy específico.
—La cultura entra mejor cuando una está receptiva.
—Tengo sesenta y cuatro años, Marisa, no estoy organizando un viaje de fin de curso.
—Precisamente. A nuestra edad ya sabemos que los hombres son parte del paisaje, no el transporte público.
Azucena fingió indignación, pero guardó el cuaderno. En la primera página escribió la lista completa. En la segunda, un presupuesto. En la tercera, las necesidades de Nala y Zuri. El título de la portada le parecía ridículo y, por algún motivo, reconfortante.
Marisa también creó, sin pedir permiso, un perfil en una red social.
—Se llama «Azucena por orden alfabético».
—Bórralo.
—Ya tiene diecisiete seguidores.
—¿Quiénes?
—Yo, mis dos hijas, Ricardo de tu oficina y trece personas que no conozco.
—¿Cómo sabe Ricardo…?
—Hay una foto tuya el día de la jubilación. Estás monísima.
Azucena le arrebató el teléfono. En la imagen aparecía con el vestido coral, el broche blanco y una copa en alto. Marisa había añadido: Después de cuarenta y cuatro años trabajando, mi amiga va a recorrer las provincias españolas por orden alfabético. Porque cerca estaba demasiado fácil.
La publicación tenía nueve corazones.
—De acuerdo. Déjalo, pero antes de publicar una foto mía me la enseñas.
—Trato hecho.
—No pienso convertirme en una de esas personas que fotografían la comida desde arriba.
—Puedes fotografiarla de lado.
Durante las semanas siguientes, la idea se hizo resistente. Azucena pidió información, visitó concesionarios, calculó kilómetros y acudió al veterinario. La doctora Salcedo revisó vacunas, microchips, prevención de parásitos, transportines y adaptación gradual.
—Una gata no es una mochila —advirtió.
—Nala tampoco me permitiría confundirla con una.
Comenzó a mirar furgonetas camper. Algunas parecían quirófanos con ruedas.
Otras olían a humedad, aventura y decisiones financieras dudosas.
Azucena no quería lujo. Quería una cama que no hubiera que montar cada noche, una cocina pequeña, ducha, buena ventilación y lugares seguros para que Nala se escondiera sin desaparecer dentro de la carrocería.
Encontró el anuncio un domingo: camper verde agua, segunda mano, placa solar, calefacción, banco corrido y muchos kilómetros, aunque menos que ella. El propietario la llamaba La Pepita.
Antes de verla, preparó una lista de comprobación de cuatro páginas. Marisa la acompañó a la primera visita y leyó los apartados mientras Raúl abría armarios.
—«Olores incompatibles con una compra sensata» —leyó Marisa.
—Humedad, gas, desagües.
—«Número de enchufes para una mujer moderna».
—Eso es literal.
Raúl las observaba con una paciencia que incrementó la confianza de Azucena. La furgoneta no era espaciosa. Si Marisa abría el frigorífico, Azucena tenía que sentarse. Pero la cama quedaba hecha, entraba luz y bajo el banco había un hueco que podía convertirse en el refugio ventilado de Nala.
Azucena se sentó al volante. El asiento estaba alto. Desde allí el tráfico dejó de parecer una corriente que debía soportar y se convirtió en algo a lo que podía incorporarse. Puso ambas manos en el aro. Sus pulseras chocaron con el plástico.
—Te gusta —dijo Marisa.
—Todavía no sé si está bien.
—No he dicho que esté bien. He dicho que te gusta.
Azucena no respondió. Miró por el parabrisas y, durante un instante, vio una carretera sin saber qué había al final. Eso fue lo que más miedo le dio. También lo que la hizo llamar al mecánico.
Al regresar a casa, Azucena amplió las fotografías. En una de ellas, la luz hacía brillar la pintura como el cristal de una botella antigua.
—No eres una Pepita —murmuró.
En su cabeza, el nuevo nombre apareció entero.