Azucena por orden alfabético Capítulo 4 · Los días sin nombre
6%

Capítulo 4 · Los días sin nombre

Los días sin nombre

El primer lunes de su jubilación, Azucena se despertó a las seis y veintinueve sin ayuda de ningún aparato.

Su cuerpo, traidor y sindicalizado con la empresa, se negó a aceptar el cambio de convenio.

Permaneció tumbada escuchando la respiración de Zuri al pie de la cama.

Nala ocupaba la almohada que antes había pertenecido a Julián y que, después del divorcio, la gata había incorporado a su patrimonio.

A las seis y cuarenta y cinco Azucena se levantó, preparó café y sintió una felicidad limpia al pensar que Gonzalo ya estaría enviando el primer mensaje del día a alguien que no era ella.

Desayunó despacio. Sacó a Zuri durante una hora. Compró pan, habló con la frutera, eligió unos pendientes de cuentas naranjas aunque no iba a ninguna parte y regresó a casa antes de las diez.

Le quedaba el día entero.

La primera semana fue deliciosa. Durmió siesta. Ordenó fotografías. Fue al cine en una sesión de las cinco donde había cuatro espectadores y ninguno comió nachos. Comió con Marisa un miércoles y sintió el placer casi clandestino de no mirar el reloj.

La segunda semana acometió los armarios.

Descubrió seis paraguas, diecinueve pañuelos y una bolsa con cables pertenecientes a aparatos que ya no existían. Se probó vestidos delante del espejo y organizó los collares por colores. Nala observó el proceso desde la cama con la expresión de quien presencia el derrumbe de una civilización.

—Este lo compré en Lisboa —le explicó Azucena, sosteniendo un collar azul—. Tu padre decía que parecía un salvavidas.

Nala bostezó.

—No era tu padre, naturalmente. Era una figura retórica. Y tampoco fue un comentario cariñoso.

Julián nunca había entendido los accesorios. No los criticaba de forma abierta; preguntaba si no eran «demasiado» para ir a cenar, al supermercado o a una boda. Con el tiempo, Azucena había comprendido que demasiado era una palabra que solía significar visible.

En la tercera semana limpió detrás del frigorífico.

Aquello encendió todas las alarmas.

—Tienes que buscarte algo —dijo Marisa por videollamada.

Azucena colocó el teléfono contra el azucarero. Llevaba una camiseta fucsia, el pelo caoba recién lavado y ningún pintalabios, lo que daba a la conversación una intimidad médica.

—Tengo cosas.

—Has mandado una foto del polvo del motor del frigorífico a las ocho de la mañana.

—Era impresionante.

—Era una petición de auxilio.

Azucena hizo una mueca. Desde que no trabajaba, los días se habían vuelto difíciles de distinguir. El sábado ya no poseía ningún brillo propio. El domingo no anunciaba amenaza. El martes podía ser jueves sin consecuencias.

—Podría apuntarme a pilates.

—No quieres hacer pilates.

—No sé si quiero. Nunca lo he probado.

—Te apuntaste hace cinco años y huiste durante la clase de prueba porque la monitora dijo «conectamos con nuestro centro».

—No encontré el mío.

Probó otras cosas. Asistió a una charla sobre huertos urbanos y regresó con la certeza de que las plantas merecían una dueña mejor.

Se matriculó en un taller de acuarela, donde produjo tres frutas que parecían órganos internos.

Fue dos veces a caminar con un grupo del barrio, pero una mujer llamada Paqui convertía cada paseo en un parte clínico y otra vendía suplementos nutricionales.

Una mañana decidió ir sola a desayunar al café donde solía entrar los sábados. A las diez había mesas libres y el camarero le preguntó si estaba de vacaciones.

—Estoy jubilada.

Lo dijo en voz baja, como si confesara que había salido sin pagar de otro sitio.

—Qué bien se vive —respondió él, un muchacho de no más de veinticinco años.

Azucena estuvo a punto de explicarle que vivir bien requería primero saber qué hacer entre el café y la cena.

En lugar de eso pidió una tostada. Observó a personas trabajando con portátiles, a dos madres con bebés y a un hombre mayor que leía el periódico con una lupa.

Todos parecían pertenecer a una franja horaria. Ella no.

Después fue a unos grandes almacenes y compró unas gafas de sol verdes que no necesitaba. La dependienta le dijo que eran atrevidas.

—¿Para quién?

La chica rectificó enseguida: quería decir originales. Azucena las pagó y salió con la bolsa, pero el capricho no llenó la tarde. En casa se probó cinco pañuelos con las gafas nuevas, hizo fotografías que no envió y volvió a guardarlo todo.

El aburrimiento no consistía en no tener tareas. Podía inventar mil. Consistía en no desear ninguna de ellas durante el tiempo suficiente.

Marisa apareció sin avisar aquella tarde. Traía una baraja y dos cervezas sin alcohol.

—No vengo a salvarte —anunció—. Vengo a perder al cinquillo.

Jugaron en la mesa de la cocina. Azucena ganó tres partidas, se quejó de que Marisa hacía trampas y durante una hora no pensó en buscar una ocupación para el resto de su vida.

Cuando su amiga se fue, el silencio regresó, pero ya no parecía una acusación.

Solo era una habitación vacía esperando que ella decidiera si quería entrar.

Los paseos con Zuri se hicieron tan largos que el perro empezó a detenerse frente al portal y mirar hacia arriba con nostalgia.

—Eres un desagradecido —le dijo Azucena—. Los perros sueñan con tener una dueña jubilada.

Zuri se sentó.

—Está bien. Volvemos.

Por las tardes la televisión emitía concursos protagonizados por gente muy feliz al conocer el precio de una lavadora.

Azucena los veía con Nala en el regazo y las manos quietas.

Echaba de menos el trabajo de una forma que le daba rabia admitir.

No a Gonzalo, ni los interlineados, ni los horarios.

Echaba de menos que algo dependiera de ella.

La pequeña descarga de resolver un problema.

El momento en que alguien decía «pregúntale a Azucena» antes de una presentación decisiva.

Gonzalo le escribió al vigésimo tercer día.

Hola, espero que estés disfrutando mucho. Una cosita: ¿recuerdas dónde guardábamos las cesiones de derechos de la campaña del norte?

Azucena contestó de inmediato, describiendo carpeta, ruta y nomenclatura. Después sintió una vergonzosa satisfacción cuando Gonzalo respondió con un pulgar levantado.

—Mírame —dijo a Nala—. Veintitrés días fuera y ya trabajo a cambio de dibujos amarillos.

La gata saltó de sus piernas.

Esa noche cenó de pie junto a la encimera. El piso estaba impecable. Los cajones cerraban. La ropa esperaba ordenada por temporadas. No había nada urgente y, sin embargo, Azucena sentía una inquietud que no podía corregirse cambiando el interlineado.

Se puso el broche de azucena sobre el pijama. El gesto era absurdo, pero la flor blanca y verde le devolvió algo de color en el espejo del pasillo.

—No sé quién soy cuando nadie me pide nada —dijo.

Zuri levantó la cabeza desde su cama.

Azucena abrió el armario del recibidor buscando una correa vieja para sacarlo.

Detrás de un abrigo encontró un atlas de carreteras, grande, rojo y vencido por el peso de países que ya no se llamaban igual.

Lo había comprado con Julián para un viaje que nunca hicieron porque siempre surgía un cierre, una reparación o una semana más conveniente.

Lo dejó sobre la mesa.

Durante unos minutos no lo abrió. Se limitó a contemplarlo como si dentro pudiera haber una respuesta y también el peligro de encontrarla.