Capítulo 3 · El último urgente
El último urgente
El último mes de Azucena en Montalbán Publicidad duró aproximadamente nueve años.
Preparó manuales, calendarios de rodajes, listados de clientes, accesos a plataformas de marca y una carpeta titulada CONTINGENCIAS que Gonzalo rebautizó PROTOCOLO DE CONTINUIDAD ESTRATÉGICA sin modificar una coma del contenido.
Enseñó a Ricardo a cuadrar órdenes de compra con presupuestos de producción y a Lucía a detectar las crisis que solo parecían graves porque un director creativo había usado tres signos de exclamación.
—¿Y si Gonzalo dice que es urgente? —preguntó Lucía.
—Pregúntale para cuándo lo necesita.
—Siempre dice que para ayer.
—Entonces ya llegas tarde y puedes hacerlo con calma.
Lucía anotó aquello con seriedad.
Azucena convirtió la formación en una liturgia. Cada tarde sentaba a alguien a su lado y le pedía que hiciera el proceso mientras ella observaba con las manos lejos del teclado. Aquello resultó más difícil que cualquier cierre mensual.
—No pinches ahí —decía.
—Has dicho que no ibas a intervenir —recordaba Ricardo.
—No he intervenido. He evitado una desgracia.
Al tercer día, Lucía reorganizó sola un viaje de presentación después de que un cliente adelantara la reunión veinticuatro horas. Azucena leyó el correo que había redactado, corrigió una coma y volvió a dejarla como estaba.
—Perfecto —dijo.
—¿Seguro?
—No me hagas repetirlo, que pierde valor.
Lucía sonrió, y Azucena sintió orgullo seguido de una punzada desagradable.
La chica podía hacerlo. Todo seguiría. Las campañas entrarían en producción, los clientes llamarían y alguien impediría que Gonzalo convocara a dos marcas competidoras en la misma sala.
Había deseado que la agencia no dependiera de ella y, al comprobar que era posible, una parte infantil quiso sentirse ofendida.
El último viernes antes de la despedida, Ricardo la acompañó al metro. Le confesó que Gonzalo había empezado a preguntar a Lucía por cosas que siempre preguntaba a Azucena.
—Lo hace bien —dijo él—. No igual, pero bien.
—Mejor. Igual sería preocupante.
—Te vamos a echar de menos.
Azucena se ajustó las gafas para ocultar unos ojos que no necesitaban ser ocultados.
—Eso espero. Cinco minutos al día, no más. Luego trabajáis.
Aquella noche abrió el armario y eligió el vestido coral. No era una prenda de retirada. Era una señal visible para la mujer del espejo: se marchaba por la puerta principal y no a escondidas durante la comida.
Gonzalo, por su parte, oscilaba entre la incredulidad y una cortesía condescendiente.
Cada mañana descubría un proceso que Azucena debía explicar antes de marcharse.
La contratación de productoras homologadas.
El modo de recuperar una creatividad aprobada seis versiones atrás.
La combinación del armario donde guardaban contratos originales.
El motivo por el que las plantas de recepción sobrevivían pese a que nadie reconocía regarlas.
—Quizá podrías quedar disponible durante un tiempo —sugirió una semana antes del final—. Para consultas puntuales. Naturalmente, de manera informal. Tú entiendes que un puesto como el mío no permite bajar a todos los detalles.
—Naturalmente, no.
Gonzalo la miró como si hubiera pronunciado una palabra extranjera. Azucena pensó que el puesto de Gonzalo sí permitía bajar: lo que no le permitía era subir sin el ascensor de su padre.
Azucena se sorprendió a sí misma. Había pasado décadas envolviendo los límites en algodón: si no te importa , cuando puedas , quizá sería mejor . El no desnudo ocupaba menos espacio y se entendía mejor.
El día de la despedida llegó con un correo enviado por Gonzalo a las ocho y seis de la mañana. Asunto: URGENTE — Revisión definitiva .
Era el mismo documento del interlineado.
Azucena entró en la oficina con un vestido rojo coral, uñas color lavanda y unas gafas de montura transparente salpicada de motas doradas. Había escogido pendientes grandes de resina verde. Si iba a desaparecer de aquel paisaje gris, quería dejar una impresión retiniana.
Revisó el documento. Estaba bien. Adjuntó la versión ya aprobada y escribió: Confirmo que la revisión definitiva coincide con la entregada el mes pasado.
Gonzalo apareció seis minutos después.
—Quizá no me he explicado.
—Quizá sí.
—Esperaba una última revisión completa. Es la presentación que haré ante el consejo del cliente.
—La he hecho. Sigue estando bien.
—Azucena, hoy no deja de ser un día laborable.
—Lo sé. Por eso estoy trabajando.
No hubo música triunfal. Ricardo estornudó al fondo y la impresora se tragó una hoja. Sin embargo, Azucena sintió que algo se colocaba por fin en su sitio.
A mediodía hubo tortilla, empanadillas, una tarta con «FELIZ NUEVA ETAPA» escrito en chocolate y una bebida espumosa sin alcohol porque Gonzalo consideraba que el cava podía perjudicar la imagen de la agencia aunque lo bebieran dentro de la sala de juntas.
Lucía lloró. Ricardo pronunció un discurso que empezó hablando de la profesionalidad de Azucena y terminó recordando una convención en Cuenca donde él había perdido un zapato.
Le entregaron una tarjeta firmada. Había mensajes previsibles — disfruta mucho , no cambies nunca — y otros que la sorprendieron.
Lucía escribió: Gracias por enseñarme sin hacerme sentir torpe .
Ricardo: Nadie sabe dónde comprabas los bolígrafos buenos .
Incluso Óscar, que llevaba dos años en remoto y nunca encendía la cámara, había añadido: Contigo los problemas siempre reducían su tamaño .
Azucena leyó la tarjeta encerrada luego en el baño.
Lloró lo justo para no estropear el rímel, se retocó el carmín y salió con las gafas puestas pese a estar dentro.
No quería que sus compañeros interpretaran las lágrimas como arrepentimiento.
Eran otra cosa: el duelo por una vida que había deseado abandonar y que, aun así, había sido suya.
Gonzalo le entregó una placa de metacrilato. Eugenio Montalbán había firmado la tarjeta con un escueto Gracias por tantos años , la misma letra con la que aprobaba presupuestos millonarios desde el despacho de presidente.
—En reconocimiento a tu compromiso y dedicación.
Pesaba poco, pero Azucena tuvo la sensación de sostener cuarenta y cuatro años de fines de mes, cafés de máquina y bolígrafos que nunca escribían cuando hacían falta.
—Gracias.
—Sabes que esta siempre será tu casa.
Azucena observó las mamparas, las mesas de los equipos de cuentas y creatividad y el reloj que adelantaba cuatro minutos porque Gonzalo creía que estimulaba la puntualidad.
—Ha sido mi lugar de trabajo —respondió con amabilidad—. Y he procurado hacerlo bien.
Gonzalo tensó la sonrisa. El matiz no era pequeño.
A las cinco y media, Azucena cerró su sesión, limpió el teclado y metió en una bolsa una taza, dos pintalabios olvidados, unas zapatillas de emergencia y una planta que llevaba doce años negándose a morir. Dejó las llaves y la agenda de dirección sobre la mesa de Gonzalo.
—Si te arrepientes —dijo su jefe—, llámame. La jubilación puede resultar… vacía para personas tan activas. Aquí siempre podríamos encontrarte un hueco.
Por primera vez Azucena detectó algo que no era manipulación, o no solo: miedo.
Gonzalo tenía cincuenta y nueve años y jamás había ocupado un puesto que no llevara su apellido en la puerta.
Probablemente imaginaba que el mundo se terminaba al otro lado de una tarjeta de visita.
Y sabía, aunque no fuera capaz de decirlo, que Azucena se llevaba veintitrés años de memoria de la agencia.
—Si me arrepiento, buscaré otra cosa que llenar —dijo—. Los huecos tienen más posibilidades de las que parece.
Abajo la esperaba Marisa con Zuri y una bolsa de una floristería. El perro se lanzó hacia ella tirando del arnés y casi le hizo soltar la planta.
—¡Jubilada! —gritó Marisa en mitad de la acera.
Dos peatones se volvieron. Azucena alzó la barbilla.
—Cotizante liberada, por favor.
Marisa sacó de la bolsa un broche esmaltado: una azucena blanca, con hojas verdes y un centro dorado.
—Para que no se te olvide quién eres cuando nadie te diga lo que tienes que hacer.
—Eso suena preocupantemente profundo para ti.
—Lo he leído en una taza.
Azucena prendió la flor en el vestido coral. Sus dedos temblaron un poco. Marisa fingió no verlo y le ofreció la correa de Zuri.
Caminaron hasta un bar, pidieron cava de verdad y brindaron. Luego otra copa, porque cuarenta y cuatro años cotizados merecían una ligera imprudencia. Hablaron de horarios, de viajes, de cursos de cerámica, de dormir la siesta y de la posibilidad de no hacer absolutamente nada.
—¿Qué vas a hacer mañana? —preguntó Marisa.
—No poner el despertador.
—¿Y después?
Azucena miró el broche nuevo. La respuesta seguía sin existir, pero por unas horas no importó.
Al volver a casa, Nala inspeccionó la planta de la oficina con desconfianza. Zuri bebió agua y se desplomó sobre las baldosas. Azucena dejó la placa de metacrilato en un armario, detrás de una sopera que nunca utilizaba.
Después puso el despertador a las seis y media por costumbre.
Tardó unos segundos en darse cuenta.
Lo apagó.