Capítulo 2 · La cifra de salida
La cifra de salida
La asesora se llamaba Clara y tenía una mesa sin papeles, un talento que Azucena consideró sospechoso hasta que comprobó que sabía de lo que hablaba.
Marisa se sentó a su lado con un cuaderno, dos bolígrafos y la actitud de quien va a negociar la paz entre países.
Azucena llevaba una blusa verde, pendientes dorados en forma de aro y las gafas negras que reservaba para asuntos serios.
Había decidido que la sobriedad cromática podía ayudarla a entender las cifras.
—No se trata de si puede dejar de trabajar mañana —explicó Clara—, sino de qué modalidad le corresponde, desde qué fecha y qué reducción tendría. Vamos a verlo con calma.
Durante cuarenta minutos hablaron de periodos, bases, meses y escenarios. Clara no prometió milagros ni pronunció porcentajes como si fueran profecías. Comprobó documentación, hizo preguntas y abrió el simulador oficial. Al final giró la pantalla.
—Con su trayectoria laboral puede acogerse a la jubilación anticipada voluntaria. Esta sería una estimación razonable de la pensión, con la reducción correspondiente.
Azucena miró la cifra.
—¿Neta?
—La estimación que ve requiere después ajustar retenciones. Le prepararé los dos escenarios para que compare. También conviene revisar sus gastos fijos antes de decidir.
Marisa le tocó el codo.
—Respira.
—Estoy respirando.
—No. Estás haciendo esa cosa en la que te quedas inmóvil y empiezas a sumar hasta las monedas del bolso.
Era verdad. Azucena ya había restado la comunidad, el seguro del piso, la electricidad, la compra, el veterinario y una cantidad mensual para gafas que jamás habría admitido delante de una inspectora.
Podía hacerlo. No viviría como una marquesa, pero nunca había vivido como una marquesa.
Vivía como una secretaria de dirección divorciada con casa propia, criterio para las rebajas y la certeza de que un buen collar transformaba una camiseta de doce euros.
—Quiero pensarlo —dijo.
Clara sonrió.
—Esa es una excelente respuesta.
Marisa no opinó lo mismo hasta que salieron a la calle.
—¿Qué vas a pensar?
—Todo.
—Todo es una categoría demasiado amplia.
—Voy a pensar si puedo permitírmelo, qué haría con mis días, si quiero reducir la pensión para siempre, si…
—Si Gonzalo sobrevivirá sin ti.
—Gonzalo sobreviviría a una extinción masiva porque su padre compraría el meteorito. Después me enviaría un correo para preguntar por qué no figuraba en su agenda.
Tomaron café en una terraza. Marisa pidió una tostada aunque faltaba poco para comer y Azucena ordenó las hojas que Clara le había entregado. Le gustaba el peso de una carpeta. Los papeles convertían el pánico en apartados.
—¿Tú tuviste miedo? —preguntó.
—Claro.
Marisa untó tomate con la concentración de una cirujana.
—El primer mes revisaba la cuenta cada dos días. Y pensé que iba a perder importancia. Luego descubrí que la importancia no era madrugar para contestar a gente que escribía «URGENTE» en mayúsculas.
—¿Y qué era?
—Todavía lo estoy averiguando. Ayer fue recoger a mi nieta y que me explicara cuarenta minutos por qué los unicornios no deberían llevar pantalones.
Azucena rio, pero al volver a la oficina guardó la carpeta en el fondo del bolso como si llevara material explosivo.
Gonzalo la llamó a las cuatro.
—Cierra la puerta.
El despacho olía a cuero, a café caro y a control de daños. Detrás de Gonzalo colgaba una fotografía de Eugenio Montalbán inaugurando la primera sede de la agencia. Gonzalo señaló la silla sin invitarla exactamente a sentarse.
—He visto que has salido esta mañana.
—Tenía una cita personal. Estaba autorizada.
—Sí, sí. Naturalmente. Solo quería saber si sucede algo que pueda afectar al equipo.
Azucena pensó que llevaba veintitrés años afectando al equipo de forma favorable sin que nadie hubiera convocado una reunión al respecto.
—Estoy valorando solicitar la jubilación.
La palabra quedó entre ambos. Gonzalo pestañeó una vez.
—Pero si eres jovencísima.
—Tengo sesenta y cuatro años.
—Hoy eso no es nada.
—Para algunas cosas no. Para otras son cuarenta y cuatro años cotizados.
Gonzalo se levantó y caminó hasta la ventana. La agencia ocupaba tres plantas desde las que se veía una farmacia, dos plátanos de sombra y la terraza donde Ricardo fumaba a escondidas.
—Es una decisión muy personal —dijo con la voz que utilizaba antes de opinar sobre decisiones muy personales—. Aunque quizá algo precipitada. Eres un pilar. Hay clientes, campañas y dinámicas de dirección que solo conoces tú.
—Puedo documentarlos.
—No todo se documenta.
—Llevo años pidiendo que formemos a alguien.
—Precisamente por el volumen de campañas no ha sido posible.
Azucena sintió el impulso antiguo de tranquilizarlo.
Podía ofrecerse a esperar seis meses, preparar una transición eterna, entrenar a tres sustitutos y responder consultas desde la tumba.
En lugar de eso, apoyó las manos sobre el bolso.
Las pulseras de madera y metal sonaron, pequeñas pero indisciplinadas.
—Todavía tengo que revisar la propuesta —dijo—, pero si la cifra final es la que me han explicado, lo solicitaré.
—Podríamos estudiar una reducción de jornada.
—La pedí hace tres años.
—Las circunstancias cambian.
—Sí.
Sonó el teléfono fijo. Antes de atender, Gonzalo buscó su móvil sobre la mesa y tardó varios segundos en comprender que se lo había dejado fuera.
Azucena no se movió para traérselo. Él descolgó y le preguntó, con la mano tapando el auricular, qué apellido tenía el director de marketing al que llevaba siete años invitando a comer.
—Valcárcel —dijo ella.
Él repitió el apellido con voz segura, como si acabara de recordarlo por liderazgo.
Azucena sostuvo su mirada. Aquello era lo extraordinario: las circunstancias habían cambiado sin pedir permiso a Gonzalo, ni a su padre, ni al consejo que asentía cuando el hijo decía lo mismo que ella había explicado cinco minutos antes.
Esa noche extendió las facturas sobre la mesa del salón.
Nala —una gata grande, casi toda blanca, con manchas anaranjadas sobre la cabeza y el lomo— se tumbó encima del recibo del agua.
Zuri, un perro blanco de rizos apretados, apoyó el hocico en su rodilla.
Azucena creó columnas, añadió márgenes para imprevistos y eliminó una suscripción que no recordaba haber contratado.
Después calculó cuánto podía gastar cada mes en caprichos.
Nala golpeó con la cola la hoja de resultados.
—No me mires así. Tu arena perfumada entra en gastos esenciales.
La gata cerró los ojos, satisfecha de haber confirmado el orden constitucional.
Azucena se levantó, fue al dormitorio y abrió el joyero grande.
Dentro había pendientes comprados en mercadillos, pulseras de viajes que casi siempre había hecho con Julián, broches heredados de su madre y collares que elegía por la mañana según el tipo de batalla.
Se quitó las gafas negras y se miró al espejo sin ellas.
La imagen se volvió suave, imprecisa, pero reconocible: pelo corto caoba algo despeinado, piel cálida, ojos cansados y despiertos a la vez.
No sabía qué haría con sus días.
Sí sabía qué no quería seguir haciendo con ellos.
Volvió al salón y escribió a Clara.
Quiero iniciar los trámites.
Luego mandó otro mensaje a Marisa.
Creo que acabo de hacerlo.
Marisa respondió con doce signos de exclamación y una fotografía de una botella de cava.