Azucena por orden alfabético Capítulo 1 · Once y diecisiete
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Azucena por orden alfabético

Azucena por orden alfabético

Por Lola Summers

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Capítulo 1 · Once y diecisiete

Once y diecisiete

Azucena descubrió que podía jubilarse un martes a las once y diecisiete, mientras su jefe le pedía que corrigiera por tercera vez una presentación que ya estaba bien.

—El interlineado me produce inquietud —dijo Gonzalo Montalbán, de pie junto a su mesa—. Esta campaña tiene que respirar exclusividad.

Azucena miró la pantalla. Luego miró a Gonzalo.

Él tenía cincuenta y nueve años, apenas cinco menos que ella, pero lucía esa diferencia como si pertenecieran a generaciones distintas.

A sus sesenta y cuatro, Azucena había aprendido que ciertas frases solo podían contestarse dejando un breve silencio en su honor.

—Está a uno y medio, como en la plantilla de presentaciones al cliente.

—Precisamente. Quizá uno con cuarenta y cinco transmita más cercanía. Hay que tener intuición para estas cosas.

La cercanía que Azucena deseaba transmitirle en aquel momento no cabía en ningún manual de marca.

Se limitó a recolocarse las gafas, una montura color berenjena que combinaba con sus uñas azul pastel y no combinaba en absoluto con la moqueta gris de Montalbán Publicidad, una de las grandes agencias madrileñas.

Sobre la blusa amarilla llevaba tres collares de largos distintos.

Las pulseras tintinearon cuando apoyó los dedos en el teclado.

—Lo cambio.

—Es un momento —concedió Gonzalo, como si le regalara la mañana.

Era la versión ejecutiva de «una cosita». Las cositas de Gonzalo podían durar entre siete minutos y dos campañas nacionales.

Gonzalo era director general porque su padre, Eugenio Montalbán, había fundado la agencia, seguía siendo su propietario y consideraba que la sangre era una acreditación profesional.

Gonzalo jamás lo decía. Hablaba de visión, liderazgo y haber crecido entre creativos.

Azucena, secretaria de dirección desde hacía veintitrés años, sabía traducirlo: había crecido entrando sin llamar en el despacho de su padre.

También sabía dónde estaba cada contrato, qué cliente no toleraba desayunos antes de las diez, qué director creativo amenazaba con dimitir antes de cada entrega y qué corbata debía ponerse Gonzalo para convencer a un consejo de administración.

Él la trataba con una superioridad que la ponía de los nervios.

Luego le preguntaba a qué hora era su propia reunión.

Cuando su jefe se alejó, Azucena abrió el mensaje que llevaba veinte minutos parpadeando en el teléfono.

MARISA: ¿Has mirado ya la vida laboral?

AZUCENA: Estoy trabajando, algunas todavía sostenemos el país.

MARISA: Tú sostienes a Gonzalo. El país se apañará.

Azucena escondió una sonrisa. Marisa se había jubilado cuatro meses antes y desde entonces se comportaba como si hubiera atravesado una frontera secreta desde la que podía ver lo absurda que era la vida de los demás. Su último empeño consistía en conseguir que Azucena descargara su informe laboral.

—Nunca me ha hecho falta —le había dicho ella el domingo—. Empecé a trabajar con veinte años y no he parado.

—Por eso mismo.

—¿Por eso mismo qué?

—Por eso mismo quizá llevas más tiempo del necesario levantándote a las seis y media para discutir sobre interlineados con el heredero del imperio.

Azucena no le había contado lo del interlineado. Marisa simplemente conocía el género.

Abrió el navegador en una ventana pequeña, detrás del calendario de producción de la campaña.

El portal oficial le pidió una identificación, después otra, después una clave que el móvil decidió ocultar justo cuando llegó Gonzalo a preguntarle si el azul de la portada no resultaba un poco agresivo para una marca que pretendía «seducir sin invadir».

Azucena contestó que revisaría la saturación.

Se abstuvo de explicarle que seducir sin invadir era también una habilidad personal y esperó a que desapareciera.

A las once y diecisiete apareció el informe.

No era emocionante. Una sucesión de empresas, fechas y números apretados, la arqueología laboral de su vida.

Ahí estaba la gestoría de la calle Alcalá donde había aprendido a mecanografiar sin mirar las teclas.

La agencia de seguros que cerró de un viernes a un lunes.

La empresa de suministros médicos en la que había conocido a Julián, su exmarido.

Y Montalbán Publicidad, extendida durante tantos años que parecía no un empleo, sino un clima.

Hizo una foto a la cifra total y se la envió a Marisa.

La respuesta fue una llamada inmediata.

—No puedo hablar —susurró Azucena.

—Puedes jubilarte.

—Buenos días a ti también.

—Azucena, puedes jubilarte. Creo. Espera, no firmes nada, no compres un crucero y no le digas todavía al principito quién le sostiene la corona. Hay que usar el simulador y consultar con alguien que sepa, pero con lo que tienes cotizado…

Azucena apartó el teléfono de la oreja. La agencia seguía igual.

Teclas, teléfonos, un creativo defendiendo por videollamada que el fucsia era «una postura política» y el zumbido del aire acondicionado que Gonzalo regulaba según una lógica que solo beneficiaba a Gonzalo.

A su izquierda, Ricardo intentaba conseguir que una productora corrigiera un presupuesto.

Al fondo, alguien calentaba pescado en el microondas pese a que existía un pacto civilizatorio expreso contra ello.

—¿Azucena? ¿Estás ahí?

—Sí.

—¿Me has oído?

Podía jubilarse. La frase entró despacio, como entra un gato en una habitación desconocida: primero una pata, luego la cabeza, después el cuerpo entero fingiendo que siempre había vivido allí.

—¿Cuándo?

—Eso es lo que tenemos que mirar. Te he conseguido cita con una asesora el jueves.

—¿Cómo que me has conseguido cita?

—Sabía que hoy mirarías el informe.

—No lo sabías.

—Sabía que acabaría agotándote.

Gonzalo emergió detrás del monitor.

—¿Algún problema personal?

Azucena levantó la vista. Su rostro redondeado solía traicionarla: las cejas decían lo que los labios, pintados de frambuesa, se esforzaban en mantener dentro. Aquella vez consiguió conservar una expresión neutra.

—Ninguno. Una consulta laboral.

—Procura hacerlas en tu descanso.

—Claro.

El jefe señaló la pantalla con el índice.

—Ahora el encabezado ha quedado un poco tímido.

Azucena lo observó regresar a su despacho acristalado.

Gonzalo había dejado sobre la mesa el móvil que ella tendría que llevarle dentro de treinta segundos.

Pensó en todos los martes que aún podían parecerse a aquel.

En los inviernos llegando de noche, en las comidas recalentadas frente al ordenador, en las vacaciones durante las que él enviaba mensajes «solo para que no se me olvide».

Pensó también en la reducción de ingresos, en la hipoteca ya pagada y en los gastos que no se jubilaban: la calefacción, la comida de Nala y la afición de Zuri a desarrollar alergias costosas.

No sintió valentía. Sintió miedo y un alivio tan repentino que tuvo que apoyar ambas manos en la mesa.

Abrió el documento y cambió el interlineado a uno con cuarenta y cinco.

Después, en un gesto minúsculo que nadie más vio, abrió una hoja en blanco y escribió:

COSAS QUE HARÉ CUANDO NO TRABAJE AQUÍ

Se quedó mirando el título.

No se le ocurrió ninguna.

Eso la asustó bastante más que la jubilación.