Azúcar, Mantequilla y Nosotras 3
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La veterinaria estaba a unas cuadras del hogar de Ellie. Esa fue su primera parada para comprarle cosas al conejo, principalmente heno. La pelirroja se sorprendió al notar lo pequeño que era el estante para conejos en comparación a los que estaban llenos de juguetes, comida y premios para perros.

Después de eso, compraron zanahorias, lechugas y bananas.

Muchas. Demasiadas.

Blake empezaba a sospechar que la idea de Ellie era engordar al conejo, porque aquella era muchísima comida para un animal tan pequeño.

—Los conejos son herbívoros, así que debo comprarle verduras para comer.

—¿No crees que eso ya es... mucho?

Ellie llevaba sus audífonos. Su madre la obligaba a llevarlos cuando salía de casa. Se dio la vuelta, sosteniendo tres zanahorias en una mano.

—¿Mucho?

—Sí, bueno, es que... es muy pequeño, tal vez no necesite tanta comida.

—Pero no quiero que le de hambre y no tener nada para darle de comer.

—Yo creo que normalmente ustedes tienen verduras en casa, ¿o no?

—Bueno, sí, pero...

Miró las zanahorias una vez más antes de dejar una en el mismo lugar de donde las había tomado.

—Le llevaré dos extras, solo por si las dudas.

Blake intentó reprimir una sonrisa.

Lo intentó.

—¿Qué más cosas comen los conejos? —preguntó la capitana, queriendo escuchar hablar a la pelirroja un poco más.

—Mucho verde: lechuga, rúcula, cilantro, albahaca. Le compraré un poco de todo, aunque lechuga ya le conseguimos bastante.

Ellie pasó la siguiente hora llenando una bolsa de verduras verdes y frescas. Hablaba de la dieta que debería tener su conejo, de cómo podría llamarlo, de lo delicado que es su sistema digestivo y de lo mucho que debe cuidar lo que come.

—También necesitaré un tarro para ponerle agua. Nuestro gato tiene uno, pero es suyo. Necesito uno que sea solo del conejo.

Blake la escuchaba con atención. Siempre lo hacía.

Y siempre se derretía un poquito por dentro cada vez que la escuchaba hablar con tanta pasión sobre algo.

Estaba contenta, contenta de verdad. La felicidad de la pelirroja era contagiosa.

—¡Ah! ¿Sabes otra cosa que debería comprarle? —dijo mientras caminaban hacia la salida del supermercado, sosteniendo solo una bolsa, mientras que Blake cargaba el resto—. Algo para que juegue, tal vez. ¿Los conejos juegan? No estoy segura de si alguna vez he visto a alguno jugar con algo.

Blake le sostuvo la puerta hasta que salió del edificio.

Ellie apenas pareció notarlo. O al menos la pelinegra creía que no notaba esas cosas.

La realidad era que, desde aquella conversación con su madre, Ellie había estado empezando a notar muchas cosas, detalles en los que antes ni siquiera pensaba.

—Espero que no le tenga miedo al gato. No creo que nuestro gato vaya a hacerle algo, está muy gordo y es tranquilo.

—¿Qué tiene que ver que esté gordo?

—Que es muy pesado como para atacar a alguien.

Blake no pudo evitar lanzar una carcajada.

—Por favor, todavía recuerdo cuando nos conocimos y me dejó la mano toda arañada.

—En esas épocas aún era delgado. Podía atacar y era más joven.

Caminaron juntas con las bolsas hasta el hogar de la familia de Ellie y Logan. Sus manos se rozaron en un momento. Blake sintió que le faltaba el aire y tuvo que cerrar los ojos por unos segundos.

Ellie sintió que una corriente eléctrica le atravesaba el brazo. No miró a su acompañante, no pudo hacerlo. Tampoco notó como Blake mantenía la respiración y contaba en voz baja para calmar su enamorado corazón.

No notó nada de eso. Pero sí notó la sensación que le dejó en la piel y una pesadez nueva e incómoda que se le apareció en el pecho.

Cuando llegaron a casa, ninguna mencionó lo sucedido. Sacaron las verduras, bananas y todo lo que habían comprado en la veterinaria.

Ellie fue a su habitación y se reencontró con el conejo. Este estaba escondido debajo de su cama, asomándose apenas. Sus orejas largas sobresalían y su nariz rosada se movía con cada pequeño olfateo.

—Te compré mucha comida —le susurró, acercándose con cuidado al animal. Se sentó en el suelo e inclinó el torso hacia él—. Y pasó algo... muy raro.

El conejo movió la nariz en su dirección.

—Pero no importa eso ahora. Supongo que debes tener hambre, ¿no?

Se levantó, alisó la falda de su vestido y se quedó mirándolo unos segundos más antes de salir de la habitación.

En cuanto cruzó la puerta, le dijo a su cerebro que no mencionara lo ocurrido, que no valía la pena darle muchas más vueltas.

Si su madre no le hubiese dicho nada, ella no estaría sobrepensando un mínimo contacto.