Azúcar, Mantequilla y Nosotras 2
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Blake estaba parada fuera de la casa de la familia de su mejor amigo con una caja diminuta entre las manos, un conejo blanco diminuto asomaba la cabeza apenas.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó Logan, inclinándose en su dirección.

—¿Te importa? Es un regalo para tu hermana.

—Qué humor —frunció el ceño—. Si es un regalo para mi hermosa y querida hermanita con más razón debo saber qué es.

Blake rodó los ojos y aparto un poco la tapa. El conejito sacó casi por completo su cabeza y movió la nariz, olfateando.

—¿Un conejo?

—No, una tortuga.

—Ya tenemos mascotas, a David.

—¡David no es nombre de gato!

—Llevas cinco años diciendo lo mismo, y David lleva cinco años llamándose así —apoyó el cuerpo contra el marco de la puerta y cruzó los brazos—. Tendrás que vivir con eso.

—Como sea, el conejo no es para ti, es para Ellie. Ella siempre quiso un conejo, y bueno, Brad dijo que tenía varios conejitos que estaba dando en adopción y…

—Te aprovechaste de que a Brad le gustas.

—Tal vez solo un poquito.

Logan sonrió y se aguantó una carcajada. Antes de dejarla pasar, volvió a mirar la caja.

—Si mis padres me regañan porque te dejé regalarle un conejo a Ellie, será tu culpa.

La pelinegra se llevó una mano al pecho.

—Viviré con eso.

Finalmente, su amigo se hizo a un lado, dándole espacio para entrar a la casa. Al apenas poner un pie dentro, el aroma a chocolate la envolvió por completo. Le mesa de la cocina estaba llena de bandejas con cupcakes encima.

Un gato obeso y naranja estaba acostado junto a uno, peligrosamente cerca de la crema batida que lo decoraba, pero no parecía interesado en probarla.

Ellie estaba ahí, decorando unos con una manga llena de crema. Los dedos con harina, los labios manchados de chocolate y el cabello pelirrojo corto recogido en un moño desprolijo. No traía puesto sus audífonos, como cada vez que se ponía a cocinar.

Levantó la mirada, como si hubiese sentido la presencia de alguien nuevo en la habitación. Vio a Blake y sonrió. Una sonrisa que terminó derritiendo a la pelinegra.

—¡Hola, Blake! —levantó una mano. Sus mejillas se sonrojaron un poco y se limpió la boca pasándose la muñeca, como si acabase de recordar que estaba manchada—. ¿Qué traes ahí?

Se alejó de su cocina, acercándose un poco a Blake. La capitana levantó la caja y se la entregó.

—Es un regalo para ti.

—¿Para mí?

Tomó la caja, que tenía la tapa un poco floja y desplazada. La agitó con suavidad y Blake apretó los labios, sin querer decirle que dentro había un ser sintiente, uno que había podido sentir como lo agitó de un lado a otro.

Con el movimiento, la tapa cayó al suelo, el conejito quedó totalmente revelado y…

Chilló, Ellie chilló tan fuerte que hasta David, recostado y dormido, se despertó de repente y salió corriendo.

—¡¿Un conejo?! —gritó, sin preocuparse en controlar el sonido de su voz. La criatura levantó las orejitas, largas y blancas, y movió la nariz—. Es adorable. Lo amo, lo amo, lo amo, lo amo.

Blake no pudo decirle nada. Ellie se dio la vuelta, dejó la caja a un lado y tomó al animal entre sus manos. Este mismo olfateó sus manos. No parecía asustado por la loca que lo sostenía con los dedos temblando y chillando.

—Me encanta —murmuró, acercándolo un poco a su rostro—. ¿Cómo se te ocurrió traerme un conejo?

Volteó a ver a Blake y la chica se quedó helada unos segundos. No podía decirle que pensaba tanto en ella que recordaba todas y cada una de las veces que había mencionado lo mucho que le gustaban los conejos y lo mucho que había querido tener uno para que le haga compañía a su gato, David.

Que Blake seguía pensando que ese no era nombre de gato, pero eso nunca se lo decía a Ellie, obvio.

—Eh… bueno… —escuchó su voz temblar y una ola calurosa reconocida le subió por el cuello— vi que uno de los chicos del equipo les estaba buscando un hogar a algunos, y… pensé que te gustarían.

—Amo los conejos, por ellos me hice vegetariana, ¿sabías?

Claro que lo sabía. Desde que Ellie se lo había dicho por primera vez hacía ya cuatro años.

—Muchas gracias, Blake. Fue una hermosa sorpresa.

La pelirroja apartó la mirada y le murmuró algunas cosas al conejo, como si hablara directamente con él, y tan bajito que Blake no pudo entenderla.

Logan la miró de reojo, entrecerrando los ojos. Sabía lo que estaba pensando, así que evitó su mirada por completo.

Era obvio que tenía la cara tan roja como un tomate en ese momento. Y era obvio que se le había notado demasiado lo mucho que le encantaba aquella chica.

—Genial, ahora tenemos un gato y un conejo —susurró Logan, lanzando un suspiro teatral—. Ah, y también está acá la primera capitana mujer del equipo de fútbol americano del pueblo, que no se atreve a confesarse a una simple chica y que es tan obvia que me dan ganas de vomitar por…

—Ya cierra la boca, Logan —le dio un codazo en las costillas y el chico fingió un gemido de dolor.

—No te dejaré salir con mi hermana si eres así de agresiva, eh.

—¡Cállate! O va a escucharte.

—Qué chistosa. Sabes que no trae sus audífonos.

Ellie se dio la vuelta, sosteniendo al conejo contra su pecho.

—Lo llevaré a mi habitación para que conozca el lugar y luego iré a comprarle comida, ¿te gustaría acompañarme, Blake?

La pelinegra ni siquiera lo dudó, asintió de inmediato. La pelirroja sonrió con entusiasmo y corrió hacia su habitación, no presenció el momento en el que su hermano mayor volvió a mirar de reojo a su mejor amiga, entrecerrando los ojos y burlándose en voz baja.

Ni tampoco presenció el momento en el que Blake pareció derretirse por dentro por esa sonrisa, esa tonta y adorable sonrisa.