CAPÍTULO 29 #2
No había armonías dulces ni florituras, solo un hilo firme que sostenía la oscuridad. Pensé en las manos apretadas, en los ojos cerrados de quienes esperaban que acabara la violencia. Quizá aquel era su modo de protegerse. Todos allí éramos seres inferiores. Insignificantes.
El presidente escuchó un momento y volvió a dirigirse a Sergio.
—Podemos resolverlo sin empeorar las cosas. Usted tiene una carrera por delante.
Mi hermano no respondió.
—Los dos —añadió, mirándome—. No tiene por qué terminar así.
Comprendí que todavía estaba buscando nuestro precio.
—Para usted no habrá una salida distinta —dije—. Va a responder ante la sociedad.
Se desplazó alrededor del brocal mientras Sergio se acercaba. Lo que quedaba de su compostura empezó a abandonarlo. La seguridad se transformó en desesperación.
—Espere. Escúcheme.
Bajo una de las galerías habían aparecido dos frailes. El presidente los vio y trató de arreglarse la corbata.
—Delante de ellos no.
La voz se le quebró. Miró de nuevo a Sergio.
—Por favor.
Sergio le indicó que se acercara.
—Venga. Despacio.
El presidente miró los grilletes. Después me miró a mí, buscando todavía una respuesta distinta.
—No pueden hacerme esto.
Mi hermano rodeaba ya el pozo cuando el presidente se volvió hacia su abertura. Comprendí el movimiento demasiado tarde.
—¡Sergio!
Se arrojó al interior.
Mi hermano alcanzó el brocal y trató de sujetarlo. Otro agente corrió hacia él. Yo quise seguirlos, pero las piernas me fallaron y caí de rodillas.
Un ruido llegó desde el fondo; después, la voz de Sergio, llamándolo.
Los rezos se interrumpieron.
Cuando conseguí acercarme, uno de los agentes iluminaba el interior. Me asomé, pero Sergio me sujetó y me apartó del borde.
—Déjanos sitio, Ángel.
Lo llamó otra vez. No hubo respuesta. Aquello no bastaba para saber si seguía vivo.
Uno de los frailes se acercó. Sergio le preguntó por el pozo, por sus accesos, por lo que pudiera haber debajo. Mientras hablaban, otro agente pidió un equipo de rescate.
Yo seguía esperando una voz desde la oscuridad.
Lo quería vivo. Quería sentarlo ante un juez y, sobre todo, verlo expuesto al escarnio público.
Como siempre, quienes seguimos las reglas luchamos en inferioridad contra quienes se las saltan.
Él se había reído de ellas, creyéndose por encima de la ley, y aun así me correspondía intentar salvarlo.
También eso formaba parte de mi trabajo. Y eso siempre es lo que me remata.
Guardé la pistola y me hicieron esperar bajo la galería. Desde allí veía la maleta junto al brocal y a los hombres inclinándose para mirar, hablando hacia aquella abertura de la que no llegaba ninguna respuesta.
La mañana fue entrando en el claustro. Las antorchas perdieron su resplandor y alguien empezó a apagarlas.
Cuando llegaron los especialistas, tuvieron que preparar el descenso y la extracción.
El tiempo seguía pasando entre órdenes breves, material desplegado y esperas que se me hacían interminables.
No vi cómo lo sacaron. Sergio vino a buscarme cuando todo había terminado.
—Ha muerto.
Me quedé mirándolo. Durante aquella espera había seguido imaginando al presidente ante un juez.
Aparté la mirada. Hasta el último momento había intentado conservar algún privilegio: que lo obedecieran, que lo escucharan, que no lo vieran detenido. Ni una pregunta por todos los que habían perdido la vida por el camino.
Las pruebas seguían ahí. El ministro tendría que responder.
Nada de aquello desaparecía con él. Pero aquel hombre acababa de privarnos de verlo escuchar, uno por uno, los nombres de tantos muertos: por la enfermedad, por el frío, por el acero.
Sin poder enviar a otro a responder en su lugar.
Sin un discurso detrás del que esconderse.
Sergio se quedó a mi lado. No intentó consolarme.
El frío de la pared me atravesaba la ropa. Pensé en Pelayo, en Curro, en los muchachos del sótano. En Lola, en la mesa vacía que le había dejado la noche anterior. Habíamos llegado hasta el final y yo solo sentía el peso de lo que había costado.
Alcé la vista. La luz de la mañana se extendía sobre los cristales de la galería. El mundo seguía allí. Ajeno a todo y dispuesto a seguir castigándonos. Tendríamos que seguir nosotros también.
Busqué alivio. No lo encontré. Miré al cielo: un amago de sol rompía la niebla. ¿Habrá servido de algo todo esto?
Quizá la justicia sea esto: intentarlo una y otra vez, luchar contra el mal, sabiendo que incluso cuando ganas, la victoria sabe a derrota.
La documentación de Curro estaba a salvo. A ella se sumaron los registros encontrados en Loreto y lo que el ministro empezó a declarar bajo custodia. Durante la mañana llegaron noticias de más detenciones y de la intervención de las instalaciones vinculadas a la venta clandestina de energía.
Sergio me llevó al hospital. Esta vez no discutí. Dejé que me examinaran, que limpiaran las heridas y que me recordaran el descanso que llevaba demasiado tiempo negándome.
Después redacté lo ocurrido. No esperé a un comunicado oficial: hice llegar los hechos a un periodista de confianza, junto con la documentación que podía facilitarle.
Le pedí que mi nombre quedara fuera, junto con cualquier detalle que permitiera identificarme.
El presidente se había suicidado en Loreto; el ministro estaba detenido; Terry había muerto en la Torre del Oro.
Una trama nacional había vendido energía mientras la población soportaba las restricciones.