CAPÍTULO 29 #3
La Red había quedado desarticulada. Quedaban las declaraciones, los juicios y la tarea de devolver a la gente lo que le habían robado. Su caída no iba a calentar de golpe las casas ni a borrar a los muertos, pero las órdenes ya no salían de aquellos despachos.
Los periódicos sacaron edición especial de tarde.
Portadas volaron de los quioscos; gente arremolinada; titulares a gritos.
No aparecían los nombres de quienes habíamos intervenido.
Solo se hablaba de la caída de los poderosos y de una esperanza tímida de que las restricciones de energía terminasen. De tener un futuro mejor.
Mientras Sevilla disfrutaba con la noticia, yo me refugié en mi cafetería de siempre.
Me acomodé con cuidado en mi rincón, con el abrigo aún manchado y el rostro cubierto de heridas.
Esperé el café humeante y levanté la vista hacia mi estampa favorita: el magnolio imponente, la Catedral recortada y la Giralda repicando a las cinco.
En ese momento me giré hacia el pequeño naranjo que se esforzaba por crecer a mis espaldas.
Casi inapreciable para los demás, pero un grito de vida para mí: entre las hojas oscuras y castigadas por el invierno, una única flor de azahar acababa de abrirse.
Me sorprendí sonriendo ante ese destello de blanco en medio de la suciedad.
Una señal de que el mundo seguía luchando por salir adelante, un pequeño detalle que invitaba a la esperanza.
Mi nombre no aparecía en los periódicos.
Sergio y quienes habían trabajado conmigo sabían lo ocurrido; me bastaba.
No quería otra ceremonia en comisaría ni volver a escuchar mi nombre entre aplausos.
Quería que las pruebas sirvieran, que los responsables respondieran y poder sentarme allí sin sentir que estaba abandonando a alguien.
Sentía un optimismo cauto, pero real, de que la vida sería un poco más fácil.
El camarero me trajo el café. Me miró y entendí que encajaba las piezas. No dijo nada; me dejó el mismo vaso de cristal de siempre, opaco, y me regaló una sonrisa agradecida. Fue suficiente. Le devolví la sonrisa, acerqué el vaso a la nariz y supe que, pese a todo, había valido la pena.
Sostenía el café cuando la vi. Primero, una silueta cruzando la Constitución, desdibujada por la luz dorada. Parpadeé, incrédulo, hasta que llegó a la altura del magnolio. Era Lola.
Venía hacia mí con paso sereno, la melena rubia meciéndose en suaves ondas.
El sol arrancaba destellos en la piedra de la Catedral y las campanas seguían repicando.
Si la estampa ya era hermosa —magnolio, Catedral, Giralda dorada—, con Lola en medio no existían palabras.
Y de nuevo, irremediablemente, me enlugaré .
La belleza… no necesita explicación: el corazón la reconoce.
Se detuvo junto a la mesa. Su mirada recorrió mi rostro.
—¿Puedo sentarme?
Dejé el café e intenté incorporarme para retirarle la silla y ayudarla a sentarse.
—No te levantes —dijo.
Se sentó frente a mí. Durante unos segundos ninguno supo cómo empezar.
—Siento lo de anoche, Lola.
Bajó la mirada hacia el vaso.
—Recibí tu nota.
—Quería quedarme.
—Ya lo sé. Yo también quería que te quedaras.
Asentí. No tenía nada que explicarle que hiciera desaparecer aquella mesa vacía.
—Y no sabía si estabas vivo —añadió.
Me dolió escucharla. Había pensado tanto en lo que yo podía perder que apenas había querido detenerme en lo que le hacía pasar a ella.
—Tendría que haber hablado contigo antes.
Sacó un periódico doblado y lo dejó sobre la mesa.
—Por tu aspecto, habrías estado mejor conmigo que metido en ese lío —bromeó, señalando mi abrigo y mi cara.
—Que no te quepa duda.
Sonreí de verdad. El dolor me tiró de los labios, pero esta vez no consiguió borrarme el gesto.
Me sostuvo la mirada. Después acercó una mano a la mía.
—He venido porque quería verte.
Le tomé los dedos con cuidado.
—La gente te necesitaba más aquí —dijo, tocando el titular— que conmigo en aquel bar.
Me miraba con esa mezcla suya de admiración y ternura.
Alcé la vista. La niebla se deshacía entre los edificios y una claridad tibia alcanzaba la plaza.
—Parece que asoma el sol —dije.
Lola siguió mi mirada y asintió, luminosa.
—Sí, llega el verano. Hay que prepararse —me respondió.
Y allí nos quedamos, con las manos juntas.
Y allí me hubiera podido quedar, sin mirar la hora ni buscar una excusa para levantarme. Escuchándola.
Mientras el revuelo comedido de la ciudad nos rodeaba, la vi tal como se me quedaría grabada: su melena rubia y ondulada, el maquillaje suave que realzaba sus ojos, el sombrero ladeado, los guantes hasta el codo, el vestido gris ajustado que caía bajo las rodillas.
La imaginé de pie, bajo el magnolio, con la Catedral y la Giralda difuminadas por la niebla y la luz temblorosa de las farolas de gas, las antorchas encendidas en los muros, en aquel rincón.
Solo ella, en el centro, llenándonos de calor y aislándonos de aquella ciudad helada.
En ese momento supe, sin palabras, que esa imagen me acompañaría siempre.
Y aquí es donde estoy, justo donde quiero estar.