CAPÍTULO 29
Había oído hablar de Loreto desde niño, pero nunca había tenido motivos para visitarlo. Ahora, mientras surcaba el cielo hacia Espartinas, con el rostro destrozado, pensé en lo que finalmente me llevaba hasta allí: encontrar al presidente de la República.
El helicóptero viró sobre el Aljarafe. Me asomé por la puerta, aferrándome al arnés, y el santuario fue apareciendo entre la niebla.
Primero vi las campanas, negras contra el cielo que empezaba a clarear.
Después surgieron los tejados, las palmeras sacudidas por el viento y una extensión de muros que parecía no terminar nunca.
Cada giro descubría otro patio, otra hilera de ventanas oscuras.
Desde arriba, aquel lugar parecía contener una ciudad que hubiese decidido encerrarse para sobrevivir al mundo.
Una torre maciza sobresalía entre las construcciones, oscura y desnuda frente a los muros encalados.
Los siglos habían levantado aquel refugio por partes, dejando sus cicatrices en la piedra, en los tejados vencidos, en las puertas que habían resistido a tantos hombres.
Pensé en las guerras que habrían pasado junto a aquellas tapias. Ahora llegábamos nosotros.
Las antorchas ardían junto a las entradas y bajo las galerías.
Su resplandor enrojecía la cal, mientras el humo se arrastraba sobre las cubiertas.
Al acercarnos, el rotor sacudió las copas de los árboles y las llamas se tendieron contra los muros.
Vi cerrarse una ventana. Una figura de hábito oscuro cruzó un patio y desapareció bajo los arcos. Todo parecía recogerse hacia dentro.
La magnitud del recinto me sobrecogió. Desde el cielo, el complejo se desplegaba como un feudo inexpugnable. A diferencia de la Sevilla sumida en tinieblas que acabábamos de dejar atrás, el monasterio resplandecía como un faro obsceno.
Me di cuenta de que era un lugar con historia y leyenda entre los mismos muros. Un lugar perfecto para ocultarse… o esconder algo importante.
Tras el Apagón, el monasterio había vuelto a ser ocupado por franciscanos.
Apartado, rodeado de olivares, debía de haber conservado una paz difícil de encontrar en otros lugares.
Imaginé que el presidente había contado con aquella hospitalidad, con la discreción de una casa donde un huésped podía cerrar la puerta y quedarse a solas.
No sabía qué les habría contado a los frailes para que lo acogieran.
Allí estaba él, resguardado entre aquellos siglos, mientras el país que pisoteaba aprendía a vivir sin calor.
Sergio se inclinó hacia mí.
—Mantente cerca. Déjanos el trabajo sucio a nosotros.
Asentí, aunque el movimiento me hizo doler hasta la mandíbula. La tensión de la llegada empezaba a relegar el dolor a un segundo plano.
Dos hombres aparecieron en una de las cubiertas. Vi el primer fogonazo antes de comprender que estaban disparándonos. El helicóptero cambió de posición y tuve que aferrarme al asiento.
La UEI respondió. El viento les azotaba la cara, pero ninguno apartó la vista del objetivo.
Cuando volvimos a tener el tejado a la vista, los hombres habían caído.
El piloto nos dejó junto al muro exterior. Antes de bajar, comprobé mi pistola, que había recuperado antes de abandonar la Torre.
El copiloto abandonó también la cabina. El piloto permaneció con el aparato, preparado para sacarnos de allí.
Los otros cuatro y yo avanzamos hacia el recinto.
El aire desplazado por las palas levantaba tierra mojada y hojas que se me pegaban al abrigo.
Las pequeñas piedras me golpeaban el cuerpo como metralla.
Atravesamos una puerta y el ruido del helicóptero quedó amortiguado por los muros. Respiré hondo: cera y pólvora llenándome los pulmones. Ya estaba donde quería estar. Estaba ansioso por llegar.
Un fraile se apartó contra la pared al vernos. Tenía una mano sobre el pecho y la boca abierta, pero no dijo nada.
Cruzamos una galería de ladrillo. Los arcos se sucedían bajo la luz vacilante de los candiles; más allá, un patio guardaba todavía la oscuridad de la noche. Frailes corriendo a resguardarse, olor a incienso mezclado con el verde de las plantas.
Una puerta lateral se abrió de golpe. El disparo retumbó bajo la bóveda y el agente que iba delante retrocedió contra el muro. Su compañero respondió. El hombre de la puerta cayó y el eco siguió golpeándonos mucho después de que cesara el fuego.
El agente alcanzado se llevó una mano al pecho. Otro lo revisó y comprobó que el chaleco había detenido el disparo, mientras Sergio vigilaba el corredor. El herido tardó unos segundos en enderezarse; cuando reanudó la marcha, respiraba con dificultad.
Cada esquina podía ser una emboscada. Miré mi pistola reglamentaria y me sonreí por dentro: entre aquella élite armada hasta los dientes, yo parecía llevar un tirachinas a la guerra.
Seguimos avanzando. A través de una puerta entreabierta vi el brillo de un retablo, una multitud de figuras doradas que la luz de las velas parecía agitar. El olor de la pólvora que traíamos se quedó suspendido entre aquellas imágenes.
Otro disparo llegó desde una galería y arrancó esquirlas de mármol del suelo. Me encogí junto a Sergio. Hubo órdenes breves, pasos y una nueva detonación. Después, silencio.
Los agentes comprobaron el corredor antes de hacernos avanzar.
Me costaba acompasar mis movimientos a los suyos; entre ellos me sentía fuera de lugar.
Contemplaba la acción con admiración, sin querer intervenir ni importunar, como un niño ante sus ídolos.
Aun así, al levantar la cabeza, seguía impresionándome aquel lugar desmesurado: las bóvedas sobre nosotros, las ventanas cerradas, los rostros pintados de los santos observando cómo volvíamos a llenar de violencia sus paredes.
Sergio levantó una mano y nos detuvimos al final del corredor.
—Ahí está el hijo de puta.
Seguí su mirada.
El segundo patio se abría entre galerías blancas. Arriba, los cristales recogían una lastimosa luz gris que apenas conseguía atravesar la suciedad. Abajo, una vegetación exuberante resistía, castigada por el frío. El viento removía las hojas húmedas y llevaba de un extremo a otro el humo del fuego.
En el centro se abría un pozo cuyo brocal estaba recubierto de conchas marinas.
El paso de los años lo había castigado: algunas se habían desprendido y la verdina ocupaba los huecos que dejaban.
Las que aún conservaban el nácar nos devolvían destellos del fuego.
Aquella imagen me regaló un recuerdo de olor a mar y sonido de olas.
Había algo de paz en aquella obra, una curiosa unión de campo y mar alrededor de una boca de oscuridad.
El presidente estaba junto al pozo. A sus pies había una maleta mal cerrada, con una manga atrapada entre las dos mitades. Llevaba el abrigo abierto y la corbata torcida. Al vernos, se enderezó y se pasó una mano por el pelo.
Era la primera vez que lo tenía delante.
Era más alto de lo que había imaginado, de hombros anchos y rostro alargado, con la mandíbula marcada y unas cejas oscuras que endurecían la mirada.
El pelo, peinado hacia atrás y agrisado en las sienes, conservaba un orden que el resto de su aspecto había perdido.
Reconocí el rostro de los periódicos, la boca que nos pedía sacrificios, los ojos que parecían mirarnos a todos cuando hablaba ante las cámaras.
Un infame ejemplar de persona. Busqué en aquella criatura algo que explicara tanto poder.
Tuve que retenerme para no dejarme llevar por mi necesidad de acabar con él. No quedaba nadie por encima.
La Raíz estaba esperando que alguien lo sacara de allí.
Dos agentes continuaron por las galerías. El otro permaneció cerca de nosotros. Sergio entró en el patio y yo avancé a su lado.
El presidente miró los galones de mi hermano.
—Teniente, ordene a sus hombres que bajen las armas.
Sergio siguió avanzando.
—Apártese del pozo y mantenga las manos a la vista.
El presidente frunció el ceño.
—Le estoy dando una orden.
Nadie la obedeció.
Durante un instante pareció no saber qué hacer con aquel silencio.
—¿Dónde está el responsable de esto?
—El ministro está detenido —dije.
Volvió la cabeza hacia mí y me reconoció. Su expresión cambió.
—Usted.
Pronunció la palabra como si le hubieran manchado la ropa.
—Tenemos las autorizaciones de Presidencia —continué—. Las que están relacionadas con los desvíos de energía.
—Eso tendrá que demostrarlo.
—Lo haremos.
Se humedeció los labios. Miró hacia el corredor por el que habíamos llegado.
—Había dispuesto mi salida. Esos hombres tenían instrucciones de retirarse. Si han disparado, ha sido por su cuenta.
—También los muertos actuaban por su cuenta —murmuré.
—Yo no ordenaba esas cosas. Terry se encargaba de la seguridad.
—Y el ministro cumplía órdenes. Siempre hay otro.
El presidente me sostuvo la mirada, irritado.
—Usted no tiene ni idea de lo que significa mantener un país en pie.
—He sufrido lo que ustedes llaman mantener un país en pie: hambre y oscuridad.
—La energía había que administrarla. Había reservas, había necesidades que la población desconocía…
—Había compradores.
Se quedó callado.
El viento empujó una hoja seca hasta sus zapatos. La apartó con la punta, como si aquella pequeña molestia le permitiera posponer la respuesta.
—Alguien tenía que tomar decisiones.
—Y ustedes cobraban por ellas.
—Todos se han beneficiado.
—No, solo ustedes.
Miré su abrigo, la maleta preparada, el resplandor de las antorchas sobre las ventanas.
—No he visto mucho de ese beneficio en las calles.
Desde el interior llegó una voz baja. Después se unieron más voces graves.
Los frailes cantaban gregoriano en alguna estancia, fuera de nuestra vista.
Aquellos pasillos de arcos hicieron su trabajo: tomaron aquel canto acompasado y lo multiplicaron, un eco que bajaba de las bóvedas y volvía de cada rincón hasta llenar el patio.