CAPÍTULO 28
El ajetreo de la intervención había quedado atrás. El ministro permanecía bajo custodia en una sala de la planta baja, y la Torre del Oro recuperaba poco a poco su silencio ancestral.
Uno de los agentes, sanitario del equipo, me había limpiado la sangre del rostro, desinfectado y cubierto las brechas y comprobado que podía mantenerme en pie. Aun así, había sido tajante: necesitaba un hospital cuanto antes. Sergio no hacía más que recordármelo.
Yo seguía preguntándome cuánto tardaría el presidente en enterarse de lo ocurrido. Me apoyé en la barandilla del mirador, junto a mi hermano, que no me quitaba ojo de encima.
—Sergio, ¿me dejas tu reloj? —Señalé el dispositivo multifunción que llevaba en la muñeca.
Asintió sin dudar, se lo quitó y me lo entregó.
—No tardes, hermano. Aquí todo se mueve rápido.
Activé la llamada cifrada y marqué al Wifi. Tardó unos segundos en responder; su voz sonó cargada de sueño y desconfianza.
—¿Ángel? ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—Necesito un favor, Curro. Uno grande.
—Dime.
—El ministro ha señalado al presidente. Dice que es la Raíz. Necesito encontrarlo y saber si hay algo que sostenga esa acusación.
Curro tardó en responder.
—¿El presidente? Ángel… La última vez casi me cuesta la vida.
—Lo sé.
—Y ahora me pides que vuelva a meterme.
Miré hacia la puerta del mirador.
—Han matado a otro de los informáticos. Lo tenía al lado, Curro.
Escuché su respiración al otro extremo.
—En lo que descifré había comunicaciones de Presidencia —dijo al fin—. Entonces no sabía qué importancia tenían.
—¿Podrían llevarnos hasta él?
—Podrían darme por dónde empezar. Encontrarlo es otra cosa.
—Inténtalo. Estoy con gente de confianza.
—Dame tiempo. Y no me llames mientras trabajo. Si no vuelvo a llamarte, ya sabes lo que habrá sido de mí.
—Gracias, Curro. De verdad.
Colgué y me quedé con el reloj en la mano.
Sergio me miró en silencio. Luego dijo en voz baja:
—Si vamos a por el presidente, necesitamos algo más que la palabra de un detenido intentando salvarse.
Sostuve su mirada.
—Lo sé. Por eso he llamado a Curro. Pero tampoco podemos quedarnos esperando a que desaparezca.
Sergio asintió despacio, barriendo con la mirada a los de la UEI en guardia y, al fondo, a Sevilla intentando despejar la niebla. Luego volvió a mí.
—¿Puedo contar contigo? —pregunté, sin margen para dudas.
No tardó ni un segundo. Me puso la mano en el hombro, firme, como cuando éramos críos.
—Siempre, hermano. Hasta el final.
Asentí en silencio. Por primera vez en todo este tiempo, no me sentí solo asomándome al abismo.
Bajamos juntos a la planta baja de la Torre. En un rincón, detrás de una barra de servicio, encontré una estantería polvorienta con botellas. Reconocí una botella de un viejo brandi. Me apeteció su sabor, el calor breve en la garganta, aquel pequeño consuelo conocido.
—¿Una copa? —ofrecí, levantando la botella y dos vasos.
Sergio negó con una sonrisa cansada, ajustándose el chaleco y echando un vistazo a los suyos.
—Mejor no. Debo estar con el equipo por si toca salir corriendo. Quédate tú con el reloj, por si llama el Wifi. Y no tardes mucho ahí fuera, ¿eh?
Asentí, agradecido, guardé el reloj en el bolsillo del abrigo y me serví una generosa. Salí al muelle de carga, acompañado por la brisa suave del río y el lamento eterno del agua arrastrando su tortuosa historia.
Me senté en el borde, con los pies colgando sobre el vacío, justo donde antaño descargaban tesoros bajo la mirada de la torre.
Y me concedí un momento para fijarme en mí mismo: el abrigo, viejo compañero, manchado y desgarrado; los oxford , que por la mañana brillaban, ahora parecían haber sobrevivido a una guerra; los pantalones, rotos.
La copa temblaba un poco entre mis dedos.
Me palpé la cara: hinchada, con sangre seca y brechas que ardían.
Bebí. El calor del alcohol me encendió la garganta y el cuerpo maltrecho. Se me escapó una sonrisa torcida.
Si mi madre me viera ahora, llegando a casa con este aspecto… diría lo de siempre: «Este niño, siempre con la ropa rota, lleno de churretes y postillas».
Alcé la copa hacia la ciudad iluminada, brindando por la ironía.
—A tu salud, Sevilla. Y a la mía, si queda algo de ella.
Y de nuevo me encontraba ahí, embriagándome de esa sensación única, consciente del extraño privilegio de estar viviendo una época que algún día sería historia.
Me quedé allí, con la copa en la mano, los pies colgando y la mirada perdida en la corriente oscura.
Antes de salir, le había pedido un cigarro y fuego a uno de los agentes. Lo encendí al abrigo de la mano.
El silencio de la noche junto a un rio también víctima de la historia, abría lugares donde mi mente hacía tiempo que no quería entrar.
Me pregunté en qué momento habíamos dejado de temer aquel futuro para empezar a vivirlo.
Recuerdo, de pequeño, cómo algunos expertos en televisión alertaban de una distopía que podía llegar.
Eran advertencias que presagiaban la catástrofe, pero nadie les hacía caso. Nadie quería pensar que lo peor pudiera suceder.
Los documentales mostraban las consecuencias que tendrían nuestras acciones, y aquella distopía sonaba a ciencia ficción. Al menos así se lo tomaba la gente.
Pero el futuro que pintaban llegó.
Tocó reconocer que los expertos tenían razón. Poco a poco, aquella distopía se convirtió en realidad y, con el tiempo, la palabra perdió el acento. Empezamos a decir simplemente que vivíamos en Distopia.
Ya nadie distinguía si nos referíamos a una época —la era de la escasez y el control— o al propio planeta hostil en que sobrevivimos.
El planeta heredado, deformado, irreconocible.
Nadie lo llamaba Tierra. Para todos era Distopia: el tiempo y el lugar a la vez.
El aire que respiramos, el silencio que nos envuelve, la desesperanza que nos inunda, el tiempo que sufrimos...
Volví a mirar el río. No había respuestas en sus aguas turbias, pero al menos me recordaban que seguimos moviéndonos, aunque fuera a la deriva.
La espera se alargó durante horas. El tiempo, después de una noche así, se vuelve un animal sin forma.
La copa calentaba, pero no vencía el frío metido en los huesos ni el cansancio que pesaba en los párpados.
Entré varias veces en la Torre para resguardarme y preguntar si había novedades.
Sergio seguía pendiente de mí; yo, del reloj que llevaba en el bolsillo.
Cuando el frío me permitía volver al muelle, me sentaba a mirar el agua.
Pensé que alguien ya habría avisado al presidente. No era ingenuo: la ausencia del ministro y del secretario podía haber despertado sospechas.
Cada hora que pasaba le daba más margen para esconderse.
En una de aquellas salidas, el este empezaba a teñirse de gris. Niebla sobre el río, aire cortante y húmedo, frío que no perdona. Sevilla amanecía igual de inhóspita y hermosa, envuelta en su velo terco.
Me encogí en el abrigo, di otro sorbo y pensé, con humor negro, que al menos el brandi seguía sabiendo a gloria aunque el mundo se desmoronara, mientras esperaba la llamada que podía cambiarlo todo.
Vibró el reloj en el bolsillo. Un pitido sordo. Tardé un segundo en recordar dónde estaba. Lo saqué y acepté la llamada.
—¿Ángel? —La voz del Wifi, tensa.
—Aquí. Dime.
Hubo un silencio breve. Después habló deprisa:
—Monasterio de Loreto, en Espartinas. He localizado una comunicación reciente de su equipo de seguridad. Están preparando su salida.
Cerré los ojos, dejando que calara.
—¿Y lo del ministro?
—He podido relacionar las autorizaciones de Presidencia con los desvíos de energía de la bobina. Te enviaré lo que tengo a este reloj. Hay material para investigar al presidente, Ángel.
—Gracias, Curro.
—Encuéntralo antes de que se marche. Y cuídate.
Colgué, miré por última vez el río y pensé la siguiente jugada. Apuré la copa; el calor concentrado de mi buche se mezcló con el regreso del dolor en cada músculo. Me levanté con esfuerzo. El día apenas comenzaba y esa vez era yo quien repartía cartas.
Volví a entrar en la Torre. El correteo de los hombres por las escaleras había cesado, pero la tensión se palpaba en el ambiente.
Unos permanecían apostados en los bajos y otros en el mirador, asegurando la zona.
Encontré a Sergio inclinado sobre una mesa improvisada, entre mapas y pantallas.
Me acerqué y le susurré, con una chispa de determinación:
—Lo tenemos. Loreto, en Espartinas. Están preparando su salida. Curro ha encontrado comunicaciones de su seguridad y autorizaciones relacionadas con los desvíos. Va a enviarlas a tu reloj.
Sergio me sostuvo la mirada. Le mostré la pantalla del reloj y comprobó la información que empezaba a llegar. Después lo guardé de nuevo en el bolsillo.
—¡Señores, a prepararse! Nos vamos de excursión.
Un barullo de voces y exclamaciones recorrió al grupo. Alguno soltó un «¡vamos!»; otros rieron mientras ajustaban chalecos, comprobaban armas y recogían el equipo. Curtidos en mil operaciones, todavía les brillaban los ojos cuando llegaba el momento de salir.
—Que venga una patrulla de confianza a hacerse cargo del detenido —ordenó Sergio—.
Y dejadles una cosa muy clara: este hombre es ahora mismo el detenido más importante de la República.
Si desaparece, si alguien habla con él sin autorización o si le ocurre algo, responderán personalmente por alta traición. En cuanto llegue el relevo, salimos.
Sus hombres se pusieron en movimiento. Sergio volvió hacia mí.
—Tú apenas te tienes en pie.
—Puedo llegar.
Me miró unos segundos, sin dar por buena la respuesta.
—Vendrás conmigo. Y no te separarás de mí.
La adrenalina me volvió a encender la sangre, pero al enderezarme el dolor seguía allí. Llegado a este punto, no me perdería el espectáculo por nada del mundo.
Cuando llegó la patrulla de relevo, caminamos rumbo al Prado de San Sebastián, envueltos en la niebla matinal.
Ellos acortaban el paso para ajustarlo al mío.
Sergio caminaba a mi lado; cuando tenía que detenerme, se detenía conmigo.
El aire frío me azotaba la cara. Sentía el vértigo de lo que estaba por venir.
Por primera vez en mucho tiempo, se encendía aquella chispa de emoción de los primeros años.
Pero cada paso me recordaba en qué estado iba a afrontarlo.
Hacía años que no me subía a un helicóptero en una operación real.
El aparato aguardaba en el Parque del Prado, frente a la antigua Fábrica de Tabacos.
A esa hora, el parque era un cuadro de sombras y luces anaranjadas; árboles altos y desnudos se recortaban en la bruma, y el césped húmedo absorbía el rumor de nuestras pisadas.
Antes de cruzar hacia el parque, alcé la vista: frente a nosotros, el Cid a caballo se erguía en su pedestal, con la lanza alzada queriendo romper la niebla.
La estatua parecía mirarme; exigía entereza frente al enemigo, y yo, arrastrando los pies y sangrando, acepté el envite.
Me aferré a esa visión que me insufló fuerza moral.
Más allá, se alzaban las cúpulas de la plaza de España.
El helicóptero, negro y mate, parecía una bestia dormida: las aspas inmóviles, la cabina encendida con una luz azul tenue.
Sergio me indicó que subiera primero y me ayudó a salvar el desnivel. Toqué el fuselaje: metal frío. Un instante de nostalgia y nervios, y a bordo.
Dos de los agentes ocuparon los puestos de piloto y copiloto. Los otros dos se acomodaron atrás, junto a Sergio y a mí, y aseguraron las armas y el equipo. Mi hermano se sentó frente a mí. Me abroché el arnés con torpeza y él comprobó el cierre.
El motor rugió y las palas comenzaron a girar. Las luces interiores se reflejaban en los rostros concentrados. Miré por la ventanilla: Sevilla emergía entre la niebla, sus monumentos recortados contra el amanecer, el río como guardián de la ciudad.
El rotor levantó remolinos de hojas húmedas. Su vibración me atravesó el pecho y tuve que acomodarme despacio contra el asiento. Pero eso me hizo sentir vivo de nuevo.
Desde el aire, la realidad de Distopia se apreciaba perfectamente.
No quedaba nada de aquella Sevilla señorial.
La ciudad que bullía, que latía toda la noche, ya no existía.
Bajo la claridad incipiente, la ciudad seguía siendo ladrillo roto, devorado por el tiempo.
Apenas se distinguían débiles puntos anaranjados titilando en la oscuridad: velas solitarias en ventanas heladas, hogueras clandestinas en las aceras, la miseria iluminada a cuentagotas.
Desde arriba uno se daba cuenta de que éramos una ciudad de espectros.
Todo se hacía cada vez más pequeño mientras nos alejábamos. El helicóptero giró con decisión hacia el oeste, rumbo a Espartinas. El monasterio de Loreto aguardaba nuestra llegada.
El estruendo del rotor llenaba la cabina. Noté el corazón acelerado. Estaba a punto de enfrentarme al final de la noche más larga de mi vida.
Cerré los ojos un instante, con el rugido de las aspas y el peso de lo vivido. Al abrirlos, la ciudad quedaba atrás. Busqué una postura en la que el arnés no me rozara las heridas.
Sergio y yo nos miramos en silencio, sentados frente a frente en la cabina vibrante. El estruendo hacía inútiles las palabras, pero no hacían falta. Nos sonreímos, cómplices, como los niños que fuimos, cuando jugábamos a ser héroes con misiones imposibles y promesas de lealtad eterna.
Volví a cerrar los ojos, respiré hondo y dejé que el ruido del rotor me taladrara una idea simple en la cabeza: acabaremos con ellos.