Azahar (Distopia 1) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

No era un equipo cualquiera el que irrumpió en la cúspide de la Torre del Oro.

Era la UEI: la Unidad Especial de Intervención de la Guardia de la República.

Su sola presencia imponía respeto, incluso entre los criminales más curtidos y sanguinarios.

Eran la élite, el último recurso; y nunca fallaban.

Un cuerpo cuya historia se remontaba a la antigua Guardia Civil, de la que heredaron no solo el nombre, sino también la disciplina, el temple y la leyenda.

A diferencia de otras unidades, la UEI no necesitaba presentaciones ni alardes.

Sus miembros eran seleccionados tras un proceso extenuante, reservado solo para los mejores: hombres y mujeres capaces de soportar el dolor, la presión y la incertidumbre sin perder la sangre fría.

Su formación era tan rigurosa como secreta, y su lealtad, incuestionable.

Eran expertos en combate urbano, rescate de rehenes, operaciones antiterroristas y asaltos de alta precisión.

Sabían moverse en la oscuridad, leer el peligro en el aire y actuar en silencio.

Y cuando llegaban, los malos se sabían jodidos.

Vestían uniformes tácticos de tonos verdes y negros, reforzados con chalecos antibalas de última generación, rodilleras, coderas y botas diseñadas para cualquier terreno.

Sus rostros, ocultos tras pasamontañas y visores balísticos, no dejaban entrever emoción alguna.

Portaban fusiles de asalto compactos, pistolas automáticas y un arsenal de herramientas que les permitía adaptarse a cualquier escenario.

Cada movimiento era medido, cada gesto fruto de años de entrenamiento conjunto.

Los observé desde el suelo. Mientras unos custodiaban al ministro, otros vigilaban la escalera y comprobaban las armas de los caídos.

Apenas necesitaban hablar. En aquel mirador, donde hasta hacía unos instantes todo había sido arbitrariedad y violencia, sus movimientos imponían un orden que casi había olvidado.

Me costaba creer que hubieran llegado a tiempo.

Un agente se acercó al ministro y le ordenó que se volviera y se arrodillara. Otro le llevó las manos a la espalda y le colocó los grilletes. El hombre que acababa de disponer mi muerte obedeció sin pronunciar una palabra.

Entonces, uno de ellos, con el rostro cubierto por el pasamontañas, se acercó directamente a mí. Se arrodilló y me abrazó. La presión contra el chaleco me arrancó una exhalación de dolor; aflojó los brazos al instante, pero no se apartó.

—Hermano… —susurró—. Qué alegría volver a verte.

Aquel abrazo me devolvió a la infancia de golpe: las promesas hechas en noches de juegos, los códigos secretos, las estampas de fútbol escondidas en los rincones de la ciudad.

Le devolví el abrazo con la poca fuerza que me quedaba, manchando su uniforme táctico con la sangre que me brotaba de la ceja y el pómulo.

Se me dibujó una sonrisa cansada, torcida por la hinchazón del rostro.

—Hermano… llegaste a tiempo, colega… —murmuré, dejando escapar una risa breve, incrédula, entre toses—. Un minuto más y me encuentras cogiendo albures.

El resto de la UEI, sin perder la concentración, vigilaba la escena con escrupulosa disciplina. Sabían lo que significaba ese abrazo y nadie se atrevió a interrumpirlo.

Aquel que me abrazaba era Sergio. Teniente de la UEI, al mando del grupo que acababa de sacarme de aquello. Le había confiado mi vida al hacer la llamada. Ahora tenía su mano en la espalda y apenas podía decirle lo que significaba verlo allí.

Sentí el peso de los años en ese abrazo. De niños, jugábamos en las calles del barrio, inventando claves y escondiendo mensajes en una pequeña oquedad bajo la hornacina de la capilla del Postigo. Esa complicidad, años después, me había salvado la vida.

Sergio permaneció agachado junto a mí, mientras el resto aseguraba la escena.

—Cuando me dijiste que el ministro de Interior podía estar implicado, comprendí por qué no querías hablar con nadie de comisaría.

Asentí. Apenas podía mover los labios.

—No sabía adónde iban a llevarme aquellos hombres. Por eso te dije lo de la nota.

—La encontramos. Torre del Oro. —Miró hacia la escalera—. Hasta entonces no sabíamos dónde estabas.

Me habló de la salida de Madrid, del vuelo y de los minutos que habían necesitado para llegar desde el Postigo. Lo escuché intentando encajar todo aquello con las horas que yo había perdido entre los golpes y la oscuridad.

Cuando pregunté la hora al ministro, todavía no sabía si Sergio habría conseguido venir. Solo me quedaba esperar que sí. Gracias a Dios —pensé— aún quedan profesionales así.

Sergio me miró con preocupación y respeto. Me conoce: testarudo, orgulloso, incapaz de dejar una tarea a medias.

—Necesitas que te vean esas heridas.

Uno de los agentes me acercó una gasa y la presioné contra la ceja.

—Antes quiero hablar con él.

Sergio miró al ministro y volvió a mirarme.

—No tienes que demostrar nada.

—No es eso.

Me ayudó a incorporarme. Tuve que quedarme un instante apoyado en él antes de dar el primer paso hacia el detenido.

Avancé hacia el ministro. Seguía arrodillado y engrilletado por la espalda.

Su mirada vagaba entre el miedo físico a los fusiles y la incredulidad de verse tratado como un criminal común.

El viento rugía en la cúspide, congelando la sangre de mi rostro, y el olor a pólvora quemada lo impregnaba todo.

Me detuve frente a él. Me costaba respirar; cada inhalación era una aguja en el pecho, pero mi voz salió cargada de una rabia ronca, casi gutural.

—¿Sabe, ministro? —silbé, inclinándome sobre él—. Esta vez no va a poder esconderse detrás de un despacho ni de una sonrisa para las cámaras. Esta vez va a responder por cada vatio robado y por cada cadáver que ha dejado en el barro.

Por primera vez, el político de amianto no supo qué decir. La hipocresía política se reflejaba en sus ojos, que parpadeaban, aturdidos por los focos de los cascos tácticos que lo apuntaban.

Mientras yo me plantaba ante él, la UEI no bajaba la guardia: dos vigilaban la escalera de caracol, armas en alto; otros controlaban los accesos al mirador, cubriendo todos los ángulos, sus siluetas recortadas contra la luz mortecina de la ciudad.

El ambiente seguía tenso, pero la situación estaba controlada.

Con ellos en acción, era mejor estar de su lado.

Le hablé al político de la única forma que podía, a pesar de estar roto, con dignidad.

—Dígame, ministro: ¿es usted la Raíz? ¿De usted salían las órdenes?

No respondió al momento y no le di tregua:

—Va a darnos los nombres de todos. Los que han colaborado, por acción u omisión, los que han disfrutado mientras veían el sufrimiento de los demás. No saldrá de aquí hasta escupir el último nombre. Todos acabaréis pagando. Y esta vez no os podréis esconder detrás de ningún cordón policial.

El silencio que guardó me enfureció aún más, si cabía, pero mantuve la mirada serena y fija en él.

Soltó una risa seca.

—¿La Raíz? ¿Yo?

—Eso le he preguntado.

Miró los cuerpos del secretario y de sus hombres. Cuando volvió a hablar, había perdido parte de su arrogancia.

—Yo no decidía todo.

—Pero decidía.

Apretó la mandíbula.

—Cumplía órdenes.

—¿De quién? —pregunté.

El ministro guardó silencio. Sergio tomó la palabra.

—Le hemos oído ordenar que lo mataran —dijo—. Eso tendrá que explicarlo usted.

El detenido nos miró a ambos.

—Quiero garantías.

—Yo quería cenar esta noche —dije—. Y ese muchacho quería seguir vivo.

—Puedo darles nombres. Documentos. Pero no voy a cargar solo con esto.

Sentí que Sergio se tensaba junto a mí.

—Empiece por el nombre —dijo.

El ministro bajó la voz.

—La Raíz es el presidente de la República.

Era demasiado, incluso para mi cinismo curtido a base de palos. No teníamos ni uno honrado en el país. Un asco infinito desplazó la poca esperanza que aún conservaba de que alguno de la casta política no me decepcionara.

El hombre que daba discursos por las ondas de radio exigiendo sacrificios al pueblo, el arquitecto de la «nueva era analógica», la supuesta conciencia del país… era, según aquel hombre, quien dirigía todo.

El parásito supremo de un sistema partidista caníbal y carcomido, que nos devoraba en nuestra cara.

Busqué en su rostro alguna señal de mentira, pero solo vi miedo. Podía estar intentando comprar su salida con un nombre. Tendríamos que comprobarlo.

Sergio se volvió hacia sus hombres.

—Llevadlo abajo. Que quede bajo custodia.

La UEI actuó al instante. Alzaron al ministro, ya sin resistencia, y lo escoltaron escaleras abajo, lejos de la cúspide y de mis ganas de liquidarlo.

Me quedé unos segundos más mirando el horizonte de Sevilla, sintiendo el aire cortante y la frustración ante aquella revelación.

La niebla difuminaba los contornos del río; el Guadalquivir serpenteaba, oscuro, con destellos rojos de unas antorchas que seguían ardiendo en la Torre y que se perdían en la niebla.

Más allá, el centro brillaba con una luz tenue y cálida, un mosaico de farolas que prometía una calma que yo veía muy lejos…

A mí todavía me iba a costar encontrarla.

Habíamos llegado al ministro de Interior creyendo que las órdenes terminaban en él. Ahora señalaba al presidente.

Mientras el viento intentaba arrancarnos del mirador, comprendí lo que aún nos quedaba: comprobar aquella acusación y, si era cierta, impedir que escapara. En mi estado, apenas podía sostenerme.

Pero Sevilla todavía necesitaba aquel último esfuerzo.