CAPÍTULO 26
El dolor fue lo primero. Un latido sordo en la sien.
El sabor de la sangre por toda la boca. No sabía ni dónde estaba.
Abrí los ojos con esfuerzo, parpadeando hasta enfocar la escena.
Me habían llevado al mirador. Tenía las muñecas sujetas con bridas a una argolla oxidada, incrustada en la pared por encima de mi cabeza.
La espalda rozaba la piedra rugosa y apenas encontraba una postura en la que el peso del cuerpo no tirase del hombro herido.
Los tobillos también estaban unidos con bridas.
La temperatura allí arriba era aún más baja que a ras de suelo; el mercurio seguro que estaba en negativo.
Una brisa constante convertía la espera en suplicio, mezclándose con el leve tufo a gas de las antorchas que ardían en las paredes exteriores.
Bajo el mirador, la niebla cubría la ciudad.
Por encima de aquella capa se abría un cielo despejado e implacable.
Sevilla, completamente helada, insoportable.
Ni siquiera ese aire gélido conseguía aliviarme. Atado allí, el cuerpo no me respondía.
Frente a mí, la cúspide de la Torre del Oro se recortaba contra el cielo nocturno, queriendo escapar del asfalto quebrado.
Algunos edificios conseguían sobresalir de la niebla.
El Guadalquivir permanecía oculto; apenas se percibía su fluir.
El viento, al soplar, hacía vibrar las barandillas de hierro y arrancaba lamentos a su paso por las aberturas en las piedras centenarias de la Torre.
Era un lugar inhóspito, expuesto. Un suicidio permanecer allí mucho tiempo.
Debía ser una muerte horrorosa si nos dejaban atados. Prefería que me ejecutasen.
A mi lado, el joven informático, en la misma posición: atado, la cabeza gacha, la sangre seca formando costras en su rostro.
La imagen me recordó a una crucifixión de tantas que había visto en el arte cristiano.
Frente a nosotros, de pie y en silencio, los dos hombres que nos habían capturado vigilaban con los rostros endurecidos por la violencia reciente.
Junto a ellos, un tercero destacaba: un hombre mediano tras un bigote con su gran panza.
Ridículo personaje, pensé. Vestía parecido a mí, pero su abrigo largo y oscuro, de calidad, delataba otra clase.
Tenía esa elegancia impostada que se reconoce en las altas esferas.
Sus ojos, pequeños y llenos de maldad, recorrían la escena con una calma inquietante.
Tardé unos segundos en reconocerlo, pero la memoria me devolvió la imagen: el secretario nacional de la Agencia de Control, don Arturo Terry, el mismo rostro visto en portadas, siempre junto a titulares de seguridad, vigilancia y mano dura.
A pesar de su imagen, ese hombre escondía una gran maldad y mucho poder.
Fatídica combinación. Lamenté depender de ese hombre.
Un silencio nos invadía, roto solo por el silbido del viento y el rumor lejano del río.
Sentí su mirada fija en mí: fría, calculadora, cargada de desprecio y amenaza.
Uno de los asaltantes, al verme recobrar la conciencia, se inclinó y le murmuró algo.
El secretario no apartó la vista; sus labios apenas se curvaron en una mueca que delataba cuánto disfrutaba el momento.
Tragué saliva y, tras un suspiro, se me escapó inconscientemente un chasquido bucal. Pura resignación. Sabía que, allí, mi destino dependía de aquel puñetero enano panzón.
Mantuvo sus ojos fijos en los míos; no se le movió un músculo, pero sus pupilas destilaban una violencia contenida. Sin apartar la vista, inclinó apenas la cabeza hacia el hombre de su derecha, un gesto mínimo que la luz vacilante de las antorchas hizo visible.
El agente captó la orden al instante. Con parsimonia, extrajo una pistola corta con silenciador y se colocó frente al informático. El muchacho, temblando, comprendió lo que iba a suceder. Levantó la cabeza y susurró, casi sin voz:
—No… por favor…
El cañón se apoyó en su frente ensangrentada.
El tirador giró apenas el rostro para asegurarse de que yo lo veía todo.
Nuestros ojos se cruzaron: los suyos, serenos y vacíos; los míos, abiertos por la furia impotente.
Apretó el gatillo. Un silbido breve rasgó el aire.
La cabeza del joven se estrelló contra la pared con un golpe seco y hueco; su cuerpo quedó colgando de las ligaduras, como un muñeco roto.
Un reguero oscuro comenzó a resbalar por la piedra.
Solo quedó el viento ululando entre las almenas.
El agente bajó el arma, revisó con indiferencia la corredera y volvió junto al secretario, que seguía mirándome con la misma expresión marmórea.
El olor a sangre se mezcló con la humedad del río.
Un vacío helado se abrió en mi pecho; no podía apartar la vista del muchacho, de aquella muerte ejecutada con la frialdad de una firma.
Algo crujió en mis entrañas: rabia, dolor, un destello de odio que ardía más que el miedo. El secretario alzó al fin una ceja y habló con voz baja, casi cordial, como si negociara un trámite.
—Bien, sargento. Ahora que hemos eliminado las distracciones, hablemos de usted.
El silencio tras el disparo, unido a las palabras del secretario, anunciaba un final infausto.
El cuerpo del joven todavía temblaba en un último espasmo.
Yo no aparté la mirada del muchacho. El secretario quería que aquella muerte se me quedara grabada, que comprendiera la inutilidad de mi resistencia.
Era parte de su tortura. La sequedad me quebró la garganta.
En ese instante, el rostro de Lola se impuso nítido. La había dejado esperando por aquel muchacho y ahora lo tenía muerto a mi lado. Ni siquiera había conseguido salvarlo.
Me pregunté si habría recibido la nota, si aún guardaba alguna esperanza de verme aparecer o si había decidido que ya había esperado bastante. Recordé el mármol tibio del Rinconcillo. Todavía podía sentirlo bajo los dedos.
El viento azotó con más fuerza la cúspide, como decidido a borrar cualquier resto de vida de aquel lugar.
Cerré los ojos un instante, deseando retroceder.
Había salido del Rinconcillo porque no habría soportado cenar sabiendo que otro podía morir.
Ahora quería estar sentado en aquella mesa, aunque el mundo entero se fuera a la mierda. Tarde. Ya era muy tarde.
Abrí los ojos y me encontré de nuevo con la mirada del secretario: fría, despiadada, esperando mi reacción como un felino que juega con su presa aún viva, sabiendo que al final la devorará.
Me pregunté a qué esperaba, por qué me mantenía vivo allí.
Avanzó un paso, manos cruzadas a la espalda, la silueta recortada contra la noche.
Su voz, cuando habló, fue baja y modulada; escuchar cada palabra suya era un suplicio.
—Vega… No se imagina la cantidad de problemas que nos ha dado. Un verdadero quebradero de cabeza para esta Agencia. Ha cruzado líneas que nadie cruzaba y ha hecho preguntas que nadie quería responder. ¿No se ha enterado o no se ha querido enterar? Ya debería saber que es la República.
Acercó su rostro al mío. Sentí su aliento en la piel.
—¿Sabe qué es lo que más me molesta? Que, pese a todo, sigue creyendo que puede marcar alguna diferencia. Que su vida, sus decisiones, importan algo.
Se incorporó, miró el cadáver y volvió a mí.
—Aquí termina su historia. Y créame, nadie va a recordarla.
Sacó una pitillera de plata, encendió un cigarro con un mechero antiguo y aspiró con lentitud.
Tras unos segundos, sacó otro cigarro y me lo mostró con una cortesía insultante.
—¿Un último cigarro?
Lo encendió y me lo colocó entre los labios partidos.
El humo me llenó la boca con un sabor áspero, familiar.
Comprendí que aquello era un ritual antiguo y cruel.
El escozor del humo en los ojos y el velo de la sangre apenas me dejaban ver.
Cada calada me escocía en las heridas de la boca, pero aun así me supo al mejor cigarro que había fumado en mi vida.
Un placer indecente que, por un momento, alivió todo mi tormento.
—Disfrútelo —murmuró—. No le quedarán muchos placeres.
Debió ver la satisfacción en mi rostro. Quise interpretar aquel gesto como una forma de respeto. El cuerpo del muchacho seguía a mi lado.
El viento arrastró el humo hacia el río. Luego sacó un reloj moderno, de aspecto caro; la pantalla le iluminó el rostro. Sonrió, satisfecho: había recibido un mensaje.
—Ya ha llegado el ministro —dijo seco, sin apartar la vista—. Baja y acompáñalo. Seguro que está deseando contemplar esta escena… Qué bella escena, ¿no? Un paisaje inmejorable.
Mientras hablaba, se asomó al mirador. Al fondo, la cúspide de la Giralda iluminada por el fuego de sus antorchas.
Uno de sus hombres asintió y desapareció escaleras abajo. El secretario guardó el reloj, dio una última calada y se volvió hacia el río, saboreando su obra.
Sujeté el cigarro entre los labios y escuché. Alguien subía por la escalera. El ministro. Recordé la sospecha que me había llevado hasta allí: ¿sería él la Raíz? Intenté mantener la cabeza erguida para verlo aparecer.
Los pasos firmes por la escalera imponían allí arriba. El secretario se irguió, alisó el abrigo; sus hombres adoptaron una rigidez de estatua. Alcé la vista cuando apareció el perro de presa que había bajado antes, escoltando a la figura que emergió del umbral: el ministro de Interior.
No era lo que uno esperaría de quien ordena muertes con una palabra.
Tenía el porte de un profesor o un médico de familia: rostro afable, redondeado, gafas de montura fina, abrigo claro impecable y bufanda azul celeste.
Caminaba con calma estudiada, manos a la espalda.
Sonrió cortés al llegar, como si saliera a una recepción.
Lo observé con asombro y repulsión. En las fotos oficiales aparecía sonriendo junto a niños y ancianos; hablaba de valores y de futuro.
Un rostro diseñado para inspirar confianza.
Pero yo sabía —con la certeza pesimista de quien ha visto demasiado— que por dentro era oscuro como el cauce del río.
Podrido hasta el tuétano. Los eligen así: con fachada de bondad, para que nadie sospeche lo que hacen cuando se apagan las cámaras.
Se detuvo junto al cadáver; lo miró apenas y me miró con una lástima fingida.
—Vaya, vaya… Qué situación tan lamentable, sargento. Y en un lugar tan hermoso.
Asintió al secretario, satisfecho.
—Gracias por su eficacia. Ahora, veamos cómo resolvemos este pequeño inconveniente.
Se acercó despacio; sus ojos, tras las gafas, brillaban con curiosidad y condescendencia.
—Había asuntos pendientes en Sevilla —dijo, mirando de reojo al secretario—. Usted nos ha dado bastante trabajo, sargento. Por fortuna, ha terminado viniendo a nosotros. Debe estar orgulloso: un simple sargentucho ha cambiado la agenda del Gobierno.
Se enderezó y observó en silencio la ciudad desde las alturas.
—Pensábamos que nos lo pondría más difícil. Buscarle por la ciudad, hacer ruido… Pero no ha hecho falta. Ha venido usted solo. Nos ha ahorrado trabajo. Se lo agradezco.
El viento jugaba con su fuerza, arreciaba y amainaba. Él se inclinó un poco más, en un susurro confidencial:
—A veces, los problemas se resuelven solos. Y usted era un problema. Muy molesto.
Se enderezó, sacudió el abrigo y me lanzó una última mirada limpia de compasión.
—No se preocupe. Todo quedará en silencio. Como siempre: perfectamente ejecutado, cada cosa en su lugar. ¿Tiene alguna pregunta?
—Sí. ¿Me puede decir la hora?
Un destello de furia recorrió sus rostros, imposible de ocultar.
—¡¿En esta situación se atreve a preocuparse por la hora?! —Era la primera vez que perdía el control.
—Las diez y media —respondió el secretario.
—Diez y media… —repetí.
Intenté sonreír mirando al cielo, pero el labio partido me tiró de la herida.
El ministro, descolocado e incómodo ante mi serenidad, suspiró con impaciencia. Su tono se volvió áspero:
—Si no tiene nada que añadir, acabemos con esto. Cuanto antes nos vayamos, antes habrá un buen whisky en el hotel.
Se giró hacia el secretario.
—Señor Terry, resuelva.
—Ha llegado la hora —ordenó él.
Los agentes se movieron prestos, con más miedo que vergüenza.
El que había disparado al muchacho volvió a levantar su pistola; el otro comprobó el cargador.
Luego se plantaron frente a mí, alineando las armas a la altura del pecho.
Los miré, casi divertido por la coreografía letal.
El negro brillo de los cañones bajo las antorchas me arrancó una sonrisa irónica en los labios partidos.
Me van a disparar los dos, pensé. No quieren dejar ni una opción. Ni una.
Entonces sonó un crujido leve en la escalera. De la sombra emergieron cinco figuras en formación cerrada, sincronizadas. Uniformes de verde y negro, chalecos antibalas, protecciones, pasamontañas y visores. Fusiles de asalto firmes, listos. Equipo impecable, determinación muda.
Se desplegaron en silencio, cubriendo todos los ángulos. El líder alzó la voz con autoridad:
—¡ALTO! ¡GUARDIA DE LA REPÚBLICA! ¡SUELTEN LAS ARMAS!
Cinco segundos bastaron. Los hombres del secretario se volvieron, levantando las pistolas hacia los recién llegados.
Sonaron los disparos y ambos cayeron. Terry intentó sacar un arma del abrigo; otro disparo lo derribó antes de que pudiera apuntar.
El ministro se quedó inmóvil, con las manos abiertas.
La quietud volvió, rota por el zumbido del viento y las órdenes breves de los recién llegados. Uno apartó al ministro de los cuerpos. Otro vino hacia mí.
Cortó las bridas de mis muñecas y tobillos y me sostuvo cuando las piernas cedieron. El dolor me atravesó los hombros al bajar los brazos. Me dejó sentado contra la pared, mientras otro agente se arrodillaba junto al informático.
Miré al ministro. Seguía pálido, incapaz de apartar la vista de los hombres que lo custodiaban.
—Diez y media… Buena hora.
Nadie se rió. Yo tampoco pude. Me temblaba todo el cuerpo.
En unos segundos, mi destino había cambiado. La muerte, inminente hasta un instante antes, me dio una tregua, y sentí que, por fin, la balanza se inclinaba del lado correcto.
La ciudad se extendía a mis pies, indiferente y eterna.
La luz del fuego de las antorchas se fundía con la niebla, envolviendo la Torre y sus inmediaciones en un resplandor casi celestial.
Por primera vez en mucho tiempo, ese viento gélido me acompañaba.
Y en su olor había algo más que podredumbre: también una promesa de supervivencia.
Respiré con cuidado. El aire húmedo olía a Guadalquivir.
La Torre del Oro, eterna guardiana, añadía mi nombre a su archivo de silencios.