Azahar (Distopia 1) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Avanzaba por las calles desiertas, envuelto en la penumbra anaranjada de una Sevilla en la que era bastante difícil permanecer a la intemperie. A esas horas, donde mejor se estaba era junto a una buena candela.

Cada farola derramaba su luz contra la niebla, que la frenaba y la desfiguraba en sombras débiles sobre los adoquines. Caminaba con la mandíbula apretada. La imagen de Lola entrando en el Rinconcillo me acompañaba, pero ya no volví la cabeza.

Antes de llegar al Arco del Postigo desvié mi ruta hacia la comisaría.

El edificio, de día bullicioso, era a esas horas una fortaleza silenciosa, con apenas un par de luces encendidas en la planta baja.

Entré sin ser visto y crucé el vestíbulo con la naturalidad de quien conoce cada grieta de sus paredes.

En mi despacho marqué un número que sabía de memoria.

Hablé poco y en voz baja. Al colgar, permanecí unos segundos con la mano sobre el auricular.

Salí de nuevo a la calle con la duda quemándome por dentro: no sabía si debía haber hecho aquella llamada.

El Arco del Postigo emergía ante mí como una herida abierta en la muralla, un umbral entre el pasado y el presente.

Era uno de los pocos accesos originales que aún sobrevivían de la antigua muralla almohade, testigo de tanta historia y batallas.

Bajo su bóveda de ladrillo, el eco de los pasos parecía multiplicarse, como si las piedras guardaran la memoria de todos los que alguna vez cruzaron ese umbral: comerciantes, soldados, fugitivos, amantes.

Decían los viejos del barrio que, en noches de tormenta, podía escucharse el lamento de un contrabandista ajusticiado siglos atrás, y que la Virgen de la capilla protegía a quienes cruzaban el arco con el corazón limpio.

La capilla de la Pura y Limpia, encajada en la piedra, brillaba tenuemente bajo la luz de un candelabro.

El retablo, protegido tras un cristal empañado, mostraba a la Virgen rodeada de flores marchitas y velas consumidas.

Era un altar humilde, pero cargado de devoción popular: cada diciembre, los marineros del Guadalquivir acuden a pedirle protección antes de embarcarse río abajo.

Se dice que la imagen ha salvado a más de uno de morir ahogado, y que quien deja una promesa bajo su manto encuentra consuelo en los peores momentos.

Busqué con la mirada la pequeña abertura junto al guardacantón de piedra, cerca de la capilla. Seguía allí, apenas visible, un hueco en el que pocos repararían.

Me oculté en las sombras, pegado a la fría piedra, y aguardé.

No tardaron en aparecer los tres hombres.

Caminaban con paso decidido, hombros anchos, el rostro apenas visible entre la niebla.

Vestían de civil, pero su porte los delataba: la rigidez de los movimientos, las chaquetas abultadas que ocultaban chalecos y armas, el destello metálico que asomaba fugaz bajo una manga.

Llevaban mochilas compactas, botas reforzadas y, en la mirada, la determinación de quienes se han enfrentado cara a cara con la muerte demasiadas veces.

Hablaban en susurros. Alcancé a distinguir «Torre del Oro» y, después, una pregunta:

—¿Sigue allí el informático?

—Desde esta tarde. Vamos.

Sentí un vuelco en el estómago. Otro informático. Tenía que averiguar quién era y por qué lo retenían.

Esperé a que se alejaran. Saqué el papel y el bolígrafo que había cogido en mi despacho y escribí unas líneas, apoyándome contra la piedra.

Doblé la nota, la introduje en la abertura y crucé el arco hacia el río.

Un camino recorrido por tantas leyendas de esta ciudad… y que ahora me tocaba recorrer a mí.

Los seguí a distancia, deslizándome entre las sombras. Mis pasos apenas resonaban sobre los adoquines húmedos; el murmullo lejano del río era el único sonido que rompía el silencio de la noche. Sevilla, indiferente a todo, seguía su ritmo en el tiempo.

Al llegar a la ribera, la visión me detuvo en seco.

La Torre del Oro se alzaba majestuosa sobre la orilla, su silueta recortada contra el cielo plomizo.

Pero no era la torre que recordaba de mis patrullas diurnas ni de las postales turísticas: ahora, la piedra dorada resplandecía bajo la luz temblorosa de antorchas, dispuestas en soportes de hierro forjado a lo largo de la base y en las aberturas superiores.

Las llamas danzaban al compás de la brisa, proyectando sombras vivas sobre los sillares y haciendo que la torre pareciera latir, como si respirara con la ciudad.

El Guadalquivir, a sus pies, reflejaba el fuego en destellos dorados y anaranjados, como si el agua misma ardiera en silencio.

El cauce, más ancho y oscuro que nunca, parecía el purificador de la ciudad.

En la otra orilla, las fachadas de Triana apenas se intuían, difuminadas por la neblina y el resplandor de las antorchas.

Todo el paisaje tenía algo de visión antigua, un escenario imponente y apocalíptico, dispuesto para un ritual peligroso.

Me detuve bajo un naranjo y observé cómo los tres hombres cruzaban el paseo en dirección a la puerta de la torre.

Uno de ellos extrajo una llave pesada, de hierro, y la introdujo en la cerradura con un gesto seguro.

La puerta se abrió con un chirrido y los tres desaparecieron en el interior, tragados por la oscuridad.

La puerta encajó tras ellos, pero no oí el giro de la llave.

Me di cuenta de que era diminuto, casi invisible ante la inmensidad de la escena.

La torre, el río, la noche y la historia me envolvían, recordándome que mi vida —mis miedos, mis decisiones, incluso mi misión— no era más que una mota de polvo en el tiempo.

Pensé en todos los que habían pasado por allí antes que yo: soldados, prisioneros, marineros, amantes, traidores.

Todos, al final, devorados por la intrascendencia.

Respiré despacio. El pecho me tiraba bajo la ropa. Aquellos hombres ya estaban dentro y yo seguía mirando la torre. Me obligué a avanzar hasta la entrada.

Me detuve a escuchar. Esperé unos segundos, probé el picaporte y cedió. Al cruzar el umbral, me envolvió un olor mineral y salobre, una humedad espesa que parecía salir de la propia piedra. Los candiles encendidos en las paredes apenas vencían la penumbra.

Recordé la primera vez que visité la torre, siendo apenas un niño, de la mano de mi padre.

Entonces el interior me pareció un laberinto de piedra y ecos, un lugar detenido en el tiempo, donde las voces del pasado susurraban en cada rincón.

Ahora, esa impresión era aún más intensa.

El suelo de piedra, gastado por incontables pisadas, parecía reflejar la inseguridad que se respiraba aquella noche.

Las paredes, gruesas y frías, estaban cubiertas de inscripciones antiguas: algunas apenas legibles, otras trazadas por visitantes anónimos a lo largo de los años.

La torre se dividía en tres niveles unidos por una escalera de caracol, estrecha y empinada.

En la planta de entrada, donde me hallaba, apenas se filtraba un hilo de luz por las pequeñas ventanas enrejadas de una sala amplia y desnuda.

En las esquinas, los restos de viejas argollas de hierro evocaban su pasado como prisión y almacén de tesoros.

El eco de mis pasos rebotaba contra la bóveda, multiplicado una y otra vez, lo que me obligaba a avanzar con cautela, consciente de que debía ser lo más sigiloso posible.

Avancé despacio, pegado a la pared, atento a cualquier movimiento.

El resplandor de las velas dibujaba sombras inquietantes en los sillares, y el silencio era tan profundo que podía oír el latido de mi propio corazón.

De pronto, un grito rompió la tensa calma, seguido de un golpe seco y un murmullo de voces alteradas.

Provenía del piso superior, donde la escalera de caracol ascendía en espiral hacia la oscuridad.

Me detuve, conteniendo la respiración. El grito volvió a sonar, más ahogado, como si alguien intentara resistirse a la violencia.

El eco descendió por la escalera, fundiéndose con el rumor del río.

En ese momento me sentí abrumado por tanta historia: cuántos lamentos y cuánta violencia habría recogido aquella torre a lo largo de su vida.

Pensé que lo que oía no era más que un nuevo episodio en la interminable lista negra de la humanidad grabada en esas piedras.

Apreté los dientes, me subí el cuello del abrigo y comencé el ascenso, peldaño a peldaño, hacia el origen de los gritos. Sabía que cada escalón podía llevarme más cerca de mi último paso.

Subir por aquella escalera de caracol era como adentrarse en la garganta de un gigante de piedra.

Los peldaños eran altos, irregulares, desgastados por tantísimas insignificantes pisadas.

No había barandilla y buscaba apoyo con la mano derecha en el muro helado y rezumante de humedad.

Era un ascenso vertiginoso en el que el hombro izquierdo protestaba a cada movimiento.

Con cada vuelta, el aire se volvía más pesado.

La escalera me encerraba entre la piedra y los gritos que llegaban de arriba.

Me asomé con cautela al borde de la escalera.

La sala superior, iluminada por el parpadeo de las antorchas, era un escenario de pesadilla.

Los tres hombres rodeaban a un joven arrodillado, la ropa empapada de sangre, el rostro desfigurado por los golpes.

Lloraba, suplicando entre sollozos, la voz rota por el miedo y el dolor.

—Por favor… no… os lo ruego… —balbuceaba, protegiéndose el rostro con una mano temblorosa.

Lo reconocí de inmediato, a pesar de la sangre: uno de los informáticos que vi bajo el Patio de los Naranjos; el mismo que, aquel día, me devolvió una mirada de pánico. Ahora, estaba a punto de ser ejecutado como un animal acorralado.

Ellos, implacables, no mostraban un atisbo de piedad. Uno sacó una pistola con silenciador. Otro sostenía una cuerda, preparado para atarlo o para algo peor. El tercero vigilaba la escalera, más pendiente de la víctima que del entorno.

La adrenalina empezó a invadirme. Intervenir era casi un suicidio: estaba solo, en desventaja, y cualquier error me condenaría. Pero si no hacía nada, ese muchacho moriría allí mismo y mi conciencia me perseguiría para siempre.

Sollozos, el resplandor de las llamas, el olor a sangre y piedra húmeda…

Todo se mezcló en un torbellino de urgencia.

Saqué la pistola y apreté la empuñadura.

Eran tres, pero todavía no me habían visto.

Si conseguía abatir al primero antes de que los otros reaccionaran, quizá tendría una oportunidad.

Mínima, pero alguna. Dudé: ¿esperar un momento mejor o actuar ya?

El del silenciador levantó el arma, el cañón a escasos centímetros de la sien del joven. No quedaba tiempo. Subí el último peldaño, levanté la pistola y disparé. El disparo resonó como un trueno en la sala cerrada. El asaltante cayó de espaldas; la pistola rodó por el suelo.

No tuve tiempo para más. El segundo, con un reflejo casi animal, se me echó encima y me estampó contra la pared.

El tercero me golpeó en la muñeca con rapidez brutal; solté el arma.

Intenté zafarme, pero el peso de ambos me inmovilizó.

Sentí la dureza del hierro en la nuca y el sabor metálico de la sangre en la boca.

El joven, aún de rodillas, contemplaba la escena con los ojos ensangrentados; esperanza y terror se mezclaban en un rostro que apenas parecía humano.

Uno me inmovilizó contra la pared mientras el otro me registraba. Me quitó el reloj-comunicador y vació los bolsillos. Después me palpó las piernas y revisó las botas. Se llevaron cuanto pudiera servirme para defenderme.

El primer puñetazo me reventó la ceja izquierda.

Sentí el chasquido húmedo de la piel al abrirse y una catarata de sangre me cubrió el ojo.

Uno me mantenía contra la pared mientras el otro golpeaba.

Mientras intentaba recomponerme, entendí —con la lucidez cruel de quien ya no puede cambiar nada— que había subestimado a aquellos hombres…

o tal vez me había sobrestimado a mí mismo.

Creí, en mi arrogancia desorbitada, que la pericia acumulada en años de calle me otorgaba alguna probabilidad de victoria: una entre cien, quizá, pero suficiente.

Ahora, con la espalda contra la pared de sillares congelados y un antebrazo enemigo presionándome el cuello, esa probabilidad se convertía en cero con la misma facilidad con que la sangre se convertía en charco.

Después, llegó un golpe con la culata de la pistola; oí, más que sentí, el crujido sordo en mi pómulo.

Al ver a su compañero caído, el hombre que me sujetaba me lanzó al suelo y empezó también a golpearme: descargó sobre mí una ráfaga de golpes rápidos, brutales, que me arrancaron el aire de los pulmones.

Intenté alzar los brazos para cubrirme el rostro, pero mis músculos, castigados por el frío y la herida reciente, respondían siempre tarde.

El impacto de los nudillos desnudos contra mi cabeza hizo que mi mente se bloqueara.

Escuchaba mi propia respiración rota, un silbido patético que rebotaba en la bóveda de la torre.

El dolor dejó de ser punzante para convertirse en una manta pesada que me aplastaba contra el suelo.

Con cada impacto, la sala entera parecía girar: el fulgor de las antorchas se alargaba en estelas doradas, las sombras trepaban por la bóveda y el eco metálico de los anillos de hierro en los muros retumbaba como campanas fúnebres.

Así acaba mi historia, pensé, sintiendo cómo la victoria se disipaba, la partida terminaba…

y la Red ganaba. Me pregunté cuántas vidas se habrían quebrado allí antes que la mía: piratas moribundos, prisioneros del rey, contrabandistas ahorcados.

Y si el río, imperturbable, acababa llevándose también el recuerdo de cada una.

Intenté incorporarme y apenas conseguí quedar de rodillas.

Un puñetazo en la base del cráneo nubló el resto de los sonidos.

Los oídos me zumbaban: un latido grave, incesante, como el redoble de un tambor lejano.

El suelo de ladrillo se acercaba y se alejaba a la vez; alcancé a distinguir el rostro horrorizado del joven informático, salpicado de lágrimas y sangre, justo antes de que mi cabeza golpeara contra el suelo y la visión se me enturbiara.

Pensé —con la punzada final de la conciencia— que quizá aún quedaba algo por decir.

Alguna palabra que justificara mi derrota.

Pero no tuve fuerzas para pronunciarla. El último golpe, seco, con la bota en las costillas, me dejó sin aire, tosiendo sangre, incapaz de mover un músculo.

A través de mi ojo bueno, vi cómo las sombras de la escalera se multiplicaban.

La insignificancia me borró. El Guadalquivir continuó su camino, indiferente, mientras aquellas piedras se tragaban otra historia.