CAPÍTULO 24
Me desperté a las cinco de la tarde. No sabía si la noche me esperaba a mí…
o yo a ella. Me preparé un café y lo bebí despacio, reflexionando sobre lo que me depararía el resto del día.
Me afeité sin prisa, disfrutando cada gesto.
Sentía cómo el filo de la navaja se deslizaba por mi piel con precisión, mientras el vapor del agua caliente empañaba el pequeño espejo del baño.
Me vestí con esmero: camisa limpia, corbata oscura, traje bien planchado, abrigo de paño, sombrero y zapatos relucientes.
Quería cenar con Lola. Sentarme frente a ella, escucharla, dejar que la noche transcurriera sin muertos ni órdenes.
Que el mundo se fuera a la mierda por unas horas.
No sabía si sería capaz de concedérmelas.
Salí a la calle. El frío me golpeó de inmediato y la niebla espesa levantaba un muro que apagaba los colores de la ciudad. Caminé respirando despacio; el aire gélido me despejaba, aunque al llenar demasiado los pulmones el pecho todavía protestaba.
La ciudad a esa hora del atardecer adquiría un tono plomizo, un gris absoluto que parecía querer aplacar todo rastro de esperanza.
Los escaparates tapiados de las tiendas eran las fosas comunes de los negocios.
A pesar de los años transcurridos desde el colapso, aún no lograba acostumbrarme a la ceguera de las calles.
Antes, Sevilla te abrazaba con luz, te guiaba; ahora te obligaba a caminar de memoria, tanteando las paredes y confiando en el instinto.
Los pocos transeúntes con los que me cruzaba eran sombras encorvadas, espectros huidizos, temerosos de que yo fuera un asaltante o, peor aún, un guardia con ganas de imponer autoridad.
Ese miedo endémico, esa desconfianza que nos habíamos inyectado los unos a los otros, era el mayor triunfo de los que gobernaban.
Nos habían robado la luz, pero también nos habían robado al prójimo y, sobre todo, la felicidad.
Sin embargo, en medio de esa desolación, yo caminaba hacia Lola; ella era capaz de colorear todo mi gris.
Atravesé la plaza de la Encarnación, donde se alzaban las Setas, esa estructura de madera y hormigón que parecía flotar sobre la niebla.
Aquel colosal esqueleto artificial, que a principios de siglo pretendió ser el símbolo de la Sevilla moderna, era ahora un gigante gris y descuidado.
La madera, sin el mantenimiento de antaño, se había oscurecido y combado por la humedad, y su base había sido devorada por la vegetación.
Ahora, la plaza parecía el fósil de una bestia varada en el tiempo.
El lugar había cambiado mucho desde los relatos de mis padres.
Ellos me contaban que, en su adolescencia, la plaza bullía de gente y, cuando llegaba la Navidad, los puestos ambulantes la convertían en un festival de luces y voces.
Recordé cómo añoraban los noventa y aquellas tardes en que mis abuelos los llevaban a comprar castañas asadas.
Niños corriendo entre los puestos, familias deteniéndose ante los pequeños escaparates y coches que todavía obligaban a interrumpir los juegos.
A pesar de los cambios, la tradición seguía viva: el olor a carbón y castañas flotaba en el aire, y cada vez que lo percibía, un vaivén de recuerdos me devolvía a la infancia, a las manos cálidas de mis padres y a las risas bajo el cielo frío de diciembre mientras me pelaban aquellos frutos.
Seguí mi camino y crucé la plaza del Cristo de Burgos. Los árboles, altos y desnudos, se alzaban con sus ramas retorcidas confundiéndose con la oscuridad del cielo. No había sombras, solo troncos mal erguidos. La plaza, silenciosa y desierta, parecía suspendida en el tiempo.
Al llegar a la parroquia de San Pedro Apóstol, me detuve como siempre.
Me gustaba buscar el pequeño pajarito escondido en la cerámica de la fachada, una costumbre heredada de mi padre, que me animaba a encontrarlo cada vez que pasábamos por allí.
Esta vez también me paré, escudriñé la cerámica y di con el pajarito azul, diminuto y discreto.
Saqué unas monedas y las dejé en la ranura de la limosna.
Recordé la leyenda: quien encontrara el pajarito, dejara limosna y rezara a las ánimas acabaría casándose.
Sonreí para mí: «Espero que esta vez se cumpla».
El tiempo, enemigo de los hombres, no daba tregua. Se cernía sobre la ciudad, implacable. Y, sin embargo, en aquel gesto sencillo, en ese ritual heredado, encontré un pasillo en la niebla
Llegué a la puerta de El Rinconcillo y me detuve bajo el toldo. Saqué el reloj-comunicador del bolsillo: la pantalla marcaba las 19:30. Inspiré hondo; el aire frío y húmedo me resquebrajó por dentro y miré al interior del local.
El Rinconcillo conservaba el encanto de los viejos bares sevillanos: paredes de azulejos gastados, estanterías repletas de botellas antiguas, mesas y sillas de madera oscura.
La luz era cálida y tenue, proyectada por lámparas de gas y velas que parpadeaban sobre las mesas.
El murmullo de las conversaciones y el tintinear de los vasos llenaban el ambiente de una familiaridad acogedora, aunque esa noche estaba más tranquilo de lo habitual, con apenas unos pocos clientes desperdigados.
Crucé el umbral y me acerqué a la barra. El encargado, un hombre de mediana edad, delantal blanco y gesto atento, me preguntó si esperaba a alguien.
—Sí. A las ocho.
Rozar el mármol con los dedos fue una tortura; estaba tibio, impregnado de aquella vida que llevaba tanto tiempo deseando.
Detrás de él, las estanterías de caoba sostenían botellas centenarias cubiertas del polvo venerable de Sevilla, y el olor a espinacas con garbanzos y vino de Jerez flotaba en el ambiente.
Todo en aquel lugar me retenía. A las ocho, Lola cruzaría esa misma puerta buscándome.
Me quedé junto a la barra. Todavía podía recibirla. Bastaba con esperar.
Pensé en su sonrisa, en cómo inclinaría la cabeza para escucharme entre el murmullo de las conversaciones. Por una noche podía ser un hombre que cenaba con la mujer a la que quería. Había otros guardias. Otros hombres capaces de hacer su trabajo. Yo ya había sacrificado suficiente.
El encargado pasó a mi lado con dos copas. Las seguí con la mirada hasta una mesa y, sin querer, imaginé a Lola sentada frente a mí.
Entonces volvió el golpe del cadáver contra la columna.
Apreté los dedos contra el mármol. No sabía qué iban a hacer aquellos tres hombres. Quizá nada que justificara perder aquella noche. Pero ¿y si al día siguiente aparecía otro cuerpo? ¿Cómo iba a convencerme de que no había podido hacer nada?
Saqué un papel doblado del bolsillo y lo alisé sobre la barra. Pedí algo para escribir. Cuando el encargado me dejó un bolígrafo, aún tardé unos segundos en cogerlo.
—¿No va a esperar? —preguntó.
Miré otra vez la puerta.
—No puedo.
Bajé la cabeza y escribí.
Lola:
He venido con la intención de esperarte. Ha surgido algo en la investigación y he intentado convencerme de que podía dejarlo pasar. No he podido.
Siento avisarte así. Quería estar contigo esta noche.
Ángel.
Doblé el papel y se lo entregué al encargado.
—Vendrá una mujer a las ocho. Se llama Lola O’Donnell. Habíamos quedado aquí. Por favor, dele esto.
Asintió y guardó la nota con cuidado.
—Me encargaré personalmente.
Le di las gracias con una leve inclinación.
Antes de salir, volví la cabeza hacia las mesas.
Todavía deseaba que ella llegara antes de que yo alcanzara la puerta.
Con verla entrar me habría bastado para quedarme.
Esperé un instante más, pendiente de que se abriera.
Después salí, dejando atrás el calor y la luz de El Rinconcillo.
Bajo una farola me detuve. Aún podía volver, pedirle al encargado que me devolviera el papel y esperar a Lola. La puerta seguía allí, a unos pasos. Me quedé mirando su luz hasta que el frío empezó a atravesarme el abrigo. Después me obligué a caminar.
Quizá Lola no quisiera volver a verme después de leer aquella nota.
Tenía derecho. No podía pedirle que siguiera esperando mientras yo decidía cuándo nos tocaba vivir.
Podía volver al bar; nadie me lo impedía.
Pero no sería libre quedándome sentado en aquella mesa.
Si aparecía otro muerto, me lo llevaría a todas nuestras cenas.
Guardé las manos en los bolsillos y puse rumbo al Arco del Postigo.
Mis dedos rozaron el acero frío de la pistola.
Iba hacia tres hombres que, probablemente, estarían bien armados.
El pecho y el hombro todavía me dolían. Quizá aquella nota fuera lo último que Lola leyera de mí. Una disculpa por no haberme quedado.
Detesté de nuevo aquella supuesta heroicidad. No iba a la guerra por valiente. Era un hombre cansado, incapaz de dejar de escuchar un golpe contra la piedra.
Apreté el sombrero contra el viento. La niebla me envolvía más a cada paso, fundiéndome con la ciudad hasta perder toda referencia.
Cada metro que me alejaba de ella era un metro más hacia el matadero por culpa de una estúpida conciencia moral que ni yo mismo entendía para qué servía en aquellos tiempos.
Quería estar con Lola, pero seguí caminando.