CAPÍTULO 23
Eran cerca de las once de la mañana cuando salí de comisaría.
El temporal había dejado las calles convertidas en ríos momentáneos.
El aire seguía frío, cargado de humedad y olor a tierra mojada y naranjos.
Caminé con paso decidido por la avenida aún medio vacía, pasé junto al Archivo de Indias y continué hacia la Puerta de Jerez.
Me detuve un instante frente a la entrada principal, flanqueada por columnas y coronada por un gran escudo de piedra.
Las puertas de madera maciza, tachonadas con clavos dorados, daban paso a un vestíbulo de techos altísimos, con lámparas de araña y suelos de mármol pulido.
El murmullo relajante de las fuentes interiores y el aroma a café recién hecho se mezclaban con el ir y venir de los elegantes empleados, que a paso rápido preparaban el servicio para los clientes.
Crucé las puertas y me detuve en el vestíbulo.
Dentro, el hotel conservaba el esplendor de otra época: alfombras gruesas, tapices en las paredes, muebles de madera tallada y grandes ventanales con la luz tamizada por cortinas de terciopelo.
El personal, impecablemente uniformado, se movía perfectamente sincronizado, atendiendo a los huéspedes con una cortesía casi ceremonial.
Pregunté por don Ernesto, el maître . Lo conocía de un asunto antiguo y esperaba que pudiera ayudarme, aunque todavía no sabía hasta dónde estaría dispuesto a llegar.
Un empleado fue a avisarlo. Esperé entre el ir y venir de huéspedes, consciente de lo expuesto que estaba allí. Cuando regresó, me acompañó hasta la zona de oficinas y servicios. El bullicio de la recepción fue quedando atrás.
Llamé a la puerta de su despacho.
El maître , don Ernesto, un hombre de mediana edad, elegante y de modales impecables, con el cabello peinado hacia atrás y mirada astuta tras gafas de montura fina, se levantó al verme con una sonrisa sincera.
—¡Sargento! —exclamó, estrechándome la mano—. Siempre es un placer verle por aquí. Ya sabe: para lo que haga falta, en el hotel me encontrará.
Sonreí, recordando aquel pequeño caso de años atrás: un robo en una suite que terminó siendo un asunto familiar. Lo resolví con discreción, evité un escándalo y devolví la calma a la familia y al hotel. Desde entonces, don Ernesto me profesaba una gratitud inquebrantable.
—Precisamente por eso vengo, don Ernesto. Hoy necesito pedirle un favor… y su máxima discreción.
Asintió y me invitó a sentarme.
—Cuente conmigo, sargento. ¿En qué puedo ayudarle?
Bajé la voz.
—Necesito un uniforme de camarero de sala.
Quiero pasar desapercibido entre el personal y dar servicio durante la comida de hoy.
Es una investigación delicada; le agradecería que guardara el secreto con el mayor escrúpulo.
Además, si pudiera indicarme qué clientes «del norte» han llegado en los últimos días, me sería de gran ayuda.
Don Ernesto miró hacia la puerta y tardó unos segundos en responder.
—Están revisando hasta las entregas de cocina, sargento. ¿Sabe lo que me está pidiendo?
—Lo sé.
Se quitó las gafas, limpió uno de los cristales y volvió a ponérselas.
—Puedo incorporarlo al servicio de sala bajo mi responsabilidad. Pero, si alguien lo reconoce, no habrá uniforme que lo arregle.
Asentí.
Abrió un armario y sacó un uniforme perfectamente planchado.
Me lo entregó y, con su habitual discreción, añadió:
—A las doce y media en punto. Debe estar ya vestido en el restaurante. Allí le daré indicaciones y le asignaré una zona de servicio.
Asentí y me fui a los vestuarios del personal.
Ponerme aquella ropa ajustada fue un recordatorio de lo mal que me sientan los cambios.
La tela rígida presionaba el vendaje bajo mi clavícula, arrancándome un pinchazo sordo con cada movimiento.
La camisa almidonada era de un blanco tan puro que resultaba ofensivo para alguien que venía de ver un cadáver en el barro.
Tras el chaleco me ajusté la pajarita frente al espejo desconchado del vestuario; el reflejo me devolvió a un extraño.
Parecía un sirviente más a disposición de los déspotas, un lacayo dispuesto a ofrecer vino a los mismos hombres que nos robaban la luz.
Tuve que tragar saliva para cumplir con mi papel y no pegarles un tiro a aquellos autócratas. Estiré los puños y repasé el plan.
A las doce y media en punto crucé el pasillo de servicio y entré en el restaurante.
El salón, amplio y luminoso, con techos altos y lámparas señoriales, mostraba las mesas vestidas con manteles de lino y cubertería reluciente.
El murmullo de los preparativos lo llenaba todo: camareros repasando copas, sumilleres organizando botellas.
El aroma a pan recién horneado y a cocina fina terminaba de darle al lugar ese toque de glamur característico del hotel.
Don Ernesto me esperaba junto a la entrada. Con un gesto discreto me llamó y, en voz baja, indicó:
—Le asigno la zona junto a los ventanales. Allí suelen sentarse los recién llegados, y entre ellos están los «norteños». Fíjese en la mesa redonda del fondo: han reservado para tres a la hora de la comida. Yo estaré cerca.
Asentí y ocupé mi puesto. Mientras repasaba mesas y observaba el ir y venir de clientes, notaba crecer la tensión dentro de mí. En ese salón de mármoles y maderas nobles, se jugaba mucho más que una comida.
Procuraba moverme con naturalidad entre las mesas, llevando los platos cerca del cuerpo y evitando cargar el hombro izquierdo.
Observaba a los otros camareros antes de repetir sus gestos.
El restaurante se llenaba; el murmullo de las conversaciones y el tintinear de los cubiertos componían una melodía discreta, casi relajante. Pero yo no podía bajar la guardia.
El salón olía a privilegios que yo había olvidado que existían.
Llevé bandejas de plata que pesaban más que el sueldo de un mes de un guardia.
Vi fuentes de carne de caza asada, humeante, rodeada de guarniciones que en los mercados de Triana se considerarían un mito.
Los comensales dejaban sobras en los platos por las que familias enteras se habrían matado en nuestras calles.
Servirles los mejores vinos, ver cómo los tragaban sin ni siquiera saborearlos, requirió más autocontrol que apuntar a un hombre armado.
El Alfonso XIII era un insulto caliente y perfumado a la ciudad que agonizaba de frío fuera de sus cristales.
A la una y cuarto entraron tres hombres y se dirigieron hacia la mesa del fondo. Supuse que eran los huéspedes señalados por don Ernesto. Llevaban vaqueros, botas técnicas y chaquetas abiertas sobre camisetas amplias. Dejaron las mochilas pequeñas junto a sus sillas.
Sus movimientos me resultaron familiares: observaron las entradas antes de sentarse y eligieron los asientos desde los que podían dominar el salón. Eran perros de presa intentando pasar por chuchos callejeros.
No sabía si se molestaban en disimular o si, sencillamente, se sentían intocables.
Les serví agua, ofrecí la carta y afilé el oído. Cualquier palabra o gesto podía permitirme tomar la delantera.
Tomé las comandas y serví platos y bebidas con una sonrisa discreta. Solo alcanzaba fragmentos de su conversación: cambios de turno, una entrega retrasada, preparativos para la llegada de las autoridades. Nada que pudiera relacionar con la investigación.
Empecé a impacientarme. Buscaba una fisura, un comentario fuera de lugar. Pero todo lo que decían era baladí.
Llegó el postre y mi frustración creció. No lograba sacar nada en claro. Serví los cafés y me retiré, resignado a que aquella vigilancia no diera frutos.
Entonces, en la sobremesa, mientras removían el azúcar y reían, uno de ellos, con tono de broma, soltó:
—A este paso, vamos a tener que volver a visitar los Jardines de Murillo, ¿eh?
Los otros dos rompieron a reír.
Me detuve con la bandeja en la mano. Los Jardines de Murillo. La cuerda, el cuerpo golpeando la columna. Uno de ellos alzó la taza hacia mí sin interrumpir la conversación. Me acerqué a recogerla.
Seguí con mi labor, recogí tazas, mantuve la compostura, aunque la adrenalina me recorría el cuerpo. Bajaron la voz, más relajados tras el café. Justo cuando las risas se apagaron y apuraban los últimos sorbos, el de voz más grave se inclinó hacia los otros dos y dijo, serio:
—Lo de esta noche sigue en pie. A las ocho, en el Arco del Postigo.
Asintieron en silencio, miradas rápidas y cómplices. Se levantaron, dejaron unas monedas para el servicio y se perdieron por los pasillos del hotel.
Me quedé unos segundos junto a la mesa. Tenía un lugar y una hora. La mención de los jardines podía no significar lo que temía, pero, después de reconocer al muerto, también tenía una corazonada.
Maldije en silencio: a las ocho había quedado con Lola en El Rinconcillo. Recordé su sonrisa al aceptar. Podía avisarla, explicarle que había surgido algo, pedirle otra noche. Pero me dolía volver a convertir lo nuestro en algo que siempre podía esperar.
No quería renunciar a la cita. Tampoco podía ignorar lo que acababa de escuchar. Me sorprendí buscando una forma de llegar a todo, como si bastara con desearlo.
Con gesto serio, me despedí de Ernesto con un apretón de manos y una mirada de agradecimiento.
—Gracias por todo, Ernesto. Si alguien pregunta, hoy no he estado aquí.
Asintió; no necesitaba que le explicara nada más.
Fui a los vestuarios, me quité el uniforme y volví a enfundarme el traje: corbata bien anudada, zapatos relucientes, abrigo de paño, sombrero. Al mirarme en el espejo vi al mismo Ángel de siempre, con la mirada más cansada y el corazón más dividido que nunca.
Salí del hotel y caminé hasta casa, dejando que el aire frío me despejara. Necesitaba descansar, aunque fuera un rato. El hombro me dolía y llevaba desde la madrugada en pie.
Mientras subía las escaleras de mi edificio, pensé en Lola. Todavía no la había avisado. Me dije que decidiría después de dormir.
No pude evitar preguntarme si, en el mundo en el que nos ha tocado vivir, era posible tenerlo todo… o si, como siempre, la época se empeñaba en arrebatarnos la felicidad.