Azahar (Distopia 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El traslado del cadáver se realizó con una frialdad rutinaria.

Una vez concluidas las primeras diligencias y con la debida autorización para el levantamiento, lo llevaron al forense, en los sótanos del hospital Virgen del Rocío, bajo el ala del psiquiátrico.

Eran las cinco y cuarto de la madrugada cuando llegué al hospital, y la ciudad, azotada por la tormenta, parecía que estuviese ante sus últimos días.

A esas horas, el hospital era una ciudad fantasma.

Los pasillos, largos y desiertos, se extendían bajo la luz blanca de fluorescentes alternos que parpadeaban, proyectando sombras alargadas sobre paredes desconchadas.

El zumbido eléctrico de los viejos transformadores de las luces se mezclaba con el eco de mis pasos, que se perdía en el fondo de los corredores.

Y, junto a la tormenta furiosa que golpeaba los ventanales, aquel lugar parecía hecho para poner a prueba el valor de cualquiera.

Al pasar junto al ala del psiquiátrico, un estremecimiento de terror me recorrió la espalda.

Las ventanas enrejadas dejaban escapar una luz amarillenta, muy enferma.

De pronto, un grito desgarrador rompió el silencio, rebotó en las paredes y se perdió en las entrañas del edificio.

Era un alarido inhumano, uno de esos gritos que te erizan la piel y te recuerdan que, en la noche, la locura y el miedo son más reales que nunca.

Me descubrí mirando fijamente el pasillo en penumbra.

Allí, a unos cinco metros, apareció un paciente que se retorcía en movimientos bruscos y antinaturales, golpeando el aire con brazos y cuello mientras gritaba: «¡Sácamelo de dentro!

¡No dejaré que mates a nadie!». Sentí el miedo golpearme cada vello erizado.

Entonces recordé los viejos relatos de exorcismos, y pensé que quizá en aquel cuerpo no era tan necesaria la camisa de fuerza como un crucifijo.

El ascensor se abrió frente a mí. Antes de entrar, vi a un cuidador sujetar al paciente y arrastrarlo hacia una habitación. En ese momento, esa criatura volvió la cabeza y me lanzó una mirada que me atravesó hasta el fondo del alma, frunciendo el ceño y enseñando los dientes mientras se resistía.

Aquel sitio me devolvió a las historias de los manicomios del siglo XIX.

Tras el Apagón, aquellos enfermos habían quedado al final de todas las prioridades.

Los médicos solo contaban con camisas de lona gruesa, correas de cuero y aislamiento.

El olor a sudor acumulado, a orina y a desesperación se filtraba por debajo de las puertas de hierro.

El paciente que se resistía no era una excepción.

Su grito era el sonido diario de cerebros rotos por un mundo que ni ellos ni el resto podíamos comprender, encerrados en un edificio que apenas tenía recursos para alimentarlos.

Estaban allí para ser apartados de la sociedad.

El ascensor, antiguo y castigado, tardó una eternidad en cerrar. Mientras descendía a los sótanos, intentaba asimilar lo vivido en esa planta. En cualquier momento, cualquiera de nosotros podía acabar allí.

En los sótanos no olía al desinfectante de las plantas superiores.

Allí había un tufo a cloaca y a cadáver, ese olor denso y pegajoso de los muertos que han pasado días a la intemperie y que se te queda atrapado en las fosas.

Las puertas de salas y trasteros se alineaban cerradas, como abandonadas.

En algún punto, una camilla olvidada o una silla de ruedas oxidada aparecía en mitad del pasillo; parecía que alguien había tenido que salir de allí a toda prisa y nunca había podido regresar.

Allí abajo, apenas iluminado por las luces de emergencia, el sótano solo mostraba una sala con aspecto cuidado: la única con una luz estable en toda aquella ala. El forense me esperaba dentro, en la sala de autopsias.

En ese ambiente opresivo, sentí que la ciudad entera se había transformado en un escenario apocalíptico, donde la frontera entre la vida y la muerte, la razón y la locura, era tan fina que uno no sabía en qué lado estaba.

Saludé al médico al entrar y me quedé inmóvil, junto a la camilla de acero donde yacía el cuerpo del joven.

El forense, un hombre de rostro anguloso y mirada cansada, revisaba los informes bajo la luz fría de la sala de autopsias.

El silencio incómodo solo se rompía de vez en cuando con los clamores agónicos y perdidos desde el ala psiquiátrica.

El goteo de mi abrigo sobre el suelo de losetas blancas resquebrajadas se mezclaba con el sonido del instrumental metálico que el forense ordenaba en una bandeja esmaltada.

No había escáneres ni análisis toxicológicos rápidos; solo el ojo clínico de un hombre apático y un bisturí afilado.

Observé el cuerpo del informático bajo la luz fija de la morgue.

Su piel pálida conservaba el brillo húmedo de la tormenta.

El forense levantó la vista de los informes y, en voz baja, me dijo:

—¿Ha averiguado algo relevante sobre la muerte de este chico? Le confieso que tengo mis dudas sobre el suicidio, pero prefiero que no trascienda nada hasta estar seguros. No quiero levantar ruido innecesario.

Asentí, agradeciendo la discreción.

—Por ahora, nada concluyente —dije—. Pero yo lo del suicidio no me lo trago.

El forense apartó el informe y se acercó al cuerpo.

—Todavía no he terminado el examen. Hay lesiones que debo estudiar antes de decirle algo más.

—Lo vi golpearse contra una columna —dije—. El viento lo empujaba. Cuando consiguieron bajarlo, llevaba un rato así.

El médico levantó la mirada.

—Eso necesito que conste. Tendré que distinguir las lesiones anteriores de las que pudo sufrir estando suspendido.

Me acerqué a la camilla.

—¿Podrían haberlo matado antes de colgarlo?

—Es una posibilidad. Pero no voy a afirmarlo por el aspecto del cuerpo ni por una lesión aislada. Primero tengo que completar la autopsia y contrastarla con lo que encontraron allí.

Miré el rostro del joven.

—Lo reconocí. Trabajaba con el coronel en la instalación del Patio de los Naranjos. Lo vi escapar de allí.

El forense permaneció unos segundos en silencio.

—Entonces tenemos otra razón para no precipitarnos.

El médico no podía confirmar mis sospechas. Tampoco descartarlas. Me quedé mirando el cuerpo sobre la camilla. Aquel joven había escapado del sótano del coronel y ahora estaba muerto. Para mí, la coincidencia pesaba demasiado, pero aún tenía que demostrar lo que temía.

Me trasladé mentalmente a la escena en los Jardines de Murillo: el cadáver colgado en un lugar visible, bajo la tormenta, expuesto a cualquiera.

Si lo habían matado, exponerlo allí podía ser algo más que deshacerse de un testigo incómodo.

Tal vez fuera una advertencia para los otros informáticos que lograron huir, para el resto de la red… o quizás esta vez, para mí.

Salí de aquella sala sintiéndome en el centro de la diana. No sabía para quién habían dejado aquel cuerpo, si es que era una advertencia. Pero no podía evitar recibirla como propia.

En esta ciudad muerta la oscuridad perpetua nos acecha en cada esquina.

Bajo la lluvia, caminé hasta mi cafetería de siempre. El temporal arreciaba y, esta vez, no tuve más remedio que entrar. Iba calado hasta los huesos; el agua rebosaba del abrigo y formaba pequeños charcos sobre el suelo de madera, oscureciéndolo aún más.

El local, a esa hora —las siete y cuarto—, estaba casi vacío, salvo por el camarero de siempre, el propietario. Un hombre mayor, de poco pelo y bigote canoso, algo entrado en carnes, con su fiel delantal que, aunque estuviese recién lavado, conservaba las manchas de años de uso.

Sus manos curtidas se movían con lentitud y precisión tras la barra. Tenía un aire silencioso y resignado, el aspecto castigado de quien ha pasado la vida en el duro oficio de la hostelería.

Siempre pensé que aquel hombre era parte del mobiliario, como si nunca saliera del local y se confundiera con las mesas y las sillas gastadas por el tiempo.

Nadie recordaba haberlo visto entrar o salir; simplemente estaba allí, a cualquier hora, con la misma expresión tranquila y los mismos movimientos pausados.

Me quedé de pie en la barra, junto a la ventana empañada por el contraste entre el frío de la calle y el calor del interior. Pedí un café bien cargado y él, sin decir palabra, me lo sirvió con la eficiencia de quien conoce de memoria los hábitos de sus parroquianos.

Mientras me calentaba las manos con el vaso, tomé un periódico del montón de la barra, uno del día anterior. Lo hojeé sin mucho interés, hasta que un titular pequeño, casi perdido entre anuncios y sucesos, me llamó la atención:

«Miembros del Gobierno acuden a Sevilla para una reunión extraordinaria del Consejo de Ministros. La ciudad acogerá durante esta semana a las principales autoridades del país».

El ministro de Interior estaría en Sevilla.

Después de lo que Curro me había contado, aquella visita adquiría otro significado.

Podía ser una casualidad. No sabía si aquella visita guardaba relación con el muerto, pero podía acercarme a uno de los hombres que necesitaba investigar.

De algo sí estaba seguro: cada vez creo menos en las casualidades.

Levanté la vista y llamé al camarero, que secaba meticulosamente una taza tras la barra.

—Rafael, he visto en el periódico que viene el Gobierno. ¿Sabe usted algo de esto?

Alzó la mirada; sus ojos pequeños y cansados brillaron un segundo bajo la luz tenue. Los camareros, pensé, son una fuente inagotable de información. Escuchan miles de historias de tantísimas personas que creen hablar a salvo de oídos… olvidando que quien está tras la barra también oye y recuerda.

Rafael dejó la taza en la repisa, se apoyó en la barra y bajó la voz, como si me confiara un secreto de familia.

—Dicen que vienen todos, sí. Que la ciudad va a estar llena de escoltas y coches oficiales.

Algunos clientes ya se han quejado: cortes de calles, controles por todas partes…

—Hizo una pausa y me miró con una mezcla de resignación y picardía—.

Pero ya sabe, sargento: cuando vienen los de arriba, los de abajo nos enteramos los últimos…

aunque a veces somos los primeros en ver lo que nadie quiere ver.

Se inclinó un poco más.

—Y le digo más: estos días han venido unos clientes nuevos, «del norte».

Uno comentó que estaba trabajando en los preparativos del Alfonso XIII.

Se quejaba de los controles, de que no podían entrar ni sacar nada sin permiso.

Supongo que tiene que ver con la visita.

Si me pregunta, apuesto a que se alojarán allí.

Esbocé una media sonrisa cansada y dije:

—Nos van a alterar la tranquilidad, ya verá. A este paso ni el café nos van a dejar tomar en paz.

Rafael resopló, entre resignado y divertido, y volvió a sus tareas, como si la llegada de ministros y escoltas fuera solo una molestia más en la rutina del local.

El Alfonso XIII. Mientras media ciudad moría de frío o se pudría en casas inhóspitas, el Gobierno parecía haber elegido la joya de la corona para su estancia en Sevilla.

Recordé sus arcos de ladrillo tallado, sus azulejos trianeros vidriados y sus inmensos patios interiores que, seguramente, ahora estarían caldeados por chimeneas y generadores de energía privados.

Aquella visita se me antojaba una exhibición obscena de poder.

Venían a sentarse en tronos de terciopelo mientras nosotros nos conformábamos con las miserias que nos dejaban.

Me quedé analizando con la mirada perdida entre el café humeante y el periódico abierto sobre la barra. ¿Tenía relación el cadáver de los Jardines de Murillo con la avanzadilla del Gobierno? ¿Otra casualidad?

La ciudad comenzaba a despertar mientras la tormenta cedía paso a la niebla. Decidí volver a mi oficina para terminar el informe de la noche. Bebí un sorbo de café e intenté ordenar las ideas: el muerto, los nombres que me había dado Curro, el Alfonso XIII.

Fuera, una Sevilla imperturbable continuaba su lucha. Y yo tendría que seguir con la mía, por un deber más moral que profesional.