CAPÍTULO 21
El sueño era profundo y sin imágenes, un descanso ganado tras días de tensión.
No suelo dormir bien, pero aquella noche me había vencido el agotamiento.
El repique taladrante del teléfono me arrancó de la oscuridad.
El aparato vibraba en la mesilla y tardé unos segundos en ubicarme, aún atrapado entre las sábanas y el calor de la cama.
Miré el reloj de la mesilla: las agujas marcaban las tres y cuarenta de la madrugada.
Era el viejo teléfono de disco, sin pantallas, de baquelita roja, pesado y robusto; habían vuelto por pura necesidad. Descolgué el auricular, estirando el cable en espiral hasta la cama. La voz al otro lado era seca, urgente, sin rodeos.
—Sargento, ha aparecido un cadáver.
Me incorporé, frotándome el rostro. El viento aullaba con fuerza tras los cristales y la lluvia furiosa azotaba la persiana.
—¿Dónde? —pregunté, la voz aún ronca de sueño.
—En los Jardines de Murillo.
Miré por la ventana: la ciudad estaba sumida en una oscuridad profunda; el débil resplandor lejano de las farolas era inapreciable. El temporal parecía decidido a arrancar cualquier resto de vida de la ciudad. El agua corría por las calles en estampida. El mundo mismo estaba a punto de desbordarse.
—Visto. En media hora estoy allí.
Colgué y me levanté despacio, sintiendo el aire frío colarse por las rendijas del piso.
Dejé atrás la calidez soporífera de las sábanas y, en cuanto apoyé los pies en el suelo, el frío me laceró las entrañas.
Me vestí a oscuras, buscando en la ropa un abrigo frente a la madrugada.
Al pasar el brazo izquierdo por la manga, el hombro me obligó a detenerme.
Después me serví una taza de café caliente y la sostuve entre las manos, dejando que el vapor me devolviera a la vida.
Me acerqué a la ventana y aparté ligeramente la cortina.
Afuera, la noche golpeaba con todas sus fuerzas.
El viento azotaba los árboles de la calle, doblando sus ramas; otras yacían sobre el suelo.
La lluvia caía en cortinas densas, golpeando con rabia todo a su paso y formando ríos en las aceras, que brillaban bajo la luz cálida de las pocas farolas que aún quedaban encendidas.
Cada ráfaga de aire traía consigo un lamento de la ciudad.
Sevilla entera gimiendo bajo el peso de la tormenta.
Era demencial estar en la calle con ese tiempo, pensé. El cielo oscuro, teñido del color denso de la tormenta, reflejaba la furia del clima. Definitivamente el mundo se iba a la mierda. Todo presagiaba que la tempestad no amainaría pronto.
Apoyé la frente en el cristal frío, sintiendo cómo el vaho de mi respiración se mezclaba con la humedad del ambiente. Era una de esas noches en las que solo los locos —o los muertos— se atrevían a desafiar la oscuridad.
Mientras bebía, pensaba en la noche, en la tormenta, en la soledad de los Jardines de Murillo a esas horas. ¿Quién podía estar en la calle con un tiempo así? ¿Quién tenía tanto que perder, o tanto que ganar, como para no poder esperar a que la tormenta pasara?
Terminé el café, me puse el abrigo y me calé el sombrero. Salí al pasillo sin darle tiempo a la mente a recapacitar y preparado para enfrentarme, una vez más, a la miseria humana.
Cuando llegué, tenía frente a mí los Jardines de Murillo, un laberinto de senderos de albero —convertidos en barro—, setos recortados y palmeras que se agitaban violentas bajo el azote del viento.
Los árboles, con sus ramas desnudas y retorcidas, parecían gigantes de piedra.
El agua se acumulaba en charcos que, iluminados por la escasa luz temblorosa, se unían en regueros.
El aire era violento y gélido, y la lluvia caía en ráfagas oblicuas que me obligaban a caminar encogido, como si pudiera protegerme del aguacero.
Me sujetaba el sombrero con una mano mientras avanzaba encorvado, luchando por mantener el equilibrio.
Por momentos sentía que el vendaval podía arrancarme del suelo y estrellarme contra los setos o las verjas del parque.
En el paseo de Catalina de Ribera se alzaba el monumento a Cristóbal Colón: dos columnas de piedra coronadas con un león que dominaba el mundo a sus pies, símbolo del poderío español de otra época.
Entre ellas sobresalían las proas de bronce de una embarcación.
El conjunto, ajeno a la tormenta y a la tragedia que se desplegaba a sus pies, se erguía solemne.
El agua resbalaba por la escultura, iluminada por momentos con la apabullante estroboscopia de los relámpagos.
El lugar adquiría un aire de divinidad, irreal, como si formara parte de las mismísimas entrañas del infierno.
Junto a la base, dos agentes uniformados custodiaban la escena, sus impermeables brillando bajo la lluvia, los rostros tensos y pálidos.
Por encima de ellos, una larga cuerda descendía del bauprés de la embarcación.
En su extremo, un hombre colgaba del cuello a la altura de una de las columnas.
El viento lo hacía girar y balancearse de un lado a otro.
Una ráfaga lo desplazó de costado y su hombro golpeó la piedra.
Los brazos oscilaron después del choque, abandonados a un movimiento que ya no era suyo.
Una marioneta rota a merced de la tempestad.
Me quedé petrificado a unos metros. La embarcación de bronce parecía navegar de nuevo, envuelta en un abismo de agua negra.
Un relámpago iluminó por una fracción de segundo el león que coronaba el monumento y el rostro del ahorcado.
El viento volvió a empujarlo contra la columna.
Esta vez oí el golpe: sordo, apenas distinguible entre la lluvia.
Esperé sin querer algún gesto de dolor. El cuerpo se separó de la piedra y siguió balanceándose.
Me acerqué, apartando el agua de la cara con la mano libre. Uno de los agentes, con la gorra calada hasta las cejas, me hizo un gesto de saludo.
—Parece un suicidio, sargento —dijo, alzando la voz para hacerse oír sobre el rugido del viento—. Lo encontramos poco antes de avisarlo.
Asentí, sin apartar la vista del cadáver. El agua chorreaba por el ala de mi sombrero y el abrigo incapaz de absorber una gota más, pesaba sobre mis hombros.
—¿Ya le han sacado fotos? —pregunté, alzando la voz para imponerme al viento.
Uno de los agentes asintió y señaló a su compañero, que guardaba la cámara en una bolsa impermeable.
—Sí, sargento. Tenemos documentado todo lo que hemos encontrado.
Repasé la escena: la cuerda, el cadáver todavía balanceándose bajo la lluvia, el suelo anegado. El temporal podía haber borrado indicios, pero había que buscar. Algo en aquella composición me inquietaba. El cuerpo expuesto bajo la embarcación parecía dispuesto para que todos lo vieran.
—¿Tenemos autorización para el levantamiento?
—Sí, sargento.
—Bájenlo y revisen bien las inmediaciones —ordené—. Yo me encargaré de inspeccionar al fallecido.
Los agentes pidieron ayuda para alcanzar la sujeción y bajar el cuerpo. La espera se hizo larga bajo el aguacero. Cuando por fin lo tendieron sobre una lona junto a la fuente, me acerqué.
Era un varón joven, de rostro pálido, cabello oscuro y labios amoratados. La ropa empapada se le adhería al cuerpo. No sabía cuánto tiempo llevaba expuesto a la tormenta.
Pero algo no me cuadraba. Me agaché junto al cuerpo y observé los rasgos con atención. Había algo en esa cara, en la forma de la mandíbula, en la expresión congelada por la muerte, que me resultaba familiar. Fruncí el ceño, intentando recordar. ¿Dónde lo había visto antes?
Repasé los rostros de los últimos días, los lugares recorridos. Entonces recordé el resplandor de unos monitores y al coronel perdiendo el equilibrio.
¡Ya está! Era uno de los informáticos que trabajaban bajo el Patio de los Naranjos, en el sótano donde se gestionaba la red de energía. El mismo que, aquella mañana, había empujado al coronel y permitido que los demás escaparan.
Me incorporé despacio, con el corazón acelerado.
Me apostaría una mano a que aquello no era un suicidio.
Después de lo que Curro me había contado, no podía separar aquel cuerpo de la investigación.
Seguramente se estaban cargando a quienes podían hablar.
Una advertencia colgada en el corazón histórico de Sevilla.
Miré a los agentes mientras la lluvia resbalaba por sus rostros. Sentí el impulso de contarles a quién acababa de reconocer. Pero no sabía en quién podía confiar dentro del Cuerpo.
Nuevamente me repartían cartas. Y aunque para mí la noche no había hecho más que empezar, ya me había sepultado.