CAPÍTULO 20 #3
Cuando abrió, nos fundimos en un abrazo largo y sincero, pero doloroso. No hicieron falta muchas palabras: la alegría de vernos vivos se reflejaba más en aquellas palmadas en la espalda que en cualquier palabra. Con eso se decía todo.
—Me alegro de verte, de verdad —dijo, chocando su cabeza contra la mía—. No sabes cuánto.
—Y yo a ti, amigo —respondí, sintiendo cómo la tensión de los últimos días se disolvía.
Me invitó a pasar. Su casa no tenía la elegancia del despacho de Lola, pero era cálida: objetos, libros apilados, tecnología antigua. A mí me bastaba. Ese desorden de cables y recuerdos era un refugio.
—Te estaba esperando —dijo, abriendo un mueble—. Tenía esto guardado para una ocasión especial.
Sacó una botella de brandi del Condado, mi brandi favorito, y sirvió dos copas generosas. El aroma dulce y profundo llenó el aire. Alzamos los vasos en un brindis sencillo.
—Por nosotros —dijo.
—Por la vida —añadí.
Las copas chocaron suavemente y, acto seguido, ambos hicimos un leve giro con ellas para permitir que liberaran todo su esplendor. Antes del primer sorbo, nos dejamos envolver por su aroma intenso.
El ambiente caldeado y relajado de ese instante y la conversación nos fueron soltando.
Fue un momento recargante. Pronto llegaron las anécdotas, los recuerdos, las bromas; y las risas inundaron el salón con una alegría limpia.
Durante un rato, los malos recuerdos quedaron fuera.
Solo existía el presente: dos amigos, una copa y la certeza de que, pese a lo que depare el futuro, la vida que nos ha tocado vivir nadie tiene por qué quitárnosla.
Tras dos o tres copas —ya había perdido la cuenta, buena señal—, la charla se hizo más lenta, las risas más bajas, el ambiente más blando. Entonces Curro dejó la copa en la mesa y me miró serio.
—Ángel, tengo que confesarte algo. No sé muy bien cómo empezar… y créeme que preferiría no tener que decirte esto, pero no puedo callármelo.
—Dime, Curro. Lo que sea.
Suspiró, frotándose las manos.
—Cuando descifré la bobina… encontré muchas cosas.
No solo registros de transferencias de energía y nombres de intermediarios.
Había listas de pagos, rutas de distribución, mensajes cifrados.
Pero lo más importante… lo que me hizo entender por qué todo esto era tan peligroso…
es que había dos nombres que se repetían una y otra vez.
Me incorporé, con el corazón acelerándose.
—¿Quiénes?
Bajó la voz.
—El secretario de la Agencia Nacional de Control… y el ministro de Interior. Vi sus nombres, sus iniciales, sus firmas en mensajes clave, en autorizaciones, en órdenes de desvío de energía. No parecían simples intermediarios, Ángel. Las órdenes salían de ellos.
El silencio aplacó mi felicidad. Solo quedaban el crepitar del fuego y el zumbido eléctrico. Cerré los ojos, intentando asimilar lo que aquello significaba. El descanso había sido más breve de lo que me hubiese gustado.
—¿Estás seguro? —pregunté, sabiendo la respuesta.
—Tan seguro como que estamos aquí. Por eso no quise verte antes. Por eso tuve miedo. Esto es más grande de lo que pensábamos, Ángel. Mucho más grande.
—¿Y los archivos? —pregunté—. ¿Te quedó algo después de que entraran aquí?
Curro pasó un dedo por el borde de la copa.
—Una copia de lo que había conseguido descifrar. La guardé antes.
Miré los equipos que lo rodeaban.
—Aquí no —dijo—. En un ordenador que tenía en reparación. Su dueño vino a recogerlo antes de que me dieran la paliza.
—¿Se lo entregaste con todo eso dentro?
—Cifrado. Él no sabe que lo tiene.
Dejé la copa en la mesa.
—Lo has metido en esto sin preguntarle.
Curro bajó la mirada.
—Lo sé. Tenía miedo y no sabía en quién confiar.
—¿Puedes recuperar la copia?
—Sí. Pero tendremos que tener mucho cuidado.
Me quedé mirando el hueco que habían dejado los equipos arrancados. Mientras registraban aquella casa, lo que buscaban estaba en otro lugar, junto a las cosas corrientes de alguien que no sabía nada.
El calor del brandi se mezcló con una inquietud renovada. Observé el reflejo dorado en la copa. El secretario de Control. El ministro de Interior. Y yo que había querido creer que le había hecho suficiente daño a la red.
Recordé las palabras del general en el Salvador: «Esto no es más que un engranaje. Yo mismo no soy más que un peón». Y después: «Por encima de todos, está la Raíz».
Hasta ese momento había querido creer que la Raíz era una mentira, un fantasma para infundir miedo. Ahora tenía dos cargos a los que mirar. ¿Sería el ministro de Interior quien se ocultaba tras aquel nombre?
La situación en la que nos encontrábamos me hizo dudar. Sentía rabia, impotencia y la claustrofobia de estar en un callejón sin salida. Enfrentarse a alguien así era casi un suicidio. Pero no podía mirar a otro lado. No después de todo lo que había visto, de lo que podía haber perdido.
Apuré la copa de un trago. Miré a Curro, que me observaba en silencio, y asentí despacio, como quien toma una decisión sin retorno.
La noche caía sobre la ciudad. En su salón, entre el fuego y el miedo, nuestras palabras nos hicieron entender que, por más que quisiéramos, estábamos lejos de estar fuera de aquello.