Azahar (Distopia 1) CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

Entré en el edificio y subí despacio hasta la primera planta.

Abrió la puerta con una sonrisa suave y me invitó a pasar.

El despacho estaba caldeado, el aire impregnado de un ligero aroma a dulce perfume de mujer y a madera quemada.

Me quité el abrigo y el sombrero, los colgué en el perchero y me permití un instante para dejar que el calor me aliviara el frío de la calle.

Esta vez no se sentó tras el escritorio.

Se acomodó en uno de los dos sillones tapizados que flanqueaban la robusta estufa de leña de hierro fundido.

Eran de respaldo alto y curvado, con líneas elegantes y un tapizado de lino beige que invitaba al descanso.

Los cojines comodísimos cedían con una suavidad acogedora; el roce de la tela era un regalo al tacto.

El fuego crepitaba, proyectando destellos anaranjados sobre las paredes impolutas y las vigas.

Las llamas dibujaban sombras tranquilas y nos envolvían en una atmósfera íntima.

Me acomodé, notando cómo el calor y su presencia me hacían disipar la tensión acumulada en comisaría.

De aquel día no pasaba. Por fin estaba decidido a dar el paso y pedirle una cita.

La miré —tan elegante y serena como siempre— y sentí que estar así, junto a ella, era todo lo que necesitaba. Era donde quería estar.

Conversamos un rato de cosas ligeras, dejándonos llevar por la calidez y la comodidad del ambiente.

—¿Has visto cómo está la plaza hoy? —dijo, mirando por la ventana—. Cada vez queda menos gente; puede que sea porque hace días que el tiempo no da tregua.

—Parece que la ciudad entera ha decidido quedarse en casa —respondí, con una leve sonrisa—. Apenas quedan músicos en la plaza.

—Algún valiente queda. Ese de la guitarra sigue ahí, sin prisas. Parece que el arte es lo último que se pierde. Como si fuese un acto de rebeldía, o de resistencia.

—O la necesidad. —Me encogí de hombros—. La música es parte de nuestra identidad y en estos tiempos, para muchos es igual de necesaria que la comida o la leña.

Reímos suavemente. Luego hablamos de los libros de la librería, de una anécdota de la semana, de alguna noticia del periódico. El tiempo, que parecía fluir despacio, junto al ambiente acogedor y la compañía inmejorable, hacía de aquel despacho un verdadero remanso de paz.

En un momento, el silencio se instaló entre nosotros. Me miró con una expresión tranquila, expectante. Sentí el corazón golpearme con fuerza. Tragué saliva, bajé la mirada y reuní valor para sostenerle los ojos.

—Lola… ¿te gustaría que mañana fuésemos a cenar?

Se hizo un silencio breve, cargado de tensión. Apenas unos segundos, pero para mí fueron eternos. Luego, sus labios se curvaron en una sonrisa luminosa.

—Por supuesto, Ángel. Llevo mucho tiempo esperando que me lo pidieras.

La tensión se desvaneció. Aflojé los dedos sobre los brazos del sillón y solté el aire que había estado conteniendo. Mañana cenaría con ella. Por una vez, quería que el tiempo corriera.

Animado, concreté:

—¿Te parece bien a las ocho? Había pensado en El Rinconcillo.

Sus ojos brillaron con complicidad.

—Me parece perfecto. Hace años que no voy, pero siempre me ha parecido un sitio especial.

Asentí. Compartimos una sonrisa cómplice, como si estuviésemos a punto de recuperar años perdidos.

El Rinconcillo —en la ciudad desde hace siglos, y uno de los pocos que resistían con esencia—, cada vez más íntimo por la escasez y el frío, me parecía hecho a medida para nosotros: penumbra, velas, olor a vino y chacinas.

Un lugar donde hablar sin prisas, a salvo del aire insalubre de la calle, donde poder recuperar algo de la felicidad perdida.

—Entonces, mañana nos vemos allí a las ocho —repetí, con una sonrisa que dejaba al descubierto una felicidad sincera.

Ella asintió, y en su expresión vi lo que la hacía distinta a todos.

Me puse el abrigo y el sombrero, con su sonrisa grabada en la memoria. Salí de la consulta con una emoción desbordada, sintiendo el pecho latir con fuerza desconocida. Crucé la plaza de los Venerables; ni el frío ni la niebla lograron apagar la calidez que llevaba dentro.

Me encontraba completamente feliz y relajado: por Lola, y por las noticias de que mi amigo seguía con vida. Al salir del hospital me había contactado el Wifi; había logrado sobrevivir y se estaba recuperando en casa. Pensé que era el momento de ir a verle.

Había preferido dejar pasar unos días antes de visitarlo, por miedo a arrastrarlo a más riesgos. Ahora los dos estábamos fuera del hospital y necesitaba verlo.

Fui a la parada del tranvía. Los raíles húmedos se adivinaban bajo el poco brillo de la calle.

Subí al vagón, que inmediatamente comenzó su marcha lenta entre la niebla.

Miré por la ventana el desfile de edificios grises y rostros cansados, y asimilé que también existía algo de encanto en esa turbidez.

El tranvía me llevó, poco a poco, hasta la casa de Curro. Cada parada me acercaba más a mi necesaria limpieza de conciencia. Sentía una tranquilidad extraña, la ciudad acechante parecía concederme al fin un descanso que merecía.