Azahar (Distopia 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Al cruzar la puerta de las oficinas, el murmullo habitual se apagó de golpe.

Todas las miradas se volvieron hacia mí, y de pronto solo se escuchó el eco seco de mis zapatos, que resonaba en el pasillo de la comisaría, nítido y solitario sobre el suelo pulido.

Nadie dijo nada. Nadie sonrió. El aire estaba cargado de una expectación incómoda, todos a la espera de algún movimiento.

Avancé despacio, con el abrigo aún sobre los hombros y el sombrero en la mano. Me detuve bajo aquellas miradas, sintiendo la distancia que me separaba de todos. Me pregunté cuántos de mis «compañeros» estarían involucrados.

Fue entonces cuando la puerta de un despacho se abrió y apareció el superior de turno, con gesto solemne y voz firme.

—Compañeros —anunció—, hoy tenemos entre nosotros a un hombre que ha demostrado un valor y una integridad admirables. El coronel está en prisión, y eso es gracias a la labor incansable del sargento Ángel. Por ello, será recompensado con la medalla al mérito con distintivo rojo.

Durante mi ingreso había declarado lo que había descubierto bajo el Patio de los Naranjos. Después me confirmaron que habían localizado y detenido al coronel.

El aplauso estalló, fuerte y unánime. Algunos se pusieron en pie, pero yo solo veía sonrisas forzadas y ojos que evitaban el contacto.

Me pregunté cuántos habrían seguido con sus papeles si yo hubiese acabado muerto en aquella iglesia.

«Compañero» es una de esas palabras gastadas por el uso.

Todos la pronuncian; pocos la honran. Una palabra demasiado grande para muchos.

Cuando el bullicio se apagó y la sala volvió a su rutina, entré en mi despacho.

Cerré la puerta, dejé el abrigo sobre el respaldo y me senté despacio, rodeado de papeles, informes y el rumor lejano de conversaciones ajenas.

Allí, en la soledad de mi oficina, sentí que ese no era mi lugar.

El aplauso, la medalla, el reconocimiento…

todo me resultaba incómodo, porque no hay mérito en la alabanza de quien no conoce la dignidad.

Pasaron unos minutos. El silencio se me hizo un mundo; las cuatro paredes me devoraban. Entonces recordé a Pelayo: su torpeza, su entusiasmo, la navaja que había deslizado hasta mí. Lo había tenido al lado sin llegar a conocerlo. Dediqué unos segundos a su memoria.

Sin pensarlo más, me levanté, me puse el abrigo y salí de la oficina. No buscaba más aplausos ni más palabras vacías. Solo quería ver a Lola, buscar en su mirada la sinceridad que nunca encontraría en comisaría.

Crucé los pasillos silenciosos del antiguo Hotel Inglaterra, ahora reconvertido en comisaría central de la Guardia de la República.

El edificio, con su fachada señorial y sus balcones de hierro forjado, conservaba aún la elegancia de otros tiempos, aunque el tiempo y la decadencia hubieran dejado su huella en las molduras y en las letras doradas, ya casi borradas, del antiguo letrero.

Las banderas oficiales ondeaban en la entrada, donde antes habían estado los toldos de terciopelo y los porteros uniformados.

Aún quedaban restos de su antigua gloria.

Las alfombras rojas habían desaparecido, dejando a la vista un suelo de mármol rayado por la cantidad de calzado oficial que lo pisa a diario.

Las lámparas de araña del techo ya no tenían bombillas de cristal, sino tristes velones que tiznaban de negro las escayolas.

Donde antes había conserjes recibiendo a turistas con reverencias, ahora había guardias armados fumando tabaco en pipa y escupiendo en papeleras de latón.

Era la metáfora perfecta de la República: habían tomado un palacio para convertirlo en un calabozo administrativo.

Al atravesar el vestíbulo, no pude evitar lanzar una mirada de reojo al bar-cafetería de los bajos, el único rincón que había sobrevivido intacto a la reconversión.

Allí, tras los ventanales empañados, se reunía la élite de la ciudad: políticos, empresarios, jueces y herederos de fortunas antiguas.

El local, iluminado con cientos de velas, rebosaba calidez, productos de lujo y un bullicio contenido, donde las risas discretas y los trajes de alta costura contrastaban con la austeridad y el frío del resto del edificio.

Me repugnaba ese ambiente: la ostentación, la indiferencia, la falsedad, la manera en que los poderosos se aferraban a sus privilegios mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor.

Siempre que podía, evitaba cruzar siquiera la mirada con los clientes de aquel lugar.

Empujé la puerta principal y salí a Plaza Nueva, envuelto de inmediato por la niebla y el aire cortante de la mañana.

La espesura lo cubría todo, y apenas podía ver más allá del inicio de la plaza.

Las farolas brillaban con una luz decadente sobre el pavimento mojado, incapaces de alumbrar más allá de su propio círculo.

Aquella plaza, antes bulliciosa, era ahora un escenario de sombras y siluetas: tranvías que llegaban y partían en todas direcciones, sus campanas resonando como ecos lejanos, y pasajeros que se deslizaban entre la bruma, abrigados y con paso ligero, buscando refugio del frío.

San Fernando se alzaba en el centro de la plaza, imperturbable al paso de los siglos, erguido como refundador de la ciudad.

Los bancos de la plaza estaban vacíos, cubiertos de gotas de rocío.

El quejío de los tranvías, el crujido de las ruedas sobre los raíles y el murmullo apagado de una ciudad depresiva componían una sinfonía melancólica, lóbrega.

Me detuve un instante en medio de la plaza, respirando el aire helado y dejando que la humedad despertara mis sentidos. Pero no era momento de nostalgias. Me envolví el cuello con las solapas del abrigo, bajé el sombrero sobre la frente y eché a andar, decidido a buscar a Lola.

Crucé el laberinto de callejuelas del Barrio de Santa Cruz, dejando atrás el bullicio de la Plaza Nueva y la Catedral.

La humedad golpeaba más fuerte entre aquellos muros de piedra medievales.

Al llegar a la plaza de los Venerables, el silencio yerto que desembocaba de las demás calles era profanado solo por el rasgueo de una guitarra, bajo uno de los naranjos, y el murmullo de algunos estudiantes que cruzaban la calle, abrigados hasta las orejas.

A mi izquierda, el antiguo hospital, ahora convertido en iglesia.

El edificio donde Lola tenía su consulta se levantaba discreto, frente a la callejuela por la que había llegado.

Era el más alto de la plaza, alzándose como una torre coronada por una veleta de hierro sobre el entramado de casas vecinas.

Su fachada blanca, con balcones de hierro forjado, se confundía entre las demás construcciones.

En la planta baja, una librería de segunda mano exhibía en el escaparate volúmenes ajados y carteles de poesía.

El letrero, pintado a mano, apenas se veía tras el vaho del cristal.

La consulta ocupaba la primera planta, con ventanas a la plaza y, entre cortinas claras, se adivinaban estanterías repletas de libros y muebles antiguos.

El interior conservaba la esencia de la casa original: vigas de madera oscura, suelos de barro cocido y paredes encaladas que reflejaban la luz suave del invierno.

En la segunda planta sabía que ella tenía su vivienda, un refugio silencioso distanciado del bullicio discreto de la librería y la plaza.

El entorno era artístico y tranquilo, frecuentado por estudiantes, músicos y algún vecino de toda la vida. Allí, en ese rincón apartado del mundo, la vida avanzaba con un compás distinto, indiferente a la tempestad sombría que llevaba años atenazando la ciudad.

Lola se asomó al balcón de su despacho, respirando ese aire de la mañana que tersa el rostro.

Desde allí tenía una vista perfecta de la plaza, envuelta en calma.

Vestía con su habitual elegancia: un vestido beige de tela gruesa, entallado y de manga tres cuartos, con líneas marrones en cuello y puños.

Su melena, peinada en ondas suaves, caía sobre los hombros, y el maquillaje sutil resaltaba la claridad de su piel y la intensidad de sus ojos verdes.

Apoyó las manos en la barandilla de hierro forjado y volvió el rostro hacia mí.

Crucé despacio la plaza, esquivando a un par de estudiantes y al músico que afinaba la guitarra bajo un naranjo.

En estos tiempos no desentonábamos, pero aun así destacábamos: no por la ropa, sino por la naturalidad y la dignidad con que nos movíamos. El saber estar de la experiencia.

Una vez llegué frente al balcón, alcé la vista, dejando ver mis ojos bajo el ala de mi sombrero, y ella me dedicó una leve sonrisa, apenas un gesto, pero suficiente para saber que me estaba esperando.

Me detuve unos segundos en mitad de la plaza y, en ese momento, me di cuenta de que acababa de enamorarme de una imagen, de un instante y de su lugar.

Me enlugaré : creo que es como mejor pude llamar a esa sensación, como si el tiempo y el espacio hubieran dejado una marca dentro de mí.

La niebla y el frío parecían desvanecerse a su alrededor; ni el cielo gris ni la humedad lograban restarle belleza a esa estampa.

Para mí, Lola era el sol que faltaba en esta época oscura, la única luz capaz de atravesar la bruma y devolverme algo parecido a la esperanza.

Apoyada de codos en la barandilla, con su elegancia natural y esa sonrisa apenas insinuada, desprendía una calidez que parecía abrir la plaza entera.

En ese instante tuve la sensación de que allí renacía la temperatura de una primavera antigua, de aquellas que Sevilla ya no esperaba.

Ella devolvía a ese rincón de la ciudad una vida nueva… aunque solo yo pudiera verlo.

Inspiré hondo, guardé esa imagen en la memoria y le devolví la sonrisa. Así —me dije— me dan ganas de seguir.