CAPÍTULO 19
Tras unos días en el hospital, volvía a estar sentado en la terraza de mi café de siempre, ya vestido como me gusta —traje oscuro, corbata sobria, zapatos oxford relucientes, abrigo de paño largo y otro de mis sombreros, ladeado sobre la frente—, mirando mi vaso blanquecino de café.
El vaho ascendía en espirales lentas. Me gustaba esa sensación de normalidad, de rutina, de pertenecer a una época que ya no existía.
Pero la tirantez de la herida del pecho y el dolor del hombro izquierdo todavía limitaban mis movimientos.
El local apenas había cambiado desde que fui la primera vez: las mesas y sillas de madera gastada, el aroma persistente a café recién hecho y a tabaco, el siseo del vapor al calentar la leche y el serrín acumulado en las esquinas.
Afuera, la ciudad latente parecía haberse acostumbrado a su evolución regresiva: tranvías chirriando en la distancia, siluetas difusas cruzando la plaza y farolas de gas que aún daban una luz tibia, casi natural.
Desde que salí del hospital, me descubrí mirando a Sevilla con otros ojos, apreciando cada detalle antes de que la niebla lo disolviera.
Las mesas de la terraza, de madera oscura y robusta, mostraban las cicatrices de incontables inviernos y veranos.
Sus superficies, antaño pulidas, estaban ahora marcadas por círculos blanquecinos de vasos olvidados, arañazos profundos y el descolorido rastro de derrames de café y vino.
La pátina del tiempo había oscurecido aún más la madera, dándole un tono casi ébano en algunos puntos, mientras que en otros, el sol y la lluvia habían blanqueado la veta, creando un mosaico de tonos y texturas.
Las sillas, a juego con las mesas, permanecían vacías como un silencioso acto de fe, alineadas a la espera de clientes, que pudieran devolver nuestro mundo a otra época.
Sus respaldos se adaptaban a la forma de la espalda, moldeados por cuerpos de generaciones.
Los asientos brillaban en el centro y conservaban una rugosidad áspera en los bordes.
Algunas patas cojeaban ligeramente, calzadas con trozos de corcho; los travesaños estaban lisos de tanto apoyar los pies.
Cada mesa y cada silla contaban vidas que se habían cruzado en aquella terraza.
Busqué una postura en la que el pecho tirara menos y dejé que el murmullo de la calle y el calor del vaso me devolvieran, poco a poco, a la vida.
No sabía cuánto duraría esa tregua, ni si el mundo volvería a arremeter contra mí.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, no me importaba.
Estaba vivo. Y, aunque no viera luz, había aprendido a encontrar consuelo en la penumbra.
Desde mi mesa favorita, contemplaba el rincón más hermoso de la ciudad, ese que nunca me he cansado de mirar.
Frente a mí, se alzaba el magnolio centenario, sus ramas retorcidas y robustas cubiertas de hojas verdes oscuras, salpicadas aquí y allá por las últimas flores blancas, resistentes al frío.
El árbol, majestuoso y sereno, custodio de la plaza como un guardián antiguo, ajeno al paso del tiempo y a los vaivenes de la historia.
Detrás del magnolio, la silueta inconfundible de la catedral se recortaba contra el cielo grisáceo.
Sus muros de piedra, alumbrados por antorchas y gastados por siglos de viento y lluvia, se alzaban solemnes, envueltos en una neblina suave que difuminaba los contornos y acentuaba el misterio de la escena.
Las gárgolas y pináculos apenas se adivinaban entre la bruma, como si la catedral flotara en un sueño de piedra y silencio.
Y, dominándolo todo, la Giralda se alzaba al fondo, con su cúspide recortada buscando dominar el firmamento.
La torre, elegante y orgullosa, parecía desafiar la tristeza del día con su porte.
El campanario renacentista, con sus arcos, era un faro eterno en medio de la niebla: un recordatorio de que, pese a los cambios y las ruinas, la belleza persiste y es lo único que todavía nos puede salvar.
No había mejor lugar para saborear un café. Permanecí embelesado, con las piernas cruzadas y con el vaso caliente entre las manos. Aunque el mundo se hubiera vuelto más frío y gris, todavía existían rincones donde se podía vivir de verdad.
El mundo seguía siendo analógico, lento, casi detenido.
Los periódicos se amontonaban en la barra, las radios murmuraban noticias en voz baja, y el camarero —el de siempre, con su delantal gris y su bigote recortado— servía los cafés con una parsimonia ritual.
Nada parecía haber cambiado y, sin embargo, para mí, todo era distinto.
Mientras soplaba el café, recordé otra Sevilla: una ciudad vibrante, saturada de pantallas, de coches eléctricos, de promesas de futuro.
Todo parecía avanzar a una velocidad imposible, como si la tecnología fuera a salvarlo todo.
Después llegaron los cortes, cada vez más frecuentes.
La electricidad se volvió un lujo, las redes cayeron y la ciudad —como el resto del mundo— retrocedió un siglo, quizá más.
La gente volvió a vivir como sus abuelos.
Las cartas sustituyeron a los mensajes y las conversaciones recuperaron los rostros.
Yo, que siempre me sentí un extraño en la modernidad, encontraba en ese regreso forzado una paz insólita, como si el mundo, al romperse, me hubiera liberado de una angustia.
Miré hacia el interior del local y me detuve en mi reflejo sobre el cristal empañado: el sombrero ligeramente caído hacia delante, el abrigo pesado sobre los hombros.
Estaba en un momento de mi vida en el que no sentía prisa por levantarme ni por huir de mí mismo.
Ese mundo gris y sucio, que antes me repugnaba, seguía siendo gris y sucio…
pero era mi mundo. Y aunque el sol tardase meses en asomar, por fin sentía el deseo de seguir viviendo, de disfrutar los pequeños rituales. Al fin y al cabo, de eso trata la vida.
Llevé el vaso a los labios y saboreé el amargor del café, más intenso que nunca.
Había sobrevivido. Lola estaba a salvo. Curro seguía vivo.
El peligro, al menos de momento, se había disipado como la garúa de la mañana.
La vida que antes me parecía miserable, monótona, casi absurda, ahora tenía un significado inesperado, una especie de deseo de aferrarme a ella, y empezaba a cogerle gusto a esa repugnancia.
Miré a mi alrededor, a esos rostros habituales, a la ciudad que se resistía a morir, y fui consciente de ese instante de calma en mitad de la tormenta, del café caliente para vencer al frío, de la lucha perseverante de ese rayo de luz que, día tras día, buscaba abrirse paso entre la niebla.
Puede que la felicidad no sea más que eso: celebrar las pequeñas victorias del día a día.
Apuré el último sorbo, dejando que el café me calentara la garganta. Miré por última vez la sobrecogedora estampa, grabando en la memoria esa imagen de quietud y de armonía sublime. Sabía que ese instante de paz era un paréntesis, un regalo efímero en medio del caos.
Dejé unas monedas sobre la mesa, me ajusté el abrigo y el sombrero, y me puse en pie despacio. Mi cuerpo me devolvía en cada movimiento, en cada respiración, el castigo al que lo someto.
Era hora de volver a la realidad, de presentarme en comisaría. El mundo seguía esperando, y la tregua había terminado. Encaré la avenida de la Constitución, envuelto en la nube eterna de frío, con el cuerpo machacado pero el espíritu renovado.