CAPÍTULO 18
Abrí los ojos, envuelto en una luz blanca y fría, tan intensa que me pregunté si estaba en el limbo o la muerte era eso: un resplandor sin forma, sin dolor.
Pero el zumbido constante de los transformadores del techo, el pitido intermitente de una máquina hospitalaria y el murmullo de voces apagadas me anclaron a la realidad.
Parpadeé, y la claridad se fue definiendo en líneas y sombras: un techo liso, paneles de luz, cables y pantallas parpadeando a mi alrededor.
Se respiraba un aire limpio, desinfectado, con ese aroma metálico y fresco que solo existe en los hospitales.
Había una pureza artificial en el ambiente, ajena al mundo exterior.
La humedad, la sangre y la suciedad de la ciudad no podían atravesar aquellas paredes.
Hasta respirar allí me resultaba extraño.
Aquel lugar parecía suspendido fuera de la realidad por la que yo vagaba a diario, ajeno al ambiente repulsivo que solía envolverme.
Intenté moverme, pero el cuerpo no respondía. Las pantallas, los paneles de luz, el ritmo de las máquinas… Toda aquella electricidad dedicada a mantenernos vivos me parecía un recuerdo de otra vida.
¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Horas, días, semanas?
El tiempo parecía haberse disuelto en esa luz blanca y esos pitidos rítmicos.
Un sanitario pasó junto a mi camilla: bata blanca, mascarilla, una tableta digital en la mano.
Estaba en un hospital, sí. Todavía no sabía si eso significaba estar a salvo.
El corazón me dio un vuelco: ¿cómo había llegado allí?
Lo último que recordaba era el frío del mármol, el sabor a sangre y la pregunta que me quemaba por dentro: ¿había llegado a tiempo para salvar a Lola?
Intenté incorporarme, pero un dolor enorme me recorrió el torso.
Miré a mi alrededor, buscando respuestas entre el ir y venir de médicos y enfermeros.
Nadie conocido. Nadie se acercaba a mí. Solo pasos apresurados en todas direcciones, sonidos repetitivos de máquinas y ese resplandor artificial que lo envolvía todo.
Me sentía un extraño en mi propio cuerpo, un superviviente en tierra de nadie.
De pronto, unos pasos suaves se acercaron a mi lado.
Una sanitaria, joven, de piel morena y ojos opacos, se inclinó sobre mí.
Llevaba el pelo liso, cortado justo por encima de los hombros, y su bata blanca relucía bajo la luz artificial.
Sin decir palabra, me ajustó la vía del suero, comprobó las cantidades y anotó algo en una tableta digital.
Sus movimientos eran precisos, casi automáticos, y en su mirada brillaba una calma serena.
Una calma que, aunque no cure heridas, consigue tranquilizar hasta a los desahuciados.
Intenté hablar, pero la garganta me ardía y solo conseguí emitir un susurro ronco. Ella me dedicó una breve mirada de comprensión, pero no me habló. Siguió con su trabajo, revisando los monitores, y luego se alejó hacia la siguiente camilla.
El dolor en el pecho seguía siendo un castigo constante; aún sentía la bala allí, recordándome lo cerca que había estado del final.
Me llevé la mano derecha al vendaje, notando la presión y el calor bajo la tela.
El hombro izquierdo también dolía; lo mantuve inmóvil.
Miré a mi alrededor, buscando algún rostro conocido, alguna respuesta, pero solo vi a otros pacientes, la mayoría inmóviles, conectados a máquinas, y a más sanitarios que iban y venían en silencio, como seres espirituales entre desesperados.
La sensación de soledad y extrañeza se me hizo aún más intensa. El olor a desinfectante empezó a resultarme ofensivo. Recordé a quienes había visto esperar a las puertas del hospital, envueltos en mantas junto a los bidones encendidos. ¿Por qué yo estaba dentro y ellos fuera?
Momentos después, el sonido de una puerta abriéndose suavemente rompió el murmullo constante de la sala. Giré la cabeza con esfuerzo, y entonces la vi: Lola O’Donnell avanzaba entre las camillas, inconfundible incluso en ese entorno hostil.
Su porte seguía siendo erguido, elegante.
Me aferré a esa familiaridad, aunque no sabía cuánto esfuerzo le costaba mantenerla.
Llevaba un traje burdeos entallado que realzaba su figura esbelta y unos tacones discretos que, con su forma de andar, apenas hacían ruido sobre el suelo pulido.
Su piel clara resaltaba bajo la luz blanca del hospital, y la melena rubia, perfectamente peinada, caía en ondas suaves hasta rozarle los hombros.
Sus ojos brillaban de alegría pese al cansancio y reflejaban alivio y gratitud.
Los labios, delineados con precisión, apenas esbozaban una sonrisa.
Se acercó a mi camilla y se detuvo a mi lado.
El entorno se difuminó; y pese al dolor y la confusión, la sala se llenó de una luz distinta, más humana, más real.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde el Salvador.
Al mirarla, me pareció que había tenido tiempo de recuperar su ella.
Verla allí, vestida y peinada como siempre, me permitió respirar con algo parecido al alivio.
La miré como si de un ángel se tratara. Los labios, pintados de un rojo sutil —el mismo tono discreto de siempre—, dibujaban esa arruga en la comisura que tanto me gustaba. Bajo la luz blanca, sus pómulos y sus rasgos delicados parecían esculpidos en luz.
Pero lo que más me atrapó fueron sus ojos.
Un verde imposible, magnético y luminoso, mi oasis natural.
Eran grandes, enmarcados por un maquillaje leve que realzaba aún más su intensidad: pestañas largas y un trazo sutil de lápiz.
Un verde estoico que reflejaba la esperanza de la resistencia, la ternura de la protección y una inteligencia natural.
Eran los ojos más hermosos que había visto jamás, capaces de atravesar la oscuridad y el dolor, que me rescataban y me devolvían la certeza de que aún quedaba algo en el mundo.
Me sostuvo la mirada, y en ese cruce silencioso supe que, pese a todo, me alegraba de seguir vivo.
Me tomó la mano con suavidad, entrelazando sus dedos con los míos.
Por primera vez desde que desperté sentí mi sangre correr hasta la punta de los dedos.
Su piel era cálida, firme, y el contacto me devolvió una sensación de esperanza que creía perdida.
Fue en ese contacto, en la firmeza de su agarre, donde comprendí que no me había quedado en el frío suelo del Salvador.
Intenté hablar, pronunciar su nombre, pero solo logré un gruñido.
Se inclinó un poco más, acercando su rostro al mío.
—Descansa, estoy aquí.
En ese instante, sentí el corazón golpear contra mi pecho, decidido a abandonarme y escapar con ella. Ni en los momentos de máxima tensión, ni en los tiroteos, ni ante la muerte, lo había sentido tan vivo. Miré nuestras manos, apretadas una contra la otra, y supe que todo merecía la pena.
Lola me apretó la mano.
—Gracias, Ángel. Me has salvado la vida. Cuando pude levantarme, te encontré en el suelo. Salí a pedir ayuda. —Bajó la mirada hacia nuestras manos—. No sabía si seguirías respirando cuando volviera.
Quise responder, decirle cuánto lo sentía por haberla puesto en peligro, por arrastrarla a las tinieblas, pero el cuerpo no me obedeció.
Solo pude mirarla, con los ojos húmedos de impotencia, y dejar caer la cabeza sobre la almohada, vencido por el cansancio y el alivio.
Su visita me abrigó mejor que cualquier candela.
La culpa seguía allí, pero, gracias a ella, dejó de ahogarme.
Me observó en silencio, acariciándome la mano con ternura. Cuando vio que los párpados se me volvían a cerrar, me sonrió y me susurró al oído:
—Descansa. Volveré a verte. Ahora lo único que tienes que hacer es recuperarte.
Agotado, sentí cómo el sueño me arrastraba de nuevo. Pero esta vez me dejé llevar con una paz desconocida: Lola estaba a salvo y, al menos por ahora, lo que hacía servía para algo.