Azahar (Distopia 1) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Al cruzar la Puerta del Perdón aprecié cierto movimiento de personas por la zona. Supuse que serían cerca de las nueve; las campanadas me lo confirmaron. Sonaban más graves y fuertes de lo normal, como si quisieran defender a la ciudad de su metástasis.

Recogí a Marisma y la llevé de las riendas por la calle Alemanes hacia la plaza Virgen de los Reyes, iluminada por el fuego de los faroles de la fuente.

Sus pilares de hierro forjado se erguían solemnes sobre el pedestal.

Me detuve un segundo y observé el Giraldillo, imperturbable en lo alto, guardián de la ciudad durante tanto tiempo.

Pensé que, si alguien conocía todos sus secretos, era aquella figura de bronce: testigo mudo de tantas historias y silencios.

Como si aguardara, paciente, el instante de descender y terminar de impartir el castigo divino sobre los últimos aferrados que aún nos negábamos a abandonar esta ciudad.

En ese momento puse el pie en el estribo y monté sobre Marisma, abrazándome a su cuello en un gesto que era también un agradecimiento: mi fiel compañera en aquellos momentos.

La luz de las antorchas de la catedral, filtrada entre la niebla y la llovizna constante, apenas lograba cumplir su misión y las calles seguían apagadas como siempre.

El frío era hostil, y el viento arrastraba humedad y hojas muertas.

La ciudad nos hacía ver que pronto no seremos más que restos inertes apagados por el tiempo.

Avancé por la plaza, engullido por mi abrigo de ante y el sombrero, que apenas dejaba ver mis ojos. El peso del cansancio y la responsabilidad que llevaba días cargando me impedían moverme con fluidez.

Cada movimiento de la montura me sacudía el cuerpo agotado. No sabía si saldría con vida de aquello, ni si lograría salvar a Lola. Mi vida era lo de menos. Tenía que llegar hasta ella.

Marisma resoplaba bajo la fina lluvia; el vaho que desprendía parecía un reflejo de la ira que me impulsaba. Los edificios parecían querer abrirse paso en la espesa mañana y las farolas aún encendidas proyectaban halos difusos sobre el adoquinado.

Decidí acercarme a la plaza del Salvador por las calles laterales y observar la entrada antes de cruzar. El general bien podía tener hombres apostados.

Subí por Mateos Gago y seguí por las calles del centro hasta alcanzar la Cuesta del Rosario.

Un par de tiendas abiertas —una de alimentación y otra de ropa, con los escaparates empañados— parecían resistir como si fuesen reliquias en medio de la extinción del comercio local.

Eran la excepción en una calle plagada de locales cerrados a cal y canto, sin rastro alguno de vida en su interior.

El viento arremolinaba papeles y hojas en las esquinas. Las aceras estaban vacías; solo llegaba, lejano, ruido de animales y el traqueteo desanimado de un tranvía.

Desde una esquina observé la plaza del Salvador.

No distinguí vigilancia en las ventanas ni junto a la entrada.

Un vacío apabullante. El empedrado brillaba bajo la lluvia, y la iglesia se alzaba solemne, con la fachada rojiza y los relieves barrocos castigados por el tiempo.

Solo un par de vendedores ambulantes, encogidos bajo lonas raídas, empezaban a montar sus tenderetes de leña e incienso, como un acto de resistencia cotidiana.

No había visto a nadie que pareciera seguirme, pero no terminaba de fiarme. Ya estaba allí.

Desmonté, até a mi compañera a una argolla de hierro junto a la iglesia. El viento me azotó el rostro, trayendo consigo el olor a leña y pan recién hecho. Me santigüé, más por costumbre que por fe, y apoyé una mano en la madera pesada de la puerta.

Inspiré hondo, sintiendo el frío calarme hasta el alma. Con el arma en la otra mano, empujé la puerta. El chirrido de la madera y el golpe seco de los aldabones de bronce resonaron en la nave principal, quebrando la paz del templo.

Un golpe de olor a incienso y a mármol húmedo me embriagó, mientras dos tiradores, alertados por el sonido, salieron de la sacristía a toda prisa, pistolas en mano. Sin dudarlo, empezaron a disparar hacia la entrada.

Apenas tuve tiempo de lanzarme tras uno de los gruesos pilares de mármol que flanqueaban la nave.

El estruendo de los disparos retumbaba en las bóvedas, y las balas hacían saltar esquirlas del mármol descascarillado, salpicándome la cara como metralla helada y creando una nube de polvo blanco que me cegaba y me impedía asomar la cabeza.

El ruido en aquel espacio cerrado era ensordecedor, un martilleo que me reventaba los oídos y que se mezclaba con el penetrante olor de la pólvora e incienso.

Una profanación en toda regla de ese santuario majestuoso.

El tiroteo cesó. Escuché el sonido metálico de un cargador cayendo al suelo: al menos uno estaba recargando.

Tenía unos segundos. Asomé con cautela, localicé a uno de los atacantes que se movía entre los bancos y no dudé: un disparo certero y el hombre cayó fulminado, su cuerpo desplomándose sobre el suelo de losas frías.

El segundo tirador no se dejaba ver. Pegado al pilar, sentía el pulso a mil y la sangre desbocada golpeándome las sienes.

Sabía que el enemigo era bueno, paciente, y que cualquier error podía ser el último.

Me asomé rápidamente por el otro lado del pilar, volviéndome a cubrir instantáneamente, para localizarlo, pero no lo encontré. Ese silencio no era bueno.

De pronto me di cuenta: a pocos metros, el retablo de Santa Justa y Rufina emergía de la penumbra.

Las santas patronas, con su Giralda de madera entre las manos, parecían juzgarme con sus ojos de cristal.

Sevilla se desmoronaba fuera, y ellas seguían allí, protegiendo una ciudad desahuciada.

Les pedí un perdón rápido, no por mi vida, sino por la insensatez humana.

Me persigné, sin pensarlo, como un gesto desesperado, y me apreté aún más contra la piedra.

Decidí asomarme nuevamente por ese ángulo, donde suponía que estaba el otro tirador.

No tuve tiempo de reaccionar: un fogonazo.

Antes de escuchar el disparo ya sentí el impacto seco de la bala atravesándome la clavícula izquierda.

El dolor fue inmediato, brutal, y la pistola casi se me resbaló de la mano.

Caí de rodillas, la visión nublada, pero el instinto me gritó que no podía rendirme.

Vi al tirador avanzar, seguro de su victoria, apuntándome para rematarme en el suelo.

Me arrastré tras el pilar antes de que me rematara.

Lo había visto avanzar; escuchaba el impacto sordo de sus botas sobre el mármol, cada vez más cerca.

No había tiempo para pensar. Vacié el poco aire que me quedaba en los pulmones y, por puro instinto de supervivencia, me asomé por el flanco contrario.

Levanté la pistola hacia los pasos y disparé.

El tirador cayó y el silencio volvió a la nave. Me apoyé en el pilar. Estaba muy jodido y aún no había visto a Lola.

Un reguero de lava me ardía desde la clavícula hasta el codo. Cada latido bombeaba dolor y calor pegajoso bajo el abrigo. Me llevé la mano al pecho y noté la viscosidad de la sangre. No sabía cuánto tiempo podría sostenerme.

La visión se me cubrió de motas oscuras, como si la nave se hubiera llenado de humo. Al mirar a la puerta de la iglesia me di cuenta de que todo se tambaleaba.

Aspiré hondo y el olor a sangre e incienso me transportó a otras épocas, a siglos de violencia y redención entre cruces.

Cuántos caballeros, pensé, habrían saboreado el metal, con la muerte cercana frente a la promesa de salvación, mientras la sangre se derramaba sobre losas frías y el incienso intentaba, en vano, purificar el horror.

Cada respiro era una punzada en la herida. La pistola empezaba a pesar cada vez más.

Fue entonces cuando escuché unos pasos desde la sacristía y vi una figura avanzar desde el fondo de la nave central.

Recortado contra la luz tenue de la estancia, el general se erguía frente a mí.

Lo vi como al mismísimo Mastro Titta: un verdugo implacable, traje oscuro, espalda recta, la autoridad escrita en cada arruga de su rostro.

—¡Sargento Ángel! —Su voz, profunda y dominante, tronó bajo las bóvedas—. Tanto su vida como la de la doctora O’Donnell dependen de lo que haga ahora. Tire el arma y ríndase.

Intenté incorporarme, en vano. Quedé con la rodilla izquierda en el suelo y apoyé la mano armada sobre la otra. Con la cabeza ligeramente ladeada, esperé su siguiente movimiento.

Sus palabras retumbaban en mi cabeza. La sangre goteaba sobre el mármol junto a mi pie.

A través del velo que me enturbiaba la vista distinguí a Lola: estaba tendida detrás del general, al otro lado de la puerta abierta de la sacristía.

Apenas un borrón entre las sombras. Tan cerca y, sin embargo, cautiva.

El cuerpo me invitaba a rendirme, a abandonarme y caer tumbado. Pero en esos momentos en que uno piensa que ha llegado a su límite, se da cuenta de que es la mente la que manda y a la que hay que obedecer. Y su orden era clara: seguir luchando.

El general permanecía impasible delante de mí.

Ni siquiera había desenfundado. Miré a Lola, tendida a su espalda.

No sabía qué podía ocurrirle si yo disparaba.

Con un gesto lento, lancé mi arma. La pistola se deslizó por el mármol de la nave central, girando sobre sí misma hasta detenerse a varios metros, bajo su mirada atenta.

Esperaba alguna muestra de compasión, algún resquicio que pudiera aprovechar.

Me incorporé con esfuerzo. El brazo izquierdo, sin fuerzas, me quedó colgando y alcé la mano derecha en señal de rendición. Di unos pasos hacia el general, sintiendo cómo el dolor me arrancaba el aliento a cada movimiento.

Mientras avanzaba, mi mente, entrenada para sobrevivir, buscaba salidas, repasando opciones a toda velocidad:

Abalanzarme sobre él era imposible sin fuerzas; no había objetos cerca que usar como arma ni rutas de huida a mano; Lola parecía inconsciente, por lo que no podía ganar tiempo para que huyera.

Solo se me ocurría lograr que se acercara lo suficiente para intentar arrebatarle la pistola antes de que pudiera desenfundar.

Pero las probabilidades eran mínimas: el general era un hombre curtido y yo apenas me sostenía en pie.

Su voz se alzó de nuevo, autoritaria, frenando en seco mis pensamientos:

—¡Sargento! Ha llegado demasiado lejos. Este es su final. Nadie desafía a la República y sale indemne. Ni un paso más, arrodíllese.

Obedecí sin apartar la mirada de Lola. Anhelaba que mi jefe mostrara algo de compasión conmigo y que esto sirviera para mantenerla con vida. Si no lograba derrotar la red, al menos que Lola no pagara las consecuencias.

Herido y de rodillas, repliqué con la dignidad de quien sabe que puede estar ante sus últimos minutos.

—Dígame, general… ¿por qué? ¿Qué es lo que realmente buscan? Si este es mi final, al menos quiero saber que mi investigación ha servido para algo. Quiero respuestas.

Me miró con una sonrisa fría, casi compasiva, como si hablara a un niño ingenuo.

—¿Respuestas? —repitió, paseando despacio por la nave, siempre manteniendo la distancia—.

¿De verdad cree que ha conseguido algo? ¿Que ha estado cerca de desmantelar la red?

Sargento, está muy lejos de la verdad. Esto no es más que un engranaje.

Yo mismo no soy más que un peón. Ha sido un estúpido al pensar que podía tumbar una empresa como esta.

Fruncí el ceño, con incredulidad y rabia mezclándose en la mirada.

—¿Entonces quién…?

Se detuvo. Se le dibujó una sonrisa en los labios.

—Por encima de todos, está la Raíz.

Boquiabierto, apenas tuve tiempo de asimilar la revelación. Con un movimiento rápido y preciso, desenfundó su pistola y disparó. Sentí el impacto en el pecho, a la derecha del esternón, antes de oír el estruendo que se propagó por la nave. Me desplomé de costado sobre el mármol.

El mundo se volvió borroso. El aire se me escapaba a borbotones y la sangre me llenó la boca. El general me observó un instante; debió darme por muerto, porque ni se molestó en rematarme.

El frío del mármol era acogedor. Me invitaba a dormir después de tantos años de calvario. Asomaron las imágenes de mis padres, de los niños jugando en Triana y de la risa de Lola, mezcladas en un remolino de luces que no pertenecía a este mundo.

La Raíz… resonaba en mi cabeza como una campana de bronce golpeada en la distancia. Al borde de la inconsciencia, por fin sentí paz. Quería quedarme en aquel mármol helado, pero voces del más allá me pedían que me aferrara al último aliento de vida. Y la rendición nunca ha sido una opción para mí.

De repente ya no había dolor, solo sangre cubriéndome el cuerpo, empapando la ropa y extendiéndose en un charco cálido sobre el frío suelo. Apenas sentía los dedos, y la luz de la iglesia se apagaba a mi alrededor. No había habido compasión.

No podía tragar. Cada intento de respirar era un esfuerzo titánico; mi jadeo roto era lo único que escuchaba, aparte de los pasos del general.

El frío me subía por las extremidades. Cada gota de sangre acercaba más la muerte, hasta que la sentí encima de mí.

Estaba a un suspiro del final, solo, derrotado, el alma se me escapaba.

De pronto, la presión del revólver contra mi tobillo me devolvió a la nave. El pequeño revólver de la tienda. Una sola bala. Ya no me pesaba haber entregado el reloj.

Con un esfuerzo casi sobrehumano, logré acercar el tobillo a la mano, sacar el arma de la bota y aferrarla con los dedos entumecidos.

El general, convencido de que agonizaba, ya ni miraba atrás. Pero el sonido que escuchó no fue un gemido de derrota, sino el inconfundible amartillar de un revólver. Giró la cabeza, incrédulo, justo a tiempo para ver el cañón diminuto apuntándole.

El disparo resonó en la iglesia como si de un cañón se tratase. La bala le atravesó el cráneo. El general cayó desplomado, sin un solo grito, destensado instantáneamente.

Sin apenas visión y el pulso desbocado, busqué con la mirada la sacristía. Allí, entre la penumbra y el resplandor artificial, alcancé a ver a Lola. Seguía allí sin moverse.

Mientras la luz blanca me envolvía y el calor me abandonaba, una única pregunta me atravesó la mente, punzante y desesperada:

¿Habré llegado a tiempo para salvarla?

Sentí la soledad absoluta de quien se sabe al borde del final y en ese último instante, lo único que deseé fue no dejarla sola en la oscuridad.

El mundo se desvaneció, no había túnel, ni luz, ni nada… sin dolor, sin tiempo. Nada más.