CAPÍTULO 16
Me separé del arco. El aire de las profundidades apestaba a polvo de siglos y a sudor rancio de cautiverio. Sentía el vello de los brazos erizado; salir de aquella sombra era renunciar al único amparo que me quedaba.
Antes de que la razón pudiera frenarme, irrumpí en la sala con mi pistola firme en las manos.
El coronel, de espaldas, se giró bruscamente, los ojos encendidos de rabia y sorpresa. Los técnicos, cinco en total, se quedaron petrificados en sus sillas, iluminados por el resplandor azul de las pantallas. El zumbido constante de los equipos se mezclaba con nuestras respiraciones.
—Ni un movimiento —espeté, apuntando directo a su pecho.
El coronel, sin alzar las manos, con la mandíbula tensa, superada ya la sorpresa inicial, me sostuvo la mirada con una calma inquietante.
—Vaya, sargento. No esperaba que llegaras tan lejos. —Su boca soltó todo el veneno—. Baja el arma. Si quieres volver a ver a Lola con vida, será mejor que me hagas caso.
No pestañeé.
—¿Dónde está?
Sonrió, una mueca amarga.
—No estás en posición de exigir nada. Suelta el arma, o no la volverás a ver. Créeme, no tienes ni idea de con quién te estás enfrentando.
Los técnicos se removían en sus asientos y se miraban entre sí, sin poder disimular el miedo. Uno de ellos, el más joven, bajó la vista, las manos temblorosas sobre los reposabrazos.
—¿De verdad crees que ellos van a arriesgarse por ti? —dije sin apartar la vista del coronel—. Ya matasteis a uno por intentar hacer lo correcto. ¿A cuántos más les cortaréis la cabeza?
El coronel les lanzó una mirada de desprecio.
—Ellos son parte de nuestro equipo, y saben lo que les conviene. Nadie aquí es inocente.
Amartillé la pistola, dejando que el arma gruñera, mientras mantenía el cañón fijo en su pecho, para que entendiera que no dudaba. El coronel ni se inmutó.
—Dímelo: ¿dónde está Lola?
Dio un paso al frente, desafiante.
—No tienes ni idea de lo que está en juego. El general no se detendrá. Yo intenté advertirte, Ángel. Te puse a mi sobrino para torpedearte. Te mostré las señales, más de una vez. Pero no… no las viste. O, peor aún, no quisiste verlas.
Un silencio nauseabundo se hizo en la sala. Los técnicos, cada vez más inquietos, intercambiaban miradas nerviosas. El más joven, con los ojos vidriosos, murmuró:
—No queremos más muertes…
El coronel giró la cabeza, furioso.
—¡Calla! Nadie habla aquí hasta que yo lo diga.
En ese instante, el informático más cercano se levantó de golpe y empujó al coronel. Mi superior trastabilló. Los técnicos aprovecharon para correr hacia la escalera, empujándose y tropezando entre sí. Los dejé pasar: no podía apartar el arma del coronel.
Me abalancé sobre él, lo reduje contra el suelo y le encañoné la sien.
—¡Habla! ¿Dónde la tienes?
Derrotado, respiraba con dificultad. La furia había desaparecido de sus ojos y casi me pareció ver algo de humanidad…
¿o tal vez fuese miedo? Bajo la luz de los monitores, sus ojeras y sus arrugas se hicieron más hondas.
Sin la distancia que imponía el rango, parecía un hombre envejecido y solo.
Sentí una lástima amarga al recordar los años de servicio junto a él, el respeto que le había tenido y el uniforme que ambos representábamos.
—No quería esto… —susurró—. El general la tiene.
En sus oficinas de la Iglesia del Salvador.
Yo… te aprecio, Ángel. He intentado que todo fuese por las buenas, te lo juro.
Te mandé a los hombres que te seguían, para asustarte, para que dejaras el caso.
Te aparté, pero no has parado. No lo has dejado…
Noté un temblor en su voz. Nunca lo había visto desmoronarse así.
—¿Por qué todo esto? —pregunté, con la voz rota.
—El general no tiene límites. Si vas tras él, será tu final. Sabía que, si seguías, acabarías muerto. Y ahora… ahora mi sobrino también lo está. —Cerró los ojos, vencido.
Pelayo había entrado en aquel sótano con la orden de matarme. El coronel podía llamarlo protección; yo no.
Lo cacheé y le retiré el arma. Dejé su pistola y la de Pelayo descargadas sobre una mesa y me guardé la munición. Me incorporé sin dejar de apuntarle con la mía.
El zumbido de los equipos llenó el silencio. Me pesaba el arma y el sudor se me enfriaba bajo la ropa. Ya sabía dónde buscar a Lola, pero seguía mirando al coronel, incapaz de reconocer del todo al hombre que tenía delante.
Aún en el suelo, levantó la mirada hacia mí y me suplicó:
—Hazlo, Ángel —murmuró—. Acaba conmigo. Es lo mejor que puedes hacer por mí, por ti… y por Pelayo.
Apreté la mandíbula. Por un momento, la tentación de la venganza me recorrió las venas y sentí cómo el dedo se tensaba solo sobre el disparador.
Pero enseguida sentí culpa por haberlo considerado siquiera.
No soy un asesino. Si lo hiciera, ¿qué me diferenciaría de estos despreciables? La mal llamada justicia —benevolente con los culpables, injusta con las víctimas— es, pese al sentir general de la mayoría, lo único a lo que podemos recurrir.
—No. —Mi voz salió firme, casi fría—. No te voy a dar esa salida fácil. Tendrás la suerte de ser juzgado por la injusticia, como el resto de delincuentes.
Pensé en engrilletarlo y volver después a por él.
Pero Lola seguía en manos del general y no quería perder más tiempo.
Si conseguía salir vivo del Salvador, volvería a buscar al coronel.
Si no, tendría que explicar a los suyos cómo había llegado hasta allí.
Podía huir en cuanto yo saliera, pero no me importaba. Mi prioridad era Lola.
—En cuanto todo esto acabe, volveré a por ti. Te llevaré ante el juez y tendrás que contarlo todo. Y si no soy yo quien regresa, tranquilo… vendrán otros, y ellos no tendrán mis reparos: harán contigo lo que yo me niego a hacer.
Asintió, derrotado, y por un momento, en su mirada, creí ver un atisbo de alivio.
Pensé en Curro, en Lola, en todos los que habían caído o aún corrían peligro por culpa de aquella red.
Cada paso en aquella investigación me alejaba más de lo que quedaba de civilización, de la poca paz que aún conservaba.
Arriba, la ciudad seguía su lucha indiferente, envuelta en su propia niebla, ignorante de los secretos que se pudrían bajo sus cimientos.
Ahora era yo el único que podía desvelarlos y, con suerte, devolverle algo de dignidad a una población que malvivía.
Aunque el precio pudiera ser el más alto: la vida de los míos.
Ojalá, si alguien tenía que perderla, fuera yo.
Sin mirar atrás, guardé mi pistola y abandoné al fin aquel lugar, bajo la sombra de los naranjos que, desde hace siglos, custodian los viejos secretos.
El aire frío de la mañana me devolvió a la realidad de la ciudad. La niebla y el frío seguían ahí, pétreos, pero era lo último en lo que me fijaba. Mi destino estaba claro: la iglesia del Salvador. Entre sus muros aguardaba el general… y, sobre todo, Lola.