CAPÍTULO 15
Avanzaba despacio por la Avenida de la Constitución, mi yegua marcando un paso firme pese a los charcos que anegaban el adoquinado.
Solo los cascos de Marisma y el agua bajo sus patas rompían el silencio; ninguna voz, ningún murmullo.
Esta ya no era la ciudad que sentía como mía; era un criadero de espectros.
Llevaba la cabeza gacha, el sombrero cubriéndome los ojos y la mirada clavada en la silueta de la Catedral, recortada contra el cielo plomizo que amanecía.
No había vuelto a dormir. No podía. La imagen de Curro, desangrándose en el suelo de su casa, me perseguía. Y al peso de esa visión se sumaba la culpa: ¿le habrían hecho daño también a Lola?
Mi destino era el Patio de los Naranjos. Solo me quedaba la esperanza de haber acertado… porque si estaba equivocado no tenía ningún hilo del que seguir tirando.
Desmonté y até a Marisma a un eslabón de la cadena oxidada y fría que delimitaba la Catedral.
Y en ese momento me detuve ante la Puerta del Perdón, apenas visible entre la turbia mañana y la luz cansada que se filtraba entre los muros.
Custodiada por columnas y vigilada por los santos de piedra que la flanqueaban, se alzaba con sus hojas labradas como un umbral solemne.
La humedad acentuaba el color rojizo del arco, y las filigranas mudéjares parecían cobrar vida bajo la fina capa de agua que resbalaba por la piedra.
El tiempo se ralentizó: la puerta, tan familiar y tantas veces cruzada sin mirar, se me reveló como una frontera, un vestigio de respeto sagrado en medio de la decadencia.
Fue entonces cuando reparé en lo que se escondía tras la reja negra: un pequeño altar barroco, casi imperceptible, con un Cristo olvidado entre mármoles dorados desgastados.
Un Cristo de madera extenuado por los siglos, cubierto de polvo, con el dorado del retablo apenas visible a su espalda.
Se parecía a nosotros: entumecido, maltratado, acompañado únicamente por las llamas y la cera de las velas.
Me acerqué despacio: la delicadeza de cada curva, de esos trazos árabes, resultaba hipnótica.
El olor a madera centenaria y a piedra milenaria se mezclaba con el perfume de los naranjos, todo ello envuelto en incienso.
Sentí que cruzar aquella puerta era adentrarme en otro mundo, uno donde la belleza y la historia resistían, tercas, al olvido y la ruina.
Crucé la puerta. Me pareció percibir un aroma a azahar. No sabía si lo traía el aire o la memoria, si aquel patio conservaba para mí un perfume que el invierno no podía borrar. Lo cierto es que me llenó de un optimismo extraño, tan efímero como necesario.
En ese instante, las campanas de la Giralda comenzaron a repicar: pum, pum, pum… hasta completar ocho toques. Sonaban como un aviso de que no debía dar un paso más.
Levanté la vista y dejé que la magnificencia del lugar me envolviera.
El patio, iluminado por las llamas de las antorchas, se erguía como guardián silencioso de las intimidades de la Catedral.
Los naranjos, perfectamente alineados, mostraban entre el follaje castigado por el frío unas ramas como extremidades retorcidas.
Aquellos naranjos eran el mismísimo Cerbero: guardián implacable, responsable de que vivos y muertos jamás convivieran.
Avancé entre los árboles, atento a cada sonido, a cada sombra entre la niebla. El verso volvía una y otra vez a mi cabeza: «Bajo la sombra de los naranjos duermen los secretos viejos».
El Patio de los Naranjos emergía de la penumbra como un recuerdo borroso, envuelto en ese velo blanco espeso y la llovizna persistente de aquel invierno interminable.
La luz apenas se insinuaba, filtrándose tímida y gris entre las ramas de los naranjos, que parecían figuras fantasmales en la bruma.
Las pocas sombras proyectadas por el temblor de las antorchas se confundían con la claridad difusa que lo envolvía todo.
Quizá el mundo hubiera quedado suspendido en un limbo entre el día y la noche, entre la vida y la muerte.
El frío intenso, impregnado del olor a piedra mojada y del perfume tenue de los naranjos, me envolvía.
Bajo mis pies, el empedrado resbalaba, cubierto de una fina película de agua y musgo, y cada paso dejaba un chapoteo suave, hundido en la bruma.
La armonía del agua corriendo por las acequias se mezclaba con el golpeteo de la llovizna sobre las hojas y el suelo, componiendo la única banda sonora del lugar.
Algún fruto caído, partido y brillante, destacaba en el suelo empapado, pero su color parecía apagado, aquella niebla y el frío arrasaban con todo lo que tocaban. Afuera, Sevilla empezaba a despertar.
Mientras andaba con cuidado, notaba que el cielo opresivo de la ciudad buscaba reducirme. Me detuve junto a uno de los naranjos, apoyé la mano en la corteza rugosa y fría, y respiré hondo, llenándome de ese aire místico, casi sagrado.
El Patio de los Naranjos era, en ese instante, un entretiempo eterno en medio de una ciudad herida.
Al llegar a la fuente central, me fijé en el agua, apenas un hilo entre las piedras. Miré a mi alrededor, buscando algo fuera de lugar: una marca, una puerta, una señal.
El silencio abrumador hacía que el más leve crujido de una rama, el goteo de la fuente o el roce de mi propia respiración pareciera resonar en los muros del santuario.
Sabía que no podía permitirme errores ni confiarme allí. Ya había escapado una vez de sus manos. No podía volver a caer.
Si quería salvar a Lola, tenía que encontrar un acceso antes de que mis enemigos me encontraran a mí.
Inspiré hondo, dejando que el frío llegara hasta lo más profundo de mis pulmones y que la tensión saliera. Me despejó la mente.
Me movía entre los naranjos. El empedrado, irregular y antiguo, estaba salpicado de pequeñas alcantarillas de hierro forjado, la mayoría cubiertas de musgo y apenas visibles bajo la llovizna. Una de ellas, sin embargo, parecía más limpia, como si alguien la hubiera manipulado recientemente.
Me agaché, palpé la rejilla oxidada y fría, y noté que el aire que salía de allí era más cálido que el ambiente. Un vaho tenue ascendía, mezclándose con la niebla. Me incliné, contuve la respiración y miré a través de las rendijas.
Debajo del Patio, en una sala abovedada iluminada por luces tenues, distinguí varias figuras.
El coronel, inconfundible por su porte y sus elegantes ropas, daba instrucciones a un grupo de informáticos sentados ante diversas pantallas.
Ordenadores, cables y baterías se apilaban sobre mesas de madera.
El zumbido de los generadores y el parpadeo de los monitores creaban una atmósfera irreal, casi arcaica.
Alcancé a oír fragmentos de la conversación:
—…el flujo de energía debe mantenerse estable, no podemos permitirnos otra caída —decía el coronel, señalando un gráfico en una de las pantallas—. El último envío debe salir antes del mediodía.
Uno de los técnicos, nervioso, tecleaba sin parar.
—Estamos redirigiendo el suministro desde la red secundaria. Si los sensores de la compañía detectan la anomalía, tendremos que cortar en menos de cinco minutos.
El coronel asintió, la mandíbula tensa.
—No habrá margen de error. El pago ya está en curso. Si todo sale bien, mañana tendremos acceso a la subestación del Aljarafe.
Lo comprendí de golpe: los desvíos de energía estaban ligados a aquellos pagos. No sabía quién compraba el suministro ni para qué lo utilizaba, pero allí abajo se negociaba lo que faltaba en las calles y en el hospital. El tráfico de energía era el nuevo oro negro.
Miré a los hombres sentados ante las pantallas y pensé en el muchacho de la plaza de Doña Elvira.
Sabía que había formado parte de la red y buscado ayuda dentro de la Guardia.
¿Habría trabajado con ellos? La nota señalaba a Carrera como un contacto seguro, pero yo había visto al general reunido con el coronel y con Pelayo.
¿En quién había confiado aquel muchacho?
El verso volvió a resonar en mi cabeza, más lúgubre que nunca: «Bajo la sombra de los naranjos duermen los secretos viejos».
Y el hombre de la Cartuja llevaba una tarjeta como las que habían desaparecido de comisaría. Podía haber trabajado para ellos. Quizá lo habían matado para impedir que hablara. La red no solo robaba energía: devoraba a los suyos, enterrando los secretos donde ni los locos se atreverían a buscar.
Si me descubrían, no tendría escapatoria. Me aparté con sigilo, el corazón desbocado.
Era el momento de bajar al corazón de la ciudad. Allí donde los secretos viejos seguían esperando.
Recorrí el perímetro del patio, guiado por la mezcla de intuición y urgencia.
Me detuve junto al muro, cerca de la base de la Giralda y de un banco de piedra ancestral.
Fue entonces cuando, entre las ramas enmarañadas de una enredadera, descubrí un matiz distinto en la pared: un color ajeno al resto, apenas perceptible.
Me agaché y tiré de las ramas con la mano.
Tras ellas apareció una pequeña puerta de madera envejecida, de apenas metro y medio de altura, oculta entre el lateral del banco y la pared, casi mimetizada con la piedra oscura.
Aunque antigua, un detalle rompía con la estética medieval del lugar: un pequeño panel electrónico, apenas visible bajo la humedad de la enredadera, con un símbolo hexagonal grabado en la superficie.
Junto al panel distinguí un 3 pintado sobre la piedra.
Recordé el fragmento de la Cartuja: «…los Naranjos, 3. Acceso subterráneo».
Una mezcla de emoción y miedo me recorrió el cuerpo. Recordé la tarjeta que había encontrado en el cadáver de la Cartuja. La llevaba en el bolsillo interior del abrigo. La saqué, la observé un instante —el mismo hexágono, idéntico al de la cerradura— y la deslicé con cuidado sobre el lector.
Un leve destello azul iluminó el panel. Se oyó un clic sordo y la puerta, pesada pero bien engrasada, se abrió con sorprendente facilidad.
Al otro lado, una escalera de caracol descendía hacia la penumbra; el aire viciado y cálido ascendía desde las profundidades.
Tragué saliva y eché un último vistazo al patio envuelto en niebla antes de entrar.
El aire se volvía más espeso a cada peldaño.
La luz de la superficie se desvanecía tras de mí, tragada por la oscuridad de los subterráneos.
Descendí despacio, conteniendo la respiración, atento al eco de mis propios pasos sobre la piedra gastada.
El leve zumbido de ordenadores y voces apagadas se hacía cada vez más nítido, mezclándose con el latido acelerado de mi corazón.
Al llegar al último escalón, me pegué a la sombra de un arco lateral, oculto en la penumbra.
El resplandor azul de las pantallas iluminaba la galería abovedada, proyectando sombras inquietas sobre los muros.
Desde donde me encontraba, podía ver al coronel —el abrigo de lana oscuro, la silueta tensa— de espaldas, rodeado de informáticos, todos absortos en sus terminales.
Me agaché, buscando un ángulo para observar sin ser visto. Cada movimiento era un riesgo: una tos, un crujido, el roce de mi abrigo contra la piedra; cualquier sonido podía delatarme. El sudor frío me perlaba la frente, mezclándose con la humedad del aire.
Escuché fragmentos de la conversación, palabras sueltas que confirmaban mis peores sospechas: «envío», «red secundaria», «el general no puede saberlo aún», «transferencias».
El coronel parecía nervioso, lanzando miradas furtivas hacia la entrada, como si temiera que alguien estuviera a punto de descubrirlo.
Contuve el aliento. Estaba tan cerca que podía distinguir el temblor en las manos de uno de los técnicos y los gestos tensos del coronel. Por fin estaba bajo la sombra de los naranjos, junto a los viejos secretos.