Azahar (Distopia 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Monté en Marisma abatido, dejándome llevar por ella.

El animal era una extensión de mí mismo, acompasado con mi sentir.

Avanzábamos al paso sobre los adoquines húmedos, marcando un ritmo lento y cansino entre la neblina.

El abrigo de ante me pesaba el doble por culpa del agua, y mis ojos se aferraban a la línea temblorosa de luz que dibujaban los faroles de gas.

No miré atrás. Solo pensaba en llegar hasta Curro.

La ciudad, incluso de madrugada, solía mostrar algo de vida furtiva, pero bastaba con que la llovizna arreciara para que todos corrieran a esconderse bajo los soportales, como si del cielo cayeran gotas de ácido.

Con la lluvia, el hedor a cloaca y basura podrida se elevaba del empedrado.

Ante la ausencia de humanos, las ratas salían de los desagües y tomaban posesión de las calles.

Sentía la culpa pesando en cada músculo. Había arrastrado al Wifi a mi guerra, y ahora él agonizaba en una camilla mientras yo seguía libre. Necesitaba saber si había sobrevivido.

Tardé media hora en llegar a las inmediaciones del Hospital Virgen del Rocío.

En otro tiempo fue un orgullo de la ciudad; ahora era una mole lúgubre de hormigón rodeada de vallas metálicas.

En los aledaños, decenas de familiares de enfermos se apiñaban en silencio alrededor de hogueras encendidas dentro de bidones oxidados, esperando noticias que casi nunca eran buenas.

Aquel lugar era el purgatorio en la tierra.

La estampa encogía el estómago incluso a alguien tan endurecido como yo.

Vi a ancianos envueltos en mantas empapadas, tiritando mientras tosían un aire espeso y gris.

Madres desesperadas acunaban a sus niños.

Otros desamparados suplicaban ante las puertas de cristal, custodiadas por agentes armados que apenas se dignaban a mirarlos.

El hospital, sobresaturado de emergencias, reservaba sus recursos para quienes figuraban en las listas de prioridad de las altas esferas.

Todos sabíamos de dónde venían aquellas órdenes.

El resto del pueblo esperaba fuera, rezando a la luz de las hogueras, compartiendo mendrugos de pan duro y el consuelo de tontos de la desgracia compartida.

Era la evidencia más obscena de que la escasez energética no era una tragedia natural, sino un arma de control social llevada a cabo a la perfección.

Detuve a mi yegua en las sombras de un callejón frente a la entrada principal. Me bastó un vistazo para entender que ya se me habían adelantado.

Había movimientos extraños entre las hogueras.

Reconocí a los agentes de paisano de inmediato.

Es fácil detectarlos si tienes el ojo entrenado: no se acercan al fuego para calentarse, sino que escudriñan cada rostro que entra o sale del complejo.

Había dos apostados junto a la puerta de urgencias, fumando con las solapas de los abrigos subidas.

El bulto inconfundible de las fundas sobaqueras les deformaba la caída de la ropa.

Si me acercaba a la entrada, quedaría a su vista.

Podían haber escuchado mi llamada a Central.

No necesitaban haberme seguido hasta allí.

Me tuve que conformar de nuevo con la derrota. No podía entrar a ver a Curro. Tenía que quedarme con la duda de si mi amigo seguía respirando o si ya era un cadáver en la morgue del sótano.

Y entonces, un presentimiento me abatió, y todo quedó en un segundo plano.

Casi no pude mantenerme erguido. El coronel había utilizado a Pelayo.

Había ido a por Curro para recuperar la bobina.

¿Y Lola? El aire se me escapó de los pulmones.

Aunque ella no tenía nada, era la forma más fácil y evidente de hacerme daño.

Si querían hacerme salir de mi escondite o castigarme por la muerte de Pelayo, Lola era el objetivo perfecto.

Apreté las riendas y espoleé a Marisma con una brutalidad impropia de mí. El animal respondió con un resoplido y se lanzó al galope.

Continué mi ruta a un ritmo suicida, cruzando la ciudad por callejuelas secundarias y esquivando los controles de la Guardia. Atento a cada sombra, cada rostro, cada jinete; todos eran verdugos en potencia.

Accedí a la plaza de su consulta, en el laberinto de las callejuelas del centro.

La niebla se enredaba en las ramas de los naranjos y velaba las fachadas.

Solo brillaban un par de farolas, insuficientes para disipar las tinieblas.

Miré hacia el primer piso. La consulta estaba a oscuras.

A esas horas no era extraño, pero necesitaba verla, asegurarme de que estaba bien.

Me tiré del caballo casi en marcha y corrí hacia la puerta. Estaba cerrada a cal y canto. Lola vivía en el piso superior y, si salía, colgaba antes un pequeño cartel de madera en el pomo para avisar a sus pacientes. No había cartel.

Golpeé la madera vieja con los nudillos, primero con prudencia, luego con desesperación. Nadie respondió. Retrocedí unos pasos, empapado por la lluvia y el sudor frío, y me crucé con una vecina mayor que barría mecánicamente las hojas húmedas del portal contiguo.

—Disculpe —dije, casi sin aliento—, ¿ha visto a Lola?

La mujer se detuvo, apoyándose en la escoba, y arrugó la frente.

—Hace un par de días que no la veo. Siempre nos saludamos muy temprano, pero ayer no me crucé con ella. Pensé que habría salido de viaje por alguna urgencia… aunque me extraña que no haya dejado su cartelito. La doctora O’Donnell es muy escrupulosa para esas cosas.

Le di las gracias con un murmullo sordo y volví a alzar la vista hacia la fachada.

Fue entonces cuando reparé en la persiana del despacho.

Estaba bajada, pero no de forma uniforme.

Uno de los extremos estaba enganchado, torcido hacia arriba, como si alguien la hubiera soltado de golpe o hubieran forcejeado contra la ventana.

No recordaba haberla visto así. Lola cuidaba hasta esos pequeños detalles, y aquella anomalía se sumó a su silencio y a las palabras de la vecina.

Me apoyé contra la pared de ladrillo visto, cerré los ojos y tuve que aceptar que la culpa y la impotencia me lo pondrían difícil.

No podía quitarme una idea de la cabeza: se la habían llevado. Y todo por mi maldita culpa. Quizá hubiera otra explicación, pero después de encontrar a Curro desangrándose no conseguía creer en ella. Había intentado mantenerla al margen y ahora ni siquiera sabía dónde estaba.

La pista del Patio de los Naranjos seguía siendo lo único que podía acercarme a quienes estaban detrás de todo aquello. No sabía si encontraría a Lola allí. Tenía que encontrar al menos a alguien que supiera qué habían hecho con ella.

Apreté la culata del arma bajo el abrigo. Iba a por todas, dispuesto a llevarme al coronel por delante.