CAPÍTULO 13
Sin embargo, no podía darme el lujo de descansar. A pesar de mi cansancio y del deseo visceral de aislarme del mundo, me obligué a hacer un último esfuerzo por joder a los de arriba. Tenía que seguir y tomar la iniciativa.
Espoleé a Marisma y puse rumbo a Su Eminencia, en un verdadero peregrinaje nocturno hasta la casa de mi amigo Curro, con la esperanza de que hubiera logrado descifrar el contenido de la bobina.
Pensé que, con lo que ya tenía y la ayuda de esa grabación, podría asestar por fin un golpe certero contra la red clandestina de energía.
La calle donde vivía Curro estaba flanqueada por casas bajas; el aire apestaba a alcantarilla y la gente malvivía hacinada en construcciones viejas y estrechas.
Era un lugar al que nadie quería ir: territorio abandonado, demasiado peligroso.
Allí, si no comías, te comían. La violencia y la delincuencia recorrían las calles con total impunidad.
Serían las cinco de la mañana cuando accedí a su calle desde la avenida principal, con el pulso acelerado. Había querido visitarlo antes en busca de novedades, pero los contratiempos me lo impidieron. Ahora llegaba sin saber si había conseguido avanzar.
La niebla era tan espesa que tuve que acercarme a menos de medio metro para advertir que la puerta estaba entreabierta.
Una muesca junto a la cerradura y la madera astillada me revelaron que nadie se había molestado en disimular la entrada.
Desmonté de un salto y amarré a Marisma en la reja de la ventana.
Dentro, la penumbra apenas dejaba ver. Las chispas de un dron volcado en el suelo rompían la oscuridad.
El zumbido irregular del rotor me recordó a una mosca atrapada.
El salón —si es que aún podía llamarse así— estaba destrozado: pantallas arrancadas, cables cortados, discos duros machacados en el suelo.
Parecía que hubiera pasado un carro de combate por allí.
Bajo la mesa de trabajo se extendía un charco oscuro.
—¡Curro! —grité, al tiempo que corría hacia el charco notando cómo las piernas me temblaban.
Al rodear el sofá lo encontré encogido contra la pared. Un hilo de sangre le corría desde la oreja hasta el cuello; la bata estaba empapada, a la altura del costado. Al verme levantó los ojos. Me dedicó una fugaz mirada y la cabeza se le venció hacia atrás, golpeando la pared.
Me arrodillé, presionando la herida del costado con la primera tela que encontré —una manta sucia del sofá— y acerqué mi rostro al suyo.
Con una mano mantuve la presión sobre la herida; con la otra saqué del bolsillo el reloj-comunicador que había recuperado de Pelayo. Activé el canal de emergencias y me lo acerqué a la boca, rezando para que los repetidores funcionaran.
—Central, aquí sargento Ángel Vega. Necesito una UVI móvil en calle Ingeniero la Cierva ciento ochenta y uno. Herido por arma blanca. ¡Crítico!
Un chasquido de estática fue mi única respuesta. Maldije, pulsé de nuevo el botón de transmisión y repetí la llamada. Treinta segundos angustiosos, y una voz femenina y metálica confirmó que un furgón sanitario de combustión salía del Hospital Virgen del Rocío.
Acababa de dar mi nombre y mi posición. Miré a Curro. No podía esperar.
—Aguanta, hermano. He pedido ayuda —le dije al oído.
Volví a sus ojos, donde aún brillaba un destello de vida. Solo un murmullo, perdido en la aspereza del estertor, consiguió escapar. Le sujeté la mano, helada, y la acerqué a mi pecho, dándole todas las fuerzas que podía.
—Dime quién fue, Curro. ¿Cuántos? ¿Se llevaron la bobina?
Parpadeó, dolorido. Movió la cabeza hacia el aparador; no supe si intentaba comprobarlo o indicarme algo. Allí, donde por última vez había visto la maldita bobina, solo quedaba ahora una balda vacía.
Cerré los ojos con fuerza, contuve la rabia y acerqué mi oído a sus labios blanquecinos.
—Tranquilo. No hables —susurré—. Quédate conmigo hasta que lleguen.
Insistió, espirando aire caliente con olor a sangre. Intentó formar palabras:
—Co… —Tosió—. …ro…
Su garganta emitió un silbido. Lo animé con la mirada.
—No te entiendo, Curro —murmuré, acercando más el oído—. ¿Quién te ha hecho esto?
—…nel… co-ro-nel…
El coronel. Miré la sangre que se me escapaba entre los dedos. Yo había llevado la bobina hasta aquella casa.
El remordimiento era lo único que sentía: si habían atacado al Wifi, ninguno de los míos estaba a salvo. ¿Hasta dónde pensaban llegar mis superiores? ¿Cuánta ira era capaz de desatar el coronel tras la muerte de su sobrino Pelayo?
—Te sacaré de aquí, amigo. Lo juro.
No podía con sus párpados. Temeroso de que se rindiera, alcé la voz para mantenerlo consciente.
—Escúchame, ¿hay alguna copia de la información que sacaste de la bobina? ¿Queda algo de utilidad aquí?
Una leve mueca en su rostro me pareció una respuesta afirmativa. Me aferré a esa posibilidad: quizá Curro hubiera puesto algo a resguardo por si venían mal dadas.
Tras una eternidad esperando, un golpe seco en la puerta precedió al ruido de pasos y órdenes entrecortadas. Dos sanitarios exhaustos, con mascarillas grises y abrigos raídos, irrumpieron arrastrando una camilla de lona y un maletín de cuero desgastado. Me aparté lo justo, sin soltar su mano.
—Pulso muy débil, está perdiendo demasiada sangre —dijo uno, palpando el cuello de Curro—. Prepara gasas. Rápido.
El sanitario me relevó junto a la herida mientras su compañera preparaba la camilla. No despegué la mirada del rostro apaleado de mi amigo. Ahora todo lo demás —la bobina, el aljibe, la conspiración— era secundario.
—Apártese, tenemos que movernos —ordenó la enfermera.
El protocolo me obligaba a ceder, pero me incliné una última vez.
—Mantente vivo. Que los vamos a hundir, te lo prometo.
Se lo llevaron, y el salón pareció engullirme. Me acerqué al aparador vacío y pasé los dedos por las marcas del polvo. Busqué la caja de la bobina entre los restos, sin encontrarla.
Deseé volver a tener delante al coronel. ¿Otra víctima acorralada, como Pelayo… o un monstruo que se beneficiaba de todo aquello y estaba dispuesto a destruir a quien se interpusiera en su camino?
Tras un último vistazo al caos, salí cerrando la puerta maltrecha. El crepitar de los cables fritos fue lo único que permaneció a mi espalda. Afuera, la ciudad me recibió con una llovizna fina y una brisa gélida. Apreté los puños, sintiendo la sangre reseca de mi amigo tirante en la piel.