CAPÍTULO 12
El traqueteo metálico al girar la llave me confirmó que el mecanismo funcionaba. Había dado con la puerta correcta. Empujé la hoja de metal con el arma encarada; se abrió con un chirrido y del interior escapó una bocanada de polvo y olor a cerrado.
Avancé con cautela, pistola en mano y los sentidos alerta.
La luz de un par de lámparas de gas sobre las mesas iluminaba el caos: cajas abiertas, papeles esparcidos, estanterías vacías.
Todo había sido registrado y vaciado, al parecer con prisa, parecía que alguien no hubiera encontrado lo que buscaba.
Al fondo, entre dos sillas de oficina maltrechas, distinguí una silueta.
Me acerqué despacio, con el corazón acelerado.
Era un hombre, tumbado de lado, la camisa empapada de sangre y los ojos sin vida, abiertos sin que le fuera posible ese descanso eterno que todos buscamos.
No me era del todo desconocido: lo había visto antes, alguna vez en la comisaría, otras en los alrededores de la sede.
¿Trabajaba para la Red? ¿O había intentado denunciarla?
Me agaché junto al cuerpo. Tenía las manos atadas a la espalda y un disparo en el pecho. Le registré los bolsillos: estaban vacíos. Ejecución. Limpieza. Uno menos.
El cuerpo estaba helado y rígido, la expresión del muerto era de terror. Pensé que, por el estado del cuerpo, podrían haberlo matado al enterarse de mi fuga, pero no tenía forma de saberlo. Si habían descubierto los cadáveres del sótano, todo habría podido precipitarse.
Estuve un rato registrando la sala: cada caja, cada estantería, cada cajón.
Quedaban manuales de equipos informáticos, folios sueltos y panfletos publicitarios tirados por el suelo.
Aparté lo que iba revisando. La desesperación me empujaba a ser minucioso.
Moví los pesados escritorios metálicos, cuyos chirridos contra el suelo eran tan estridentes que temía que me escucharan desde fuera del edificio.
Levanté las alfombras raídas, buscando dobles fondos en la tarima o cajas fuertes ocultas bajo las tablas podridas.
Registré incluso los conductos de ventilación abandonados, metiendo el brazo hasta el hombro en cañerías llenas de suciedad y telarañas, rezando por rozar con la yema de los dedos un disco duro, un pendrive o una libreta de contraseñas.
Pero los que habían limpiado el lugar eran profesionales del barrido.
Habían arrancado los cables de raíz; entre los restos de los bidones ennegrecidos distinguí carcasas deformadas de discos.
El olor químico era repugnante. La sala entera se veía como una burla escenificada para demostrarme que, sin importar cuánto corriera, la Red siempre llegaría horas antes que yo para borrar las pruebas.
No encontré nada útil. En los escritorios se apreciaban zonas limpias de polvo, rectángulos donde podían haber descansado varios ordenadores. Aquello se parecía más a una sala informática que a un almacén.
Seguí rebuscando, empeñado en que debía encontrar algo. No podía aceptar que Pelayo se hubiera sacrificado para nada.
Me senté en una de las sillas junto al fallecido y volví a recorrer la sala con la mirada.
Hubo un momento en el que me encontré mirando al muerto sin sentir nada, y fue eso lo que me dio lástima de mí mismo. Tantos muertos vistos que ya uno no siente la repulsión de las primeras veces.
Desde aquel ángulo vi algo que antes me había pasado inadvertido: entre los dedos de una mano asomaba la esquina de un papel doblado.
El puño estaba petrificado; seguramente le habían cerrado la mano después de muerto, y el rigor mortis lo había sellado. Tuve que partirle los huesos para abrirla. Tomé el papel, expectante por lo que pudiera contener. Mientras lo abría, la ansiedad era incontenible.
Era el mismo verso que había encontrado junto al primer cadáver, bajo el naranjo de la plaza de Doña Elvira:
«Bajo la sombra de los naranjos duermen los secretos viejos».
Sentí decepción absoluta. El mismo verso en dos muertos. Podía ser una firma, una advertencia o algo que ambos habían intentado transmitir. Aquello confirmaba mis sospechas. Los tenía tan cerca que no sabía si estaba a punto de cazarlos… o si, en una de esas, acabarían cazándome a mí.
Guardé el papel. El mensaje unía aquel cadáver con el muchacho de la plaza, pero aún no sabía de qué manera.
Apreté los puños. Se habían vuelto a reír de mí: había encontrado otro muerto, no las respuestas que buscaba.
No podía irme todavía. Cogí una de las lámparas de gas de la mesa y volví a repasar la sala.
Entre los restos de cajas vacías quedaban papeles rotos. Uno llamó mi atención: era parte de una carpeta de cartón, desgarrada y manchada de sangre. Aún se alcanzaba a leer el título que contenía: «Inventario».
De una de las páginas arrancadas quedaba un pequeño fragmento todavía prendido a la carpeta. El principio de la anotación se había perdido, pero aún podía leerse: «…los Naranjos, 3. Acceso subterráneo».
Arranqué el trozo y lo observé fijamente. Pensé en los naranjos de la plaza de Doña Elvira, pero allí no recordaba ningún acceso subterráneo.
De nuevo, los naranjos… ¿Qué tenía que ver con el verso? ¿Con los naranjos de la plaza de Doña Elvira? ¿Con la plaza de los Naranjos?
Y, como un relámpago, lo visualicé…
—¡Joder! El Patio de los Naranjos.
«…los Naranjos, 3. Acceso subterráneo». Podía referirse a aquel patio. No sabía qué indicaba el tres, pero tenía un lugar donde comprobar si bajo esos naranjos descansaban secretos.
—Gracias —murmuré, sin saber si me lo agradecía a mí mismo, a Pelayo… o a un mundo que no lo merecía.
Me dirigí a la salida con algo similar a una esperanza renovada y un nuevo hilo del que tirar. Esta vez estaba decidido a ser el primero en golpear a esas sombras de los naranjos.
Antes de salir, volví a mirar al muerto. Había revisado sus bolsillos, pero no el interior de la ropa. Me acerqué de nuevo. Si había intentado ocultar algo, podía haberlo llevado encima.
Me agaché y registré el cuerpo, palpando cada costura de la ropa, hasta que lo sentí: una leve irregularidad en el forro interior de la chaqueta, casi imperceptible al tacto.
Saqué la navaja de Pelayo y corté el hilo con precisión.
De la abertura extraje una tarjeta con el símbolo hexagonal, idéntica a las que habían desaparecido del almacén de pruebas.
La tarjeta estaba intacta, aunque manchada de sangre. La limpié y la sostuve entre los dedos. Me pregunté si la habría ocultado para salvarse a sí mismo o para entregar, incluso después de muerto, un último testimonio. Quizá nunca lo sabría, pero a mí me servía.
Guardé la tarjeta junto al verso y la ubicación. Esta vez no habría sobre de pruebas, ni cadenas de custodia, ni registros en comisaría. Esta tarjeta se quedaría conmigo, y no pensaba perderla bajo ningún concepto. No conocía aún todo su valor, pero era algo que los otros habían pasado por alto.
Salí del Pabellón con la chaqueta pegada a la espalda y el sudor frío resbalándome por la nuca. La noche sevillana, como siempre, era un lastre. La atmósfera quería aplastarnos.
Me detuve junto a mi yegua y, bajo una farola moribunda, encendí un cigarrillo dejando que el humo me arañara la garganta. Tenía que poner orden en el caos.
Repasé las piezas, una a una, intentando encajarlas a la fuerza.
La taquilla número 7: el cuaderno, la bobina, el muerto que quiso hablar y no llegó.
¿Qué había en esa cinta que valía tantas vidas?
Las páginas del cuaderno seguían siendo un laberinto de nombres y fechas, símbolos que se me escapaban entre los dedos.
El aljibe del Alcázar: el panel oculto y el acumulador en funcionamiento. ¿Quién más estaba metido en todo esto? ¿Por qué ese símbolo por todas partes?
Y ahora, el sacrificio en el almacén. Otro desgraciado al hoyo.
¿Un aviso? ¿O simplemente el modo en que la Red se protegía, borrando huellas antes de que alguien pudiera ver demasiado?
Cada pista me guiaba, pero ninguna terminaba de mostrarme la verdad entera.
Había avanzado, pero aún no veía adónde me llevaba todo aquello.
Me froté los ojos. El cansancio me hacía mella, pero sabía que estaba cerca de algo, aunque no supiera qué. Solo tenía claro que, cuanto más avanzaba en el asunto, más sentía tensarse la cuerda alrededor del cuello.
Pisoteé el cigarro y monté en Marisma. El mismo viento frío que me había acompañado todo el viaje no me dejaría solo en la vuelta.
Me subí el cuello del abrigo, encogí los hombros con un gesto de supuesta protección, y observé Sevilla desde la otra orilla del río.
La ciudad parecía protegerse de nosotros, envolviéndonos en un ambiente tan hostil que vivir en ella resultaba casi imposible.
Emprendí el camino de regreso al centro.
El animal avanzaba despacio, resoplando nubes de vaho en el aire helado.
Al llegar a la Avenida de la Constitución, las campanadas de la Giralda me dieron la bienvenida: tres toques profundos que, al romper el silencio de la noche, parecían capaces de derribar los muros mismos de la ciudad. El quejío de la ciudad.
De día, la avenida rebosaba vida; ahora era un corredor desierto, barrido por una brisa cortante que arrastraba jirones de niebla.
La temperatura seguía bajo cero y el frío hacía que los huesos dolieran hasta parecer que iban a romperse.
Este tiempo convierte cada minuto al raso en una prueba de resistencia.
Las farolas apenas lograban horadar la bruma, y las fachadas de los edificios se alzaban solemnes como molinos de viento ante Don Quijote.
Me encogí bajo el abrigo y apreté el paso del caballo.
No quedaba nadie en la calle, solo el sonido de los cascos sobre el adoquinado y el silbido del viento.
Las riendas se me escurrían entre los dedos entumecidos.
Pensé en Lola, en la luz cálida de su casa, en ese silencio cómodo y su ambiente acogedor que rara vez encuentro en otros lugares.
Pero ir a visitarla sería ponerla en peligro y, en aquellas circunstancias, ni siquiera allí habría encontrado reposo.
Llevaba demasiadas cosas dentro y no habría podido ocultarle lo que ocurría.
No podía arriesgarla por el egoísmo de querer estar junto a ella.
Las tres campanadas se apagaron sobre los tejados.
Por una vez, no me pesó que no hubiera nadie esperándome.
Tiré suavemente de las riendas y dejé que el caballo aminorara el paso. Alcé la vista con esfuerzo: la catedral y la Giralda se erguían, iluminadas por sus antorchas.
Hay noches oscuras en que la soledad es la única compañía deseada.