CAPÍTULO 11 #2
Vi a otro grupo de críos rezagados que habían improvisado una portería con dos piedras.
Con una pelota despellejada apuraban los últimos minutos de juego, peleando por ver quién marcaba el gol final.
Se empujaban en plena jugada con una fiereza infantil, y tras un tanto dudoso, discutían por una posible falta que lo anulaba.
Al final terminaban abrazados, riendo, antes de despedirse y marchar a casa.
Uno de ellos, rubio y delgado, me recordó a mí mismo, muchos años atrás.
Una pelota en una plaza, y la emoción de cada pase a mi padre. Una sonrisa se dibujaba en su rostro, sin que yo entonces entendiera qué le hacía tan feliz. Ahora lo comprendo: esos instantes son los que hacen que la vida merezca la pena.
Él, guardia civil de profesión, me animaba a chutar cada vez más fuerte. El sol de primavera en la cara, el aire limpio, y un tiempo que invitaba a pasar todo el día en la calle. Mi madre, maestra, sonreía desde un banco, observándonos mientras corregía sus cuadernos.
Todo aquello se lo llevó el Gran Apagón. La crisis sanitaria me dejó sin padres en cuestión de semanas. Me quedé con la memoria de aquellos días y la firme intención de seguir los pasos de mi padre: una profesión que había vivido desde que tenía conciencia.
Por él me hice policía. Siempre estuvo a mi lado en cada bache. Mis padres fueron quienes me inculcaron los valores que hoy me sostienen.
Me enseñaron a aceptar que la vida no nos lo pone fácil, que las cuestas arriba hay que atacarlas de cara, que levantarse tras cada tropiezo es la única salida y que los ideales están para guiarnos, nunca para gobernarnos.
Ahora, viendo a los niños jugar en medio de la miseria, sentí una punzada de nostalgia y una renovada determinación. No podía cambiar el pasado, pero aún podía honrarlo.
El balón quedó olvidado en el improvisado campo de fútbol.
Me agaché y lo recogí. Al momento vi cómo el niño que me recordaba a mí se acercaba a por él.
Se lo devolví con un pase limpio, sin que tocara el suelo.
El chaval me miró con ojos grandes y curiosos, lo atrapó con las manos y me regaló una sonrisa fugaz antes de echar a correr hacia su casa.
Ese toque me recargó con aquella energía infantil que te obliga a pelear cada disputa.
Si algo bueno había traído el Gran Apagón, pensé, era esto: la vuelta a la calle, a la interacción real, a no depender de pantallas ni de una tecnología que, al final, solo había servido para aislarnos.
Hubo un tiempo, antes del apagón, en que todos caminaban con la cabeza gacha, mirando una vida filtrada por una pantalla, sin detenerse a apreciar la belleza del mundo real que les rodeaba.
La vida había vuelto a sus raíces, a lo esencial, al encuentro cara a cara. Y en medio de ese caos, había una belleza basta, puede que aquellos vecinos sí tuvieran esperanza.
Volví a montar, apreté las riendas y seguí mi camino, con la imagen de mi padre y el recuerdo de aquellos primeros partidos de fútbol como mis únicos compañeros en medio de esa oscura soledad.
Dejé atrás las últimas casas de Triana cuando la actividad del barrio empezaba a apagarse y los vecinos se recogían para resguardarse del viento helado de la noche.
El camino hacia la Cartuja se tornaba más desolado, flanqueado por cultivos improvisados y chabolas que parecían abandonadas entre los matorrales.
El aire se volvió más bravo, más frío, cargado de humedad.
Atravesar aquel baldío en ese momento era una auténtica locura.
Marisma avanzaba con paso firme, sintiendo la tensión que empezaba a fluir por las riendas.
A medida que me acercaba a la isla, el paisaje cambiaba.
Los restos de la Expo del 92, antes símbolos de un futuro prometedor, ahora eran estructuras fantasma: pabellones desmantelados, puentes oxidados, avenidas cubiertas de maleza donde el asfalto ya apenas se vislumbraba.
La vegetación había reclamado su espacio, y los árboles crecían salvajes entre los esqueletos de hormigón.
La Cartuja era un lugar de contrastes. Por un lado, el monasterio, imponente y silencioso, resistía el paso del tiempo, un ejemplo de lo bien hecho, de lo eterno; por otro, los antiguos terrenos de la exposición se habían convertido en un laberinto de edificios abandonados y campamentos improvisados de gente que vivía al margen de la ley.
Era un lugar perfecto para esconder algo, o a alguien.
Consulté la nota de Pelayo: «Almacén 17, dársena de la Cartuja». El antiguo Pabellón de la Navegación, con su torre, que durante años fue testigo del bullicioso río y del ir y venir de barcos y visitantes, era ahora un edificio de hierro oxidado, con sus salas reconvertidas en almacenes.
Me apeé, dejé a Marisma atada a una barandilla y avancé hacia el interior, atento a cualquier movimiento, a cualquier sonido dentro del edificio. Era una mole gigantesca y abierta, totalmente abandonada, sin el menor mantenimiento. Una ruina colosal.
El graznido de las negras aves y el crujido de las baldosas rotas a mi paso rompían el silencio pavoroso que se había adueñado del lugar. Cada sombra parecía esperarme detrás de una puerta cerrada.
Me detuve frente a la puerta del almacén 17, en el piso superior del antiguo pabellón, con el corazón golpeando fuerte contra las costillas.
La estructura, con su madera roída y el tejado de placas metálicas hundido en varias zonas, parecía a primera vista un cascarón vacío.
Pero algo en el ambiente —quizá el silencio demasiado espeso o el rastro sutil de pisadas recientes en el polvo— me hizo intuir que no estaba solo.
Apreté la llave en el bolsillo y eché un último vistazo a mi alrededor. La oscuridad era casi total. Las pocas farolas de gas que alumbraban débilmente combatían ese vacío.
Inspiré hondo, agradecido por la ayuda que Pelayo había decidido darme, con la memoria de mi padre acompañándome en aquella cuesta arriba que estaba a punto de subir.
Introduje la llave en la cerradura y me dispuse a abrir la puerta. Lo que Pelayo había querido mostrarme estaba al otro lado.